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viernes, 7 de octubre de 2011

Otro adorno en el aparador


Después de una larga jornada de paseo, un joven padre y su hijo se detuvieron a descansar en el filo de una banqueta, en una colonia residencial. Habían salido muy de mañana rumbo al panteón, con unas flores que cortaron la noche anterior del jardín de doña Elena (con su permiso), para ver a la madre del niño, que había fallecido justo un año antes a causa de una enfermedad desconocida. El día de la muerte, el niño ya no vio a su madre. Ese día volvió de la escuela y ya no estaba. Era un chico muy listo, por lo que al padre no le costó trabajo hacerle comprender que la enfermedad había sido tan devastadora “que se la llevó así nomás, hijo, sin que pudiera despedirse personalmente; pero te dejó una carta”. ¿Me escribió una carta antes de morir? ¿Acaso sabía que iba a morir?, se preguntó el niño que suponía que sólo el condenado a muerte o quien fraguara la propia podía saber la hora exacta de su final (cosas que aprendía en las noches, cuando su padre le leía novelas históricas para inducirle el sueño); de cualquier manera leyó la carta. Lo hizo despacio pues apenas aprendía a unir las letras para darles coherencia. Lo que leyó el niño se lo quedó para él solo.

Al cumplir un año, padre e hijo decidieron visitar la tumba. Salieron muy temprano y abordaron el camión que los acercaba al cementerio. Al llegar al lugar indicado, la encontraron solitaria, con el pasto crecido y sin lápida. Era común que en esos panteones aledaños a colonias populares los lugareños se robaran las lápidas.

-¿Cómo sabes que esta es la tumba de mamá? –preguntó el muchacho.

-Muy fácil, hijo. Dime qué hora es.

-Las diez en punto.

-Fíjate en aquel árbol, ¿ves cómo la sombra de esa rama se coloca sobre la tumba de tu madre? –el niño asintió–. Hace un año, a esta hora, para poder reconocerla, me fijé en ese detalle. El árbol nos señala cuál es. Así no hay pierde –le dijo y le acarició el pelo. El niño sonrió.

-Eres muy listo, papá.

-No tanto como tú.

Pasaron ahí la mañana y parte de la tarde. Mientras el joven padre sacaba unas tijeras para podar y se hincaba sobre la tierra húmeda a darle forma a la rebeldía del pasto, que había crecido tanto como si quisiera con sus briznas arañar el sol, el muchacho traveseaba por ahí, lanzando una vara a unos perros de panteón que se acercaron en busca de algo para comer. Después de dejar el pasto de alrededor con un estilo castrense, a la casquete corto, el padre fue hasta la entrada del panteón para pedir al guardia dos tambos con agua. Los cargó hasta la tumba, bajo el mazazo del sol, bufando ocasionalmente. Y de cuando en cuando se detenía para afeitare el bozo de sudor de la frente y la quijada, y para observar a su hijo corretear en la ladera, tan ignorante de la tragedia como feliz por tener esos minutos de aire fresco. Finalmente hicieron un agujero en la tierra, en la cabecera de la tumba, y clavaron las flores. Aquella era, definitivamente, otra tumba. Tenía, por decirlo de algún modo, más vida. El joven padre rió por lo bajo tras su ocurrencia. Guardaron un poco de agua para lavarse las manos y sentarse a comer los emparedados con jamón que prepararon en la mañana y beber los dos jugos que el padre cargaba en la mochila con las tijeras de podar. Charlaron de cualquier cosa, rieron, contaron chistes y planearon lo que harían por la tarde: jugar un poco, arreglar el desorden del hogar que tomaba forma durante las ausencias entre semana, y después leerían alguna novela histórica antes de dormir. Cuando el padre volvió de devolver los tambos, encontró a su hijo hincado a los pies de la tumba, con las manos juntas en su pecho, rezaba. Fue acercándose poco a poco y descubrió que, más que rezar, el niño platicaba con su madre. El hombre joven se recargó en el árbol que señalaba la tumba, encendió un cigarrillo y tragó varios nudos de lágrimas, sollozos y culpas, hasta que se vació. El camino de regreso lo hicieron a pie. Subiendo y bajando laderas, hasta llegar a la zona residencial enclavada en una loma. Decidieron que era tiempo para descansar un poco.

El sol de la tarde acariciaba los ventanales de las mansiones y recalentaba las láminas de los autos lujosos estacionados afuera de una casa; aquel efecto parecía incrementar el calor en el ambiente. La fachada intentaba emular, con mal gusto, las fachadas de las residencias de los suburbios que aparecían en las películas norteamericanas, con un enorme portón eléctrico fabricado en hierro forjado y decorado con grecas semejantes a enredaderas. En el garaje podían verse los autos de lujo, último modelo, esperando pacientes por algún capricho de los patrones. El silencio que priva en esas zonas de tranquilidad adquirida, era roto por una nata musical que brotaba justamente de esa casa. “Tienen fiesta”, pensó el joven padre, aunque eso se evidenciaba por la cantidad de autos estacionados afuera y los choferes dormitando recargados en los volantes. “Qué oficio más indigno”, abundó en su pensamiento. El niño miraba con atención.

Justo cuando iban a ponerse en pie, un mundo de gente comenzó a salir de la casa. Parejas y familias sin hijos, sólo gente mayor enfundada en ropas elegantes y joyas que le arrancaban destellos al sol. Los choferes se espabilaron de inmediato, aparentando celo por su labor, y comenzaron a abrir y azotar puertas, y encender motores poderosos para tomar camino. Detrás del bullicio aparecieron tres personas, una mayor, de cabeza blanca y sobrada elegancia, y las otras dos más jóvenes, guapas y vestidas a la moda, abusando un poco de la escasez de pudor. De esas dos, una era mayor, aunque joven, y la otra no debía sobrepasar los treinta años. Esta última tenía un rostro sereno y hermoso, de enormes y redondos ojos, nariz pequeña y labios gruesos. La mayor, a pesar de su belleza, se notaba recargada en el estilo y sus movimientos eran demasiado estudiados, carentes de gracia. Su rostro atractivo, sin embargo, estaba cruzado por una mueca general de insatisfacción que apenas sonreía forzadamente volvía a recomponerse en el puchero. Ocasionalmente ambas alzaban la mano para despedirse de sus invitados. El hombre elegante no se movía, parecía una estatua, uno de esos indios de madera que lucen en las entradas de las tabaquerías y tienen habanos en la mano. A la distancia, el niño no perdía interés.

-Esa gente debe ser muy feliz, ¿verdad, papá? –dijo interrumpiendo los pensamientos de su padre.

-¿Por qué lo dices?

-Observa sus ropas y sus autos y la gente que los visita, papá, observa su casa.

-Bien, bien, hijo, pero tú eres más inteligente que eso.

-No te entiendo.

-¿Te has fijado en sus rostros?

El niño pareció ser testigo de una epifanía.

-No brillan.

-Exacto. ¿Pero por qué no brillan? ¿Qué es lo que hace brillar un rostro? Lo sabes, hijo, eso que nos sobra a nosotros.

-¡La sonrisa!

-¿Lo ves ahora?

-Si, pero, ¿por qué no sonríen si…?

-¿Si tienen tantos amigos y tanto dinero?

-Exacto.

El joven padre suspiró. Quizás era demasiado pronto. Comenzaba a arrepentirse de su ocurrencia. Quizás no debía decir nada y simplemente levantarse y tomar el camino opuesto, rodear hasta llegar a la avenida en donde se fusiona el suburbio con la colonia popular, en donde debían abordar el camión que los dejara en su casa. Pero estaba demasiado dentro del pantano como para poder salir. Entonces, habló.

“Es menester que entiendas, Braulio, que el dinero no te hace feliz, porque el dinero te corrompe y a la larga asusta todo lo bueno. Todo lo bueno se va. Tú crees que esas personas son felices por sus autos, su casa, sus joyas y sus amigos, pero no has hallado sonrisa en ellos, ¿verdad? –Braulio asiente–. Esa es la señal, hijo. Cuando tú miras a alguien en la calle reconoces su sonrisa y su sonrisa evidencia si su felicidad es real o inventada para la ocasión. ¿Cómo sé cuando te fue bien o mal en la escuela? Por tu sonrisa. No puedes mentir, la tristeza, la decepción, el mal humor y la educación son evidentes, son reflejos del hombre que no pueden ocultarse tras un espejo de vanidad. Ahora bien, hay dinero bien habido y mal habido, ¿estamos?, pero eso no importa, la procedencia es lo de menos cuando conoces a quien lo amasa. Fíjate cómo no hay sonrisa ni en quienes se quedan ni en quienes se van. Eso habla mucho de la fiesta que tuvieron. ¿Y la música? Hijo, no es más que otro adorno en el aparador. Las mujeres de tacón alto que salen de la casa caminan sin molestias, lo que indica que no han bailado, y los hombres se ven demasiado tomados como para haber bailado, ¿ves? Hay que saber leer entre líneas, Braulio. Esa gente que sale con rostros de molestia y alivio ante la huida, nos indican la obligación. El dinero y el poder obligan. La gente así, como aquellas tres figuras que ves al fondo, han amasado tanto que deben comprar a sus amigos. Siempre los mismos amigos, no hay una adhesión interesante y, cuando alguien entra en su círculo, si no casa con el perfil general, o es diferente y tiene ideas encontradas respecto al dinero y al poder –y aquí la voz enronqueció un poco– es expulsado. Lo que esa gente hace –dijo alzando un poco la voz y señalando con dedo insistente a la distancia a las tres figuras principales– es inventarse sus momentos, adquirirlos, diseñarlos porque la misma soledad y la misma tristeza les impiden ser espontáneos hasta en algo tan sencillo como convivir con sus semejantes. Ahora mismo que entren de nuevo a su casa, se dedicarán a hablar mal de los invitados, a criticar cualquier detalle que les dé oportunidad. Porque esa gente, hijo –concluyó desinflándose–, no es feliz.”

-Parece como si los conocieras.

-No es difícil, hijo –dijo suspirando–. El dinero y el poder que tienen sobre ti mismo también obligan a olvidar los compromisos…

-¿A qué te refieres?

-A nada –dijo el padre al hijo alborotándole el pelo, cuando las tres figuras traspasaron la verja–, es hora de irnos, comienza a atardecer.

Se pusieron en pie y avanzaron sin poder quitar la vista de la fachada.

-¿Te divertiste? ¿La pasaste bien visitando a mamá?

-Alguien nos mira, papá –dijo Braulio torciendo la cabeza y mirando hacia la reja. El padre sintió un escalofrío que lo obligó a andar más aprisa, la inminencia de su estupidez parecía lanzarle tarascadas desesperadas–. Espera, es la muchacha. Es bonita, ¿no crees? ¿Por qué se queda ahí agarrando la reja? ¿Por qué nos mira?

El padre se detuvo y dio un suave tirón a su hijo. No obstante, lanzó una mirada recelosa a la reja hasta que las miradas colapsaron.

-No sé, quizás no está a gusto ahí dentro y envidia nuestra libertad. Nosotros somos conejos silvestres, hijo. Ella ya no.

-¿Ya no?

-Olvídalo, es tarde. ¿Futbol en la calle llegando? ¿Te enseño a pegarle con la izquierda?

-¡Sí! –gritó Braulio con alegría.

La muchacha de la reja los miró perderse en el vértice de la calle. Algo se movió dentro de ella, un sentimiento extraño, pariente de la añoranza. Luego descendió los escalones y entró a casa, siempre mirando el suelo.

-Un niño y un joven –dijo el guardia del panteón a la familia del joven Gustavo García.

-¿Un niño y un joven?

-Estuvieron mucho tiempo, rezaron, cortaron el pasto y sembraron esas flores. Yo los dejé porque creí que eran parientes suyos.

-Vaya. Se habrán equivocado de tumba. Hicieron muy buen trabajo –dijo el padre de Gustavo, quien un año antes había enterrado a su hijo que falleció víctima de una enfermedad desconocida. Luego alzó los hombros y se hincó a los pies de la tumba con su esposa, para rezar.

jueves, 14 de julio de 2011

De cómo unir a Mariel Solís, México y Michael Moore (o cómo hacerte de un ejército de marielitos)


1. Que no digan que el rock no enseña.

Son los ochentas y entre sus carencias navega en el undeground un grupo de rock mexicano de nombre Ritmo Peligroso, que brama una canción llamada Marielito. Entonces los no enterados supimos que a principio de los ochentas, de Puerto Mariel salió una andanada de cubanos que –ideologías más ideologías menos– buscaban la libertad a fuerza de botarse al mar con cualquier cosa que hiciera las veces de embarcación, así se tratase de una nuez: a esos se les llamaba marielitos. Hoy, en la Ciudad de México, esa palabra asoma de nuevo: Mariel, sólo que lo único que puede relacionarla de nuevo con libertad está en el pasado y, quizás, como un deseo para el futuro inmediato. Quizás. Quizás, aunque se trabaja para ello.

2. Que no digan que el cine no enseña.

En una escena de la película Rojo Amanecer, de Jorge Fons, dos estudiantes se encuentran en el baño del departamento en Tlatelolco que les sirve de parapeto, en donde se ocultan del Batallón Olimpia, y uno de ellos extrae su credencial del bolsillo del pantalón y, conforme va prendiéndole fuego al documento desde una de las esquinas, antes de echarlo en el retrete, le dice al otro: “En estos tiempos es más peligroso ser estudiante que criminal”. Como alegoría del futuro… perdón, del no-futuro que los espera, la credencial desaparece en el remolino de agua.

3. Otra enseñanza del cine.

Una de las virtudes del documental Presunto Culpable es que finalmente alguien se atrevió a poner en pantalla grande lo que todo el mundo sabía. El secreto a voces se convierte en veracidad cuando lo legitiman los millones de testigos que hicieron fila (tanto en el cine como en los puestos de mercadería pirata) llevados por el morbo y la curiosidad (que no son lo mismo aunque abrevan del mismo cuenco), y el afortunado gancho de la censura. Lamentablemente (y quizás afortunadamente) las instituciones en México se hacen el harakiri llevados por la desesperación. Quizás, si nadie hubiese intentado llevar agua a su molino apañándose de una presunta ilegalidad, el filme habría pasado desapercibido. Pero no. El cometido se cumplió, y con añadidos: Toño sale libre de culpa y todos somos testigos de lujo del pudridero que opera con ínfulas de sistema. Fue como ver un accidente de tren, el talk show más veraz y no manipulable (al menos de lado de los buenos) que no puede ser igualado por las cadenas televisoras que compiten por el rating vía la tergiversación de historias inventadas al vapor y la prostitución de la desgracia ajena. México no es un país de documentales, aunque algunos hayamos hecho calistenia con los rollos cinematográficos de Michael Moore.

4. Sueño con telarañas…

El éxito de internet llegó a mediados de los noventas de la misma manera que Presunto Culpable se hizo de una pléyade de seguidores que se contagiaron con la verdad: el morbo y la curiosidad (y ahora veremos la diferencia entre ambos conceptos). El morbo por tener acceso a cuanta pornografía se deseara sin tener que ocultar la revista comprada en el puesto de periódicos entre un ejemplar de La Jornada y otro del Excélsior. Y la curiosidad de poder charlar con el familiar que vive en Escocia o Australia en tiempo real. Adiós al sistema de correos, adiós a la tardanza: todo es inmediato. La información a la mano, sin detenerse a pensar en la fuente, como debe hacer todo buen periodista. William Gibson autor de joyas como Neuromante, novela de ciencia ficción, que como buen Nostradamus predice la aparición de la tecnología como herramienta casera (que lo mismo ayuda que somete), aseguró en alguna entrevista perdida que el invento humano que más lo ha maravillado es el módem, por la inmediatez. La diferencia entre aquel primer internet y el de hoy la marca la tecnología Wifi, que permite estar conectado de forma perenne con las computadoras en línea de todo el mundo, sin la necesidad de tolerar los lamentos electrónicos del fax módem.

5. Del cartismo a las redes sociales

Cuando el avance de las máquinas en la revolución industrial redujo los empleos en las grandes fábricas, la única manera que tuvieron los obreros afectados de comunicarse y hacer ver su descontento fue por medio de cartas dirigidas al Parlamento. Fue, sin embargo, un proceso lento. Hoy en día, quien desea emitir su descontento se olvida de sobres, timbres conmemorativos, fax módems y tardanza, y se apura a etiquetar su mensaje con algo que los entendidos llaman hashtag (#el tema) que a fuerza de llamar la atención de dispositivo móvil en dispositivo móvil (nunca antes las computadoras tan relegadas de la vanguardia) y de cuenta de twitter en cuenta de twitter se convierte en trend topic, o en algo tremendamente en boga.

6. De la selva chiapaneca a la sala de tu casa

El primer ejército de inconformes que le dio utilidad revolucionaria a internet fue el EZLN, de esa manera, librando la censura que existe de México hacia fuera cuando se trata de un tema espinoso, su mensaje llegó hasta el último rincón del mundo y globalizó el levantamiento indígena. Hoy en día, sin pasamontañas, pero con el mismo ímpetu que detesta el silencio y la inmovilidad, quien guste (pase usted y sírvase) puede revolucionar las redes con un trend topic, siempre y cuando haya sustento ideológico (y hay los que carecen de él, también, pero sin mayor relevancia) y llegar hasta los rincones menos imaginables.

7. Amor y rabia: Mariel Solís, #MarielSolis y los nuevos marielitos

Cuando Mariel Solís, periodista en ciernes de 23 años de edad, buena estudiante y orgullo de amigos y compañeros fue arrestada el viernes 8 de julio de 2011 a las 8:30 hrs por agentes judiciales que aseguraban era ella la cómplice de un homicidio, se gestaba un levantamiento fraterno cargado de amor y rabia ante la arbitrariedad (que obra, ya se vio, como combustible). Bastó un fin de semana para que el hashtag #MarielSolis se convirtiera en trend topic (¿ya nos vamos entendiendo?) en todas las redes sociales, obligando a que la curiosidad y el morbo sentaran sus reales de nuevo, atrayendo la atención de los que abrevan del amor y el odio ante una arbitrariedad, marca registrada del sistema jurídico nacional, mismos que empujaron sus opiniones (la mayoría a favor de la inocencia de Mariel, y los que no, que fueron los menos, abogando porque, al menos, la cosa se aclarara) hasta inundar las redes sociales y los buzones de correo de público en general, autoridades, periodistas, medios de comunicación, intelectuales y amas de casa de corte furibundo, tan peligrosas con su lengua y su rabia como un bucanero de Salgari que blande su sable de abordaje cuando pisa cubierta enemiga, que ya conocen las artimañas de la PGJDF y no caen en el garlito, pero se dejan seducir por la mirada de sorpresa y desconsuelo de una Mariel que parece todo menos criminal. Marchas, plantones y el ¡Ya basta!, grito institucionalizado por los indígenas de Chiapas, quedan relegados para no enturbiar los terrenos conquistados a base de un empuje tan virtual (en términos de cibernética) como efectivo. Ese nuevo ejército bien puede ser bautizado como los marielitos. Pero ahora no se trata de cubanos que buscan su libertad botándose al mar sino soldados cibernéticos que pujan por la libertad de quien no debe ser privada de ella (de su libertad y ella misma).

8. Corcel de batalla…

Ese corcel blanco llamado verdad. Verdad y necesidad, urgencia. ¿Cómo es posible que las pruebas en contra de Mariel Solís sean tan blandas como un periódico mojado? Una foto borrosa, distorsionada, y la palabra de un burdo psicópata amante del asesinato, carente de la elegancia de un Hannibal Lecter, asesino confeso del catedrático de la UNAM y de su esposa después de una visita conyugal en el reclusorio, son las pruebas contundentes que tienen los acusadores (¿quién está más loco, el loco o quien le da crédito al loco?). Suficientes en este país para estragarle la vida a una mexicana que, de seguir en libertad, bien podría descubrir el nuevo periodismo, o convertirse en una mujer de éxito, quizás como escritora, productora audiovisual o directora de cine de horror, justo lo que este país necesita y justo lo que el sistema más desea evitar, que en México los jóvenes piensen. Lo curioso e indignante es que mientras el presidente Felipe Calderón alaba la actuación de la selección de futbol Sub17 y los coloca como ejemplo de juventud por haber ganado un campeonato mundial (algo irrelevante en estos menesteres y en la necesidad real del país), en las crujías del sistema se afecte, sin solidez, la vida de una joven que puede llevar su magia más allá de un simple estadio de futbol. Los estragos están hechos, porque, aun saliendo libre, Mariel Solís dejará de ser la misma y ella tendrá la oportunidad de sumarse a los que han sentido la crueldad de un sistema ineficaz, corrupto y podrido, en carne propia. Qué tristeza, de verdad, que un pueblo entero tema a quienes deben impartir justicia. La justicia, la prostituta más cara del mundo y, por supuesto, de México. Un prostituta tan temible que, como reza el chiste, morirá virgen.

9. No más mártires…

…como ejemplo.

10. Es un marielito de (Puerto) Mariel

Lo más importante que debe tener un ejército para triunfar es estar de acuerdo en el mismo objetivo, una meta, y saber que cada uno tiene una tarea diferente. Los nuevos marielitos, aquellos que están unidos con Mariel por cariño fraterno, lazo sanguíneo y enlace profesional desean que salga libre; quienes no la conocen también, pero a ambos batallones los une la necesidad de la verdad y la aparición, cristalina y eficaz, de la justicia. ¿Para qué? Para que el mundo siga rodando como antes. Para poder vivir con tranquilidad, para tener la certeza de que en un futuro no muy lejano nadie deba vivir aquello que Toño y Mariel (hoy ambos conocidos y hermanados) y miles que esperan en la cárcel porque asome la cordura han sufrido en sus cuerpos y sus mentes. Hoy, Mariel Solís debe ser más que un trend topic, más que un esbozo del buen uso de la tecnología y las máquinas. Quizás, sólo quizás.

11. Y LOS MARIELITOS GANARON…

Mariel derribó a Goliat a base de tuitazos!!!!! ¡Felicidades!

miércoles, 29 de junio de 2011

Jordi Soler: el final innecesario


Aprovechando que he vuelto a las andadas, releyendo mi colección de libros de Jordi Soler (comencé en desorden, aunque respetaré a partir de Los Rojos de Ultramar), relanzo la reseña que la gente de Luvina tuvo a bien publicarme en su número 58: Jordi Soler: el final innecesario

viernes, 24 de junio de 2011

El festival del litio...


Este cuento, publicado en la revista Magis, del ITESO, vino como resultado de un soplo de inspiración después de leer un cuento del maestro Javier Marías. En realidad el original es más largo, pero por cuestiones de espacio en Magis, debió editarse. El cuento original se encuentra atrapado, literalmente, en un disco duro que, hasta ahora, no hemos podido desencriptar. Mientras, el vástago hace lo suyo...

La sangre tiñe, según Guillermo del Toro


Reseña sobre la saga de novelas sobre vampiros de Guillermo del Toro, publicada en la revista Luvina...

miércoles, 6 de abril de 2011

La chispa en la mecha: 3.- Sabia paciencia®


A Braulio le llamó la atención la gran cantidad de gente que avanzaba en una columna sobre la calle Madero. Lo que más lo impresionó fue que parecía que todos los que caminaban lo hacían con el mismo motivo. Estaba acostumbrado a ver gente caminando por la calle, mucha gente de rostros diferentes que, sin embargo, se desperdigaba o doblaba en una esquina o iba quedándose, dejando espacios libres para que otras personas integraran sus rostros sin motivo a esa gusana que parecía no tener un destino claro. Esta vez era diferente. Se integró a la marcha y nada más avanzando cien metros se aprendió la tonada de ese canto unánime que era entonado con febril entusiasmo. Porque en los rostros de los marchistas, hombres, mujeres, niños y ancianos, se evidenciaba una emoción contenida, temerosa de ser parida ante, entonces la descubrió, la valla de uniformados con los rostros cubiertos que flanqueaban la columna y cerraban sus puños en el asa de un escudo de plástico y las porras que blandían con la misma postura y fiereza con que un pirata empuñaba su sable de asalto. El canto rezaba algo referente a una matanza.
Después de la muerte de su madre y el infierno en la iglesia, Braulio se encerró en su habitación a ver pasar el tiempo en los relojes, convertido en un autista de fondo al que ya no le importaba ver que su padre y su tía Dolores arrancaban un amasiato necesario y urgente, y a él lo relegaban al olvido del que salía de vez en cuando para algo más que ir a la escuela, en donde tampoco recibía mucha atención. Aquella casa que alguna vez rebosó de vida se convirtió en un monasterio de silencio. Un silencio que era roto por los gemidos de Dolores que violaban la nata aparentemente tranquila de la casa tres noches por semana. Después, los gemidos se fueron de viaje, dejando a Braulio al amparo de la soledad y la mucama, una mujer grande y robusta, tan morena como el mar de noche, de carnes mofletudas y ojos amarillos, con un tumbao de calibre tal que debió hallar en el niño Braulio, por gusto y por causalidad natural, una válvula de escape. Así, mientras su padre y su tía rasgaban las noches de Acapulco con gemidos acompasados, Braulio era acosado por la mucama que lo atrapó a medio baño, se metió a la regadera hecha toda una masa de carnes, y lo llevó al cielo y de vuelta en menos de 3 minutos de aplicaciones manuales. Esa noche, todavía temblando por semejante sorpresa, Braulio decidió que si bien no se trataba de Miss México, al menos podía entretenerse en ese espacio carnal en donde le sobraba exactamente eso: espacio, además de tiempo, para liberar la angustia. Cuatro años de bestialidades carnales, apostando la suya de cañón, para complementar la soledad de aquella mole de ébano que, al parecer, tenía los mismos intereses lúdicos y lúbricos que él.
Luego entró con la columna de gente a la plancha del Zócalo y descubrió que a esos miles que avanzaban con él, los esperaban otros tantos, flameando banderas, percutiendo ritmos tribales, lanzando arengas por los altavoces y repartiendo panfletos que exigían una explicación y una solución creíble para aquella masacre de la que Braulio no sabía nada. Ahí, entre la masa ahora inmóvil (Braulio imaginó una enorme serpiente que se enrosca y dormita antes de volver a “andar”), escuchó la lectura de unos poemas, el llanto de una madre cuyo hijo fue asesinado y las exigencias de un coro de miles de voces que se fusionaban en una. Sorprendido, se movió entre la gente, intentando llegar al templete y olvidando el motivo que lo llevó al Centro Histórico esa mañana de viernes. Entonces descubrió a Américo, un compañero de la preparatoria que se distinguía por ser un sujeto silencioso y algo místico, al que los demás estudiantes veían con un respeto pariente del miedo. Américo observaba la acción en el templete, con las manos en los bolsillos de su chaqueta, y el cabello oscilando gracias a la solidaridad del viento. Parecía demasiado concentrado, absorto, con un semblante de sabia paciencia. Braulio lo encontró, inclusive, atractivo. No con afán, sino maravillado por sus rasgos afilados, esa cara de zorro y ese porte de rebelde elegancia que a él le hubiera gustado tener. Flaco y correoso, Américo no sólo generaba miedo entre los compañeros, también admiración entre las estudiantes que veían en él a un rebelde sin causa, el príncipe malo que las sacaría de las garras de sus padres conservadores. Braulio y Américo tenían algo en común: en la escuela, las autoridades, los consideraban escoria. Uno por rebelde, el otro por taimado y, valga el término, raro.
Américo lo reconoció y fue hacia él, con ese paso elegante, un bamboleo digno de un Travolta en Fiebre del Sábado por la Noche, pero con un aire ciertamente peligroso.
Después del mitin fueron por unas cervezas. Bebieron dos y comieron caracoles como botana, mientras Américo respondía todas las dudas que Braulio le formulaba. Le explicó el santo y seña del movimiento, su participación activa como “reclutador” de conciencias hartas de los maltratos del gobierno. Detalló el sufrimiento de las madres, enumeró los casos de muertes “misteriosas” sin resolver y lo invitó a participar. Luego fueron a La Peña, un caserón ubicado en la colonia Roma, en donde Braulio fue presentado como un activista más, en donde lo apodaron El Vaquero por su afán de vestir camisas a cuadros, jeans desgastados y botas vaqueras, y en donde fumó su primer cigarrillo de marihuana e hizo el amor con otra activista, Mabel, de la que quedó prendado. Luego fue consultado. Se le explicó que Mabel no se llamaba Mabel y no le diría su verdadero nombre, a pesar de haber intimado en una de las habitaciones, y que Américo tampoco era Américo. Lo cuestionaron sobre sus habilidades y Braulio habló de la pólvora, de cómo en la soledad de su habitación diseñaba bazucas con latas de jugo y gasolina, de la manera como había aprendido a violar cerraduras (para robar dinero de la gaveta de su padre) y, ya entusiasmado por aquella sesión de sexo, la marihuana y la atención que el grupo le ponía, de la fascinación que sentía por ver un buen fuego ardiendo. Tal parece que, al entrar en La Peña, Braulio dejó fuera, esperando, el costado menos atrevido de su personalidad. Ahí quedó todo. Después todo fue música, cerveza y marihuana. Fue la primera vez que no llegó a dormir a casa, aunque nadie notó la diferencia. Despertó con la boca plagada de un sabor ferroso, un dolor de cabeza bastante potente, un techo azul que no reconocía y el cuerpo de Mabel enredado en el suyo.
La noche de ese nuevo día, Américo pasó por él a su casa en un automóvil prestado. Dieron unas vueltas por la ciudad, compraron cervezas en un depósito, enrollaron un cigarrillo de marihuana y esperaron a que el diputado Malaquías Sóstenes estacionara su Volvo en la esquina de siempre, frente a un prostíbulo de clase alta, en donde pactaba iniciativas de ley, vendía y compraba votos, y departía con otros legisladores y las chicas de corte internacional.
Ocultos bajo la ventajosa sombra de un eucalipto, atisbaron con la vista de dos linces y los oídos de dos topos.
-Quiero que me digas qué eres capaz de hacer con ese Volvo.
-Lo que tú digas.
-No, Vaquero, lo que tú digas. Sóstenes no es aliado, aunque lo parezca. Se trata de dar un periodicazo –dicho esto digitó los números correspondientes en un teléfono celular enorme y charló un minuto con un periodista alineado al que le dictó la dirección del prostíbulo, luego colgó.
Braulio escuchó la charla y entendió el motivo de su presencia.
-Los periodistas están esperándote –lo retó Américo.
Braulio suspiró. En realidad era muy sencillo. Miró a Américo con decisión.
-Tu herramienta está en la cajuela –dijo éste y accionó la palanca para abrirla desde adentro.
Braulio descendió con calma. Encontró ganzúas, una manguera y un bidón con gasolina.
Entendió. No hacía falta el instructivo. Se escurrió con gran habilidad a un costado del flamante Volvo importado y, rompió las reglas. No utilizó las ganzúas ni la manguera. Se metió bajo la panza del auto y buscó a tientas la manguera del combustible. El olor lo inundó de alegría. Ese olor, dulcemente nauseabundo. No la zafó del todo sino la dejó gotear, después regó la gasolina del balde, se irguió y, con mucha sangre fría, encendió un cigarrillo y se recargó a fumar en el cofre del Volvo. Américo no daba crédito. Lo único que pensó fue que a ese muchacho extraño, morir le significaba poco. Los segundos goteaban con lentitud. Antes de terminar el cigarrillo lo dejó caer con naturalidad bajo el auto y caminó hacia Américo con la prisa de un tullido. El estallido del Volvo le recalentó la espalda e iluminó las fachadas de las casonas y los edificios. Luego subió al auto y le pidió a un Américo que no podía cerrar la boca ni echar a andar el auto que buscaran un sitio donde comer, moría de hambre, la marihuana le había abierto el apetito…