Buscar este blog

jueves, 3 de mayo de 2012

¿Cuál crisis… de los 30 años?


¿Se vería mal que un tipo de casi 38 años se dedique a andar sobre una patineta los fines de semana? No lo creo. Y no lo creo porque he sido testigo de la manera como un hombre de más de 60 años es un afanoso de los paseos en bicicleta, y porque he visto cómo el buen Zeta Darek, uno de mis mejores amigos, quizás uno de los mejores skaters que llegué a ver en mi juventud y con quien tuve el privilegio de thrashear un par de veces, ha vuelto a las andadas.





¿Cuál es la diferencia entre andar en patineta y andar en bicicleta?

Quizás los tobillos. Y también quizás que en el skateboarding sea más difícil hallar un beneficio a la salud cardiovascular, por ejemplo, como lo hallamos en la bicicleta. Pero, en este caso y a esta edad, posiblemente andar en patineta sea saludable para olvidarnos un poco del estrés diario. Según estudios, hacer una caminata puede ayudar a contrarrestar enfermedades como la depresión. ¿Acaso alguien de treinta y pico de años que puede estar estresado por el trajín diario no se relajaría montando de nuevo su vieja tabla Powell Peralta bajando una banqueta de ollie? O quizás no está estresado pero necesita meterle a su vida un poco de adrenalina, porque su trabajo es pesado y aburrido, intentando una especie de ollie-flip-360-variant.



Lo más falso que puede haber es que se tache de ridículo o nostálgico a alguien que sobrepasa los 35 años y desea reintegrarse a esa función que lo llenó de alegría y emoción en su juventud. 



¿Hay fecha de caducidad para el gozo?

De ser así, monstruos de la talla de Tony Hawk, Natas Kaupas, Mark González, Rob Roskopp, Dany Way, Lance Mountain o Christian Hosoi estarían en casa sorbiendo pan con nata. De ser así entonces estaría prohibido hacer el amor, escuchar música punk o electronic body music, o simplemente rock después de los 35 años. Porque, señores, después de los 30, con la experiencia ganada, se comienza a vivir.



¿Viejitos? No, sabios.

Que no les cuenten que el mundo es de los jóvenes, no señor, el mundo es de los treintañeros (más ñeros que treinta) que no le tienen miedo al ridículo y saben sorprenderse hasta de las cosas más sencillas. Así es que ¡a quitarse trajes y corbatas, que las calles, en bici o en tabla, nos esperan!

Repito: ¿La alegría tiene fecha de caducidad?  


martes, 17 de abril de 2012

Único

Cuando una mujer que estuvo conmigo se relaciona con alguien inferior, me convenzo de haber hecho siempre lo correcto, pero nadie tuvo la capacidad entenderme. Así es.

martes, 21 de febrero de 2012

Los libros son como los gatos…



…sólo que aquellos tienen más de nueve vidas.

Crecer rodeado de libros en casa es garantía de placer. Quien se entrega a la lectura en busca de sabiduría ha entrado por la puerta de atrás.

Los libros son también un lujo, para quien desea adornar de “sabiduría” su biblioteca. Un libro que huele a nuevo es un libro que no existe. Por el contrario, el libro de tapas ajadas y hojas carcomidas por el tiempo, el polvo y el sol es un ejemplar que ha obsequiado muchas vidas.

Los libros son ojos, músculos, entrañas, sexo. Los libros pueden ser también puerta de entrada pero no pretexto.

No obstante, por extraño que parezca, los libros son un mal regalo. Un libro en manos improbables es como una bomba de tiempo que estalla en la vida de quien no tuvo los arrestos para leerlo. Libros y libros que se acumulan sobre sus espaldas, recordándoles quiénes son en realidad. Un libro recibido y no leído es un pecado.

Antes, cuando alguien debía ser castigado, era colocado de pie, con los brazos abiertos y las palmas hacia arriba sosteniendo pilas de libros que los vencían de dolor y sufrimiento. Las modelos, cuando entrenan para caminar en la pasarela, deben andar con un libro en la cabeza para aprender el equilibrio. Es algo parecido.

Quien ha leído sabe amar y perdonar, sabe que los lazos y las alianzas son importantes, porque los libros sirven para conectarte con aquellos que pueden ver la vida desde un mismo nicho. Entes privilegiados que, como los libros y los gatos, tienen un corazón hinchado que, al menos, cursa nueve vidas.

Andrés Vargas Reynoso

(Coyoacán, 20 de febrero, 2012)


jueves, 9 de febrero de 2012

No más buenos días


Desnudo y con las manos atadas a los tobillos, se dejó abrazar por la oscuridad y el frío. Por el pequeño orificio en el techo se colaba un haz de luz que le arrancaba destellos a los charcos en el suelo. Por las noches, quienes lo tenían preso, descubrían el agujero para que pudiera respirar y ver un poco de cielo negro. Cuando amanecía lo cubrían con un ladrillo para que no entrara la luz del sol, aunque fuera una poca. Desde que lo arrestaron, Tomás no sabía lo que era la luz del día. Nunca hubo necesidad de vendarle los ojos. Había perdido la noción del tiempo, pero podía calcular el momento en que iban a hacerle una visita para golpearlo con cinturones mojados en la espalda y las piernas, cada cuatro horas. Después de las primeras veces aprendió a contar esa extraña escala del tiempo que regía dentro del agujero. Dormitaba un poco, o más bien se dejaba llevar por el dolor y el cansancio, y despertaba justo unos minutos antes que volvieran para castigarlo. Minutos antes que destaparan el agujero, entraba uno de ellos para darle de comer, colocaba en el suelo un plato con caldo y Tomás debía beber como animal, agachado e incómodo por la posición de sus amarres. Mientras lengüeteaba y trataba de atrapar una pieza de pollo con los dientes, el sujeto que lo cuidaba se sentaba en una vieja silla de aluminio –Tomás reconocía el sonido de las patas cuando el tipo arrastraba el mueble– y esperaba con paciencia a que terminara. Cuando su buen corazón se lo permitía, encendía un cigarrillo y le regalaba unas chupadas a Tomás.

-¿No se han comunicado? –preguntó Tomás con la voz arrastrada y débil.

-Aún no

-¿Nadie?

-Nadie.

-¿Qué día es?

-Sábado –respondió el sujeto mientras chupaba el cigarrillo y la brasa revelaba una porción de su rostro, una máscara roja e incompleta que a Tomás le parecía el verdadero rostro del miedo.

-¿Desde cuándo me tienen aquí?

-Desde el jueves.

Cuando terminaba de cenar y se quedaba solo, Tomás pensaba en Camila. ¿Cómo era posible que después de tres días no se hubiese comunicado? ¿Acaso no lo echaba de menos? ¿Y su familia? Ante tal oscuridad, cerrar los ojos hubiese sido una necedad.

La mente de Tomás viajaba velozmente, se ubicaba en los momentos más agradables al lado de Camila, pero de inmediato, como arrastrada por las garras de un ser deforme y violento, su mente volvía al jueves por la noche, cuando salió de trabajar. En la calle oscura y llovida se respiraba el miedo. Como si supiera de antemano lo que iba a ocurrirle, aquella noche Tomás avanzaba sobre la banqueta con más miedo del acostumbrado. Se fijaba demasiado en los sonidos provocados por él mismo, el ruido de sus botas aplastando charcos y grava, el latido de su corazón, el castañeteo de sus dientes. El viento frío le entumecía el cuerpo. Llevaba su mano en el bolsillo de la chamarra, apretando con ansiedad el teléfono celular como si necesitase utilizarlo de inmediato ante una emergencia. Ese día, después del pleito, Camila no había llamado en todo el día, ni una sola señal de preocupación. Tomás dedicó el día entero a revisar sus redes sociales en la computadora de la oficina esperando algún mensaje de Camila, sin éxito. Cuando llegó a la esquina observó movimiento, dos sombras expectantes se ocultaron tras el puesto de periódicos cerrado. Tomás se detuvo, arrepentido de la decisión que había tomado. Quedarse a trabajar tan tarde había sido una idiotez, si se hubiera ido temprano con los demás habría librado ese escollo. Miró a su espalda y a los costados, no había nadie pero las presencias no mienten. Decidió seguir avanzando. Le hubiera gustado correr, pero el cuerpo entumecido por el frío apenas le permitía avanzar despacio. Rodeó el puesto de periódicos para adelantarse a sus enemigos, pero un golpe en la nuca lo cegó. Entre el aturdimiento sintió cómo lo arrastraban a la cajuela de un automóvil con insultos y golpes en las costillas para rebajarle unos grados a sus intentonas por zafarse. Dos pares de brazos fuertes lo aprisionaban de los cabellos y los bíceps, mientras otro par asestaba golpes precisos para terminar con su valor. Aturdido por el recuerdo comenzó a temblar de miedo y vomitó. ¿Cuánto faltaba? Se tranquilizó pensando en Camila desnuda, paseando por la habitación, con el sol que se colaba por la ventana dorándole los cabellos rubios. La imaginó bailando, dando vueltas por la habitación, girando desnuda como la muñequita de una cajita de música, mientras él esperaba paciente en la cama. Su cabeza era un panal de recuerdos zumbando y chocando unos contra otros. Luego se quedó dormido. Al menos sabía que cuando viera el agujero cubierto ya sería domingo.

Muy temprano entraron sus captores pero ya no lo golpearon. Eran los mismos que lo habían golpeado y arrastrado a la cajuela del automóvil, podía reconocer la olorosa colonia de uno de ellos. Al ver que el agujero seguía descubierto y un pequeño rayo de sol iluminaba el suelo, creyendo que se trataba del epílogo de su sufrimiento, apretó los ojos. Estaba tan cansado que morir hubiese sido el mejor escape, al menos el más humano. Uno de los hombres lo tomó por las muñecas y cortó los amarres con un cuchillo, fue un corte limpio. Apenas pudo mover los brazos, le pesaban y dolían como si tuviese plomos amarrados. Se llevó las manos al rostro y sintió su barba crecida y sus labios secos. El cabello estaba grasoso y tieso. Como pudo se arrastró hacia el pequeño círculo de sol que se remarcaba en el suelo. Ahí se ovilló esperando que sus celadores arremetieran con golpes y puntapiés, pero eso no sucedió, por el contrario, alguien tiró de una cadena y encendió la luz, un foco de filamento tembloroso y cubierto por una hoja de periódico iluminó a medias el cuarto. Tomás alzó la vista y observó a dos sujetos con los rostros cubiertos con bolsas de estraza. Uno de ellos le lanzó su ropa.

-Vístete –le dijo–, ya se comunicaron.

-¿Puedo irme?

-No ahora, primero come algo –le dijo el mismo hombre señalándole un plato con comida sólida que reposaba en una mesa de madera. Él mismo lo ayudó a levantarse.

Tomás comió con desesperación, sin usar más que sus dedos engarrotados. Terminó casi de inmediato y pidió agua. Luego se vistió ayudado por los sujetos. Lo sentaron en la silla y le encendieron un cigarro.

-Por la noche vamos a dejarte en un sitio, cuando te bajes del auto corres, corres hasta que dejes de vernos, ¿entendiste?

Tomás asintió.

-¿Pagaron?

-En efectivo.

-¿Quién?

-Tu mujer.

-¿Mis padres?

-No están enterados. Tú tienes la culpa, muchacho, por jugar a los misterios –dijo uno de ellos, el menos amable–. Pero es mejor así, ¿no crees?

Tomás asintió y observó cómo la transpiración de sus rostros humedecía las bolsas de papel. Están nerviosos, pensó; luego se recostó sobre la mesa y dejó caer sus miembros para librarlos de la tensión.

-¿Quiénes son ustedes? –preguntó.

-¿Cómo que quiénes? Tu fuerza de voluntad, muchacho –dijeron al unísono.

Tomás viajó en la parte trasera del automóvil, agachado, con el pie de uno de sus captores en la nuca. Escuchaba cómo poco a poco iban dejando el ruido de la ciudad y tomaban la carretera, después manejaron un tramo plagado de curvas, subiendo, siempre subiendo. Sentía un vacío doloroso en la boca de su estómago. Finalmente escuchó las llantas del automóvil aplastando grava y tierra sueltas, avanzaban sobre un camino aleñado a la carretera, plagado de baches y rocas que hacían saltar el automóvil. Luego se detuvieron. El silencio del motor le regaló un momento de paz.

-Al fondo –dijo el sujeto que le pisaba la nuca, aún sin levantar el pie– hay una cabaña con la luz encendida, corres hacia allá y no voltees, o te quiebro, entendiste, pendejo. Y a ver si de una buena vez te dejas de misterios y vives tu vida con normalidad.

Tomás arrancó con sus últimas fuerzas y corrió como una bestia que se libera de su cautiverio. Trastabilló rodando por el suelo un par de veces pero se levantaba de inmediato para seguir corriendo hacia la cabaña. A su espalda escuchó el motor del automóvil arrancar y perderse en la distancia. No quiso voltear por si estaban venadeándolo. En la entrada de la cabaña distinguió la silueta de Camila que corrió hacia él. Ella lo abrazó con mucha fuerza, lastimándolo un poco, pero a Tomás no le importó. Desfalleció en sus brazos y comenzó a perder la razón. De su boca brotaban incoherencias, había llanto y quejidos. Camila lo recostó en el suelo, acarició su rostro amoratado y besó los labios hinchados y resecos. Ella también lloraba.

-Perdóname –le decía acongojada, sintiéndose culpable por el último pleito que tuvieron. De sus hermosos ojos verdes brotaban ríos de lágrimas que empapaban su blusa.

Aún aturdido, Tomás lanzó una mano al aire para acariciar un seno de Camila, sonreía como un loco, como quien acaba de despertar de una pesadilla. Camila apretó el cuerpo de Tomás en su pecho.

-Te prometo que estaremos juntos siempre –le dijo.

Y en esa posición, sin que Camila pudiera verle el rostro, Tomás sonrió. Había sido un duro golpe, un giro devastador pero necesario, las palabras de Camila lo tranquilizaron y, convencido de su ocurrencia, sonrió de forma desproporcionada, dándole a su rostro el cariz de un payaso maldito, estaba contento, el plan había funcionado perfectamente.

miércoles, 1 de febrero de 2012

De Juan Villoro a Karina Cabrera



Uno de los principales problemas a los que te enfrentas cuando eres periodista especializado de rock (pocos en México, la verdad), es a la necesidad de andar pregonando si conociste y entrevistaste a tal o cual artista. Otro problema es tener que rodearte de lambiscones que se creen analistas de rock porque tienen más de 20 discos en su estante, o nada más porque dicen ser tus amigos y debes soportar no sólo su ignorancia sino la manera como, evidentemente, te lambisconean diciéndote que sí a todo.

En el caso del primer libro electrónico de Karina Cabrera, "Resonancias. Canciones de la Página 26", no sólo puedo presumir que la autora fue mi colega y es mi amiga (en ese rango que fusiona la amistad con la hermandad) sino que fui testigo del proceso de gestación y maduración de lo que fue la columna Resonancias. En ese sentido, agradezco la invitación de Karina (directo en la página 7) para tirar unas líneas sobre ese trabajo del que me empapé durante casi cuatro años, pero también me hago a un lado, sin tratar de adherirme con loas plagadas de poesías sin valor, y solamente dejando ser a esta mujer que le ha dado cariz de arte al oficio del análisis musical.

No digo más, ya verán, los que se adentren, de lo que es capaz esta mujer.

Y sobre todo espero que aquellos verdaderos fanáticos de RockStage se desmarquen también y se dediquen a disfrutar y no a decir: "Oh, yo lo pensé primero".

Gracias, Karina, por lo que has hecho por la amistad y el rock. Namás no insistas... ya estoy curado. ¡Ja! Un abrazo grande y mucho orgullo.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Santa Claus y la nanotecnología

De acuerdo con el científico Gerardo Herrera, del Cinvestav, con quien tuve el honor de cenar anoche, Santa Claus podría descartar salir de su casa la noche del 24 de diciembre y optar por las ventajas de la nanotecnología.

¿Suena loco? Sí, pero tiene bases científicas. Veamos por qué, tal y como se publicó en el portal de la BBC, el 21 de diciembre del año pasado, nota que revivió el doctor Herrera anoche, durante la cena de fin de año y por el festejo de los 50 años del Cinvestav.

BBC Mundo acude a científicos de la NASA y el CERN, explora la nanotecnología y flota en una nube de relatividad para ayudarle a Santa Claus en la entrega de regalos el 24 de diciembre.

Gerardo Herrera, físico del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados de México (CINVESTAV), le explicó a BBC Mundo que científicos del Instituto de Tecnología de Karlsruhe de Alemania y del Imperial College de Inglaterra encontraron la manera de hacer que un objeto desaparezca de la vista en tres dimensiones, es decir, lo hicieron invisible.

"Los investigadores lograron poner un objeto microscópico en un bulto de nanoestructuras de oro que distorsionaron la luz para darle la vuelta al objeto de forma tal que se volvió invisible", señaló Herrera.

Sin embargo, Santa tendría que esperar un poco para hacer uso de este descubrimiento, pues en la actualidad no es posible obtener los mismos resultados con objetos del tamaño de una pelota o de una muñeca.

Cuando se logre, quizá en pocos años, Santa Claus tendría más tiempo para distribuir los regalos por el mundo, indicó Herrera.

"Los colocaría con más calma días antes de Navidad. Los dejaría fuera de la mirada de los niños con una cubierta de nanoestructuras que los hiciera invisibles hasta que la noche del 24 de diciembre, con una simple llamada de celular y haciendo uso de los recursos de computo GRID, los hiciera aparecer desde la comodidad de su casa en el Polo Norte", reflexionó el físico.

“(Con un manto de nanoestructuras, Santa) repartiría con más calma (los regalos) días antes de Navidad”, Gerardo Herrera, CINVESTAV

viernes, 7 de octubre de 2011

Otro adorno en el aparador


Después de una larga jornada de paseo, un joven padre y su hijo se detuvieron a descansar en el filo de una banqueta, en una colonia residencial. Habían salido muy de mañana rumbo al panteón, con unas flores que cortaron la noche anterior del jardín de doña Elena (con su permiso), para ver a la madre del niño, que había fallecido justo un año antes a causa de una enfermedad desconocida. El día de la muerte, el niño ya no vio a su madre. Ese día volvió de la escuela y ya no estaba. Era un chico muy listo, por lo que al padre no le costó trabajo hacerle comprender que la enfermedad había sido tan devastadora “que se la llevó así nomás, hijo, sin que pudiera despedirse personalmente; pero te dejó una carta”. ¿Me escribió una carta antes de morir? ¿Acaso sabía que iba a morir?, se preguntó el niño que suponía que sólo el condenado a muerte o quien fraguara la propia podía saber la hora exacta de su final (cosas que aprendía en las noches, cuando su padre le leía novelas históricas para inducirle el sueño); de cualquier manera leyó la carta. Lo hizo despacio pues apenas aprendía a unir las letras para darles coherencia. Lo que leyó el niño se lo quedó para él solo.

Al cumplir un año, padre e hijo decidieron visitar la tumba. Salieron muy temprano y abordaron el camión que los acercaba al cementerio. Al llegar al lugar indicado, la encontraron solitaria, con el pasto crecido y sin lápida. Era común que en esos panteones aledaños a colonias populares los lugareños se robaran las lápidas.

-¿Cómo sabes que esta es la tumba de mamá? –preguntó el muchacho.

-Muy fácil, hijo. Dime qué hora es.

-Las diez en punto.

-Fíjate en aquel árbol, ¿ves cómo la sombra de esa rama se coloca sobre la tumba de tu madre? –el niño asintió–. Hace un año, a esta hora, para poder reconocerla, me fijé en ese detalle. El árbol nos señala cuál es. Así no hay pierde –le dijo y le acarició el pelo. El niño sonrió.

-Eres muy listo, papá.

-No tanto como tú.

Pasaron ahí la mañana y parte de la tarde. Mientras el joven padre sacaba unas tijeras para podar y se hincaba sobre la tierra húmeda a darle forma a la rebeldía del pasto, que había crecido tanto como si quisiera con sus briznas arañar el sol, el muchacho traveseaba por ahí, lanzando una vara a unos perros de panteón que se acercaron en busca de algo para comer. Después de dejar el pasto de alrededor con un estilo castrense, a la casquete corto, el padre fue hasta la entrada del panteón para pedir al guardia dos tambos con agua. Los cargó hasta la tumba, bajo el mazazo del sol, bufando ocasionalmente. Y de cuando en cuando se detenía para afeitare el bozo de sudor de la frente y la quijada, y para observar a su hijo corretear en la ladera, tan ignorante de la tragedia como feliz por tener esos minutos de aire fresco. Finalmente hicieron un agujero en la tierra, en la cabecera de la tumba, y clavaron las flores. Aquella era, definitivamente, otra tumba. Tenía, por decirlo de algún modo, más vida. El joven padre rió por lo bajo tras su ocurrencia. Guardaron un poco de agua para lavarse las manos y sentarse a comer los emparedados con jamón que prepararon en la mañana y beber los dos jugos que el padre cargaba en la mochila con las tijeras de podar. Charlaron de cualquier cosa, rieron, contaron chistes y planearon lo que harían por la tarde: jugar un poco, arreglar el desorden del hogar que tomaba forma durante las ausencias entre semana, y después leerían alguna novela histórica antes de dormir. Cuando el padre volvió de devolver los tambos, encontró a su hijo hincado a los pies de la tumba, con las manos juntas en su pecho, rezaba. Fue acercándose poco a poco y descubrió que, más que rezar, el niño platicaba con su madre. El hombre joven se recargó en el árbol que señalaba la tumba, encendió un cigarrillo y tragó varios nudos de lágrimas, sollozos y culpas, hasta que se vació. El camino de regreso lo hicieron a pie. Subiendo y bajando laderas, hasta llegar a la zona residencial enclavada en una loma. Decidieron que era tiempo para descansar un poco.

El sol de la tarde acariciaba los ventanales de las mansiones y recalentaba las láminas de los autos lujosos estacionados afuera de una casa; aquel efecto parecía incrementar el calor en el ambiente. La fachada intentaba emular, con mal gusto, las fachadas de las residencias de los suburbios que aparecían en las películas norteamericanas, con un enorme portón eléctrico fabricado en hierro forjado y decorado con grecas semejantes a enredaderas. En el garaje podían verse los autos de lujo, último modelo, esperando pacientes por algún capricho de los patrones. El silencio que priva en esas zonas de tranquilidad adquirida, era roto por una nata musical que brotaba justamente de esa casa. “Tienen fiesta”, pensó el joven padre, aunque eso se evidenciaba por la cantidad de autos estacionados afuera y los choferes dormitando recargados en los volantes. “Qué oficio más indigno”, abundó en su pensamiento. El niño miraba con atención.

Justo cuando iban a ponerse en pie, un mundo de gente comenzó a salir de la casa. Parejas y familias sin hijos, sólo gente mayor enfundada en ropas elegantes y joyas que le arrancaban destellos al sol. Los choferes se espabilaron de inmediato, aparentando celo por su labor, y comenzaron a abrir y azotar puertas, y encender motores poderosos para tomar camino. Detrás del bullicio aparecieron tres personas, una mayor, de cabeza blanca y sobrada elegancia, y las otras dos más jóvenes, guapas y vestidas a la moda, abusando un poco de la escasez de pudor. De esas dos, una era mayor, aunque joven, y la otra no debía sobrepasar los treinta años. Esta última tenía un rostro sereno y hermoso, de enormes y redondos ojos, nariz pequeña y labios gruesos. La mayor, a pesar de su belleza, se notaba recargada en el estilo y sus movimientos eran demasiado estudiados, carentes de gracia. Su rostro atractivo, sin embargo, estaba cruzado por una mueca general de insatisfacción que apenas sonreía forzadamente volvía a recomponerse en el puchero. Ocasionalmente ambas alzaban la mano para despedirse de sus invitados. El hombre elegante no se movía, parecía una estatua, uno de esos indios de madera que lucen en las entradas de las tabaquerías y tienen habanos en la mano. A la distancia, el niño no perdía interés.

-Esa gente debe ser muy feliz, ¿verdad, papá? –dijo interrumpiendo los pensamientos de su padre.

-¿Por qué lo dices?

-Observa sus ropas y sus autos y la gente que los visita, papá, observa su casa.

-Bien, bien, hijo, pero tú eres más inteligente que eso.

-No te entiendo.

-¿Te has fijado en sus rostros?

El niño pareció ser testigo de una epifanía.

-No brillan.

-Exacto. ¿Pero por qué no brillan? ¿Qué es lo que hace brillar un rostro? Lo sabes, hijo, eso que nos sobra a nosotros.

-¡La sonrisa!

-¿Lo ves ahora?

-Si, pero, ¿por qué no sonríen si…?

-¿Si tienen tantos amigos y tanto dinero?

-Exacto.

El joven padre suspiró. Quizás era demasiado pronto. Comenzaba a arrepentirse de su ocurrencia. Quizás no debía decir nada y simplemente levantarse y tomar el camino opuesto, rodear hasta llegar a la avenida en donde se fusiona el suburbio con la colonia popular, en donde debían abordar el camión que los dejara en su casa. Pero estaba demasiado dentro del pantano como para poder salir. Entonces, habló.

“Es menester que entiendas, Braulio, que el dinero no te hace feliz, porque el dinero te corrompe y a la larga asusta todo lo bueno. Todo lo bueno se va. Tú crees que esas personas son felices por sus autos, su casa, sus joyas y sus amigos, pero no has hallado sonrisa en ellos, ¿verdad? –Braulio asiente–. Esa es la señal, hijo. Cuando tú miras a alguien en la calle reconoces su sonrisa y su sonrisa evidencia si su felicidad es real o inventada para la ocasión. ¿Cómo sé cuando te fue bien o mal en la escuela? Por tu sonrisa. No puedes mentir, la tristeza, la decepción, el mal humor y la educación son evidentes, son reflejos del hombre que no pueden ocultarse tras un espejo de vanidad. Ahora bien, hay dinero bien habido y mal habido, ¿estamos?, pero eso no importa, la procedencia es lo de menos cuando conoces a quien lo amasa. Fíjate cómo no hay sonrisa ni en quienes se quedan ni en quienes se van. Eso habla mucho de la fiesta que tuvieron. ¿Y la música? Hijo, no es más que otro adorno en el aparador. Las mujeres de tacón alto que salen de la casa caminan sin molestias, lo que indica que no han bailado, y los hombres se ven demasiado tomados como para haber bailado, ¿ves? Hay que saber leer entre líneas, Braulio. Esa gente que sale con rostros de molestia y alivio ante la huida, nos indican la obligación. El dinero y el poder obligan. La gente así, como aquellas tres figuras que ves al fondo, han amasado tanto que deben comprar a sus amigos. Siempre los mismos amigos, no hay una adhesión interesante y, cuando alguien entra en su círculo, si no casa con el perfil general, o es diferente y tiene ideas encontradas respecto al dinero y al poder –y aquí la voz enronqueció un poco– es expulsado. Lo que esa gente hace –dijo alzando un poco la voz y señalando con dedo insistente a la distancia a las tres figuras principales– es inventarse sus momentos, adquirirlos, diseñarlos porque la misma soledad y la misma tristeza les impiden ser espontáneos hasta en algo tan sencillo como convivir con sus semejantes. Ahora mismo que entren de nuevo a su casa, se dedicarán a hablar mal de los invitados, a criticar cualquier detalle que les dé oportunidad. Porque esa gente, hijo –concluyó desinflándose–, no es feliz.”

-Parece como si los conocieras.

-No es difícil, hijo –dijo suspirando–. El dinero y el poder que tienen sobre ti mismo también obligan a olvidar los compromisos…

-¿A qué te refieres?

-A nada –dijo el padre al hijo alborotándole el pelo, cuando las tres figuras traspasaron la verja–, es hora de irnos, comienza a atardecer.

Se pusieron en pie y avanzaron sin poder quitar la vista de la fachada.

-¿Te divertiste? ¿La pasaste bien visitando a mamá?

-Alguien nos mira, papá –dijo Braulio torciendo la cabeza y mirando hacia la reja. El padre sintió un escalofrío que lo obligó a andar más aprisa, la inminencia de su estupidez parecía lanzarle tarascadas desesperadas–. Espera, es la muchacha. Es bonita, ¿no crees? ¿Por qué se queda ahí agarrando la reja? ¿Por qué nos mira?

El padre se detuvo y dio un suave tirón a su hijo. No obstante, lanzó una mirada recelosa a la reja hasta que las miradas colapsaron.

-No sé, quizás no está a gusto ahí dentro y envidia nuestra libertad. Nosotros somos conejos silvestres, hijo. Ella ya no.

-¿Ya no?

-Olvídalo, es tarde. ¿Futbol en la calle llegando? ¿Te enseño a pegarle con la izquierda?

-¡Sí! –gritó Braulio con alegría.

La muchacha de la reja los miró perderse en el vértice de la calle. Algo se movió dentro de ella, un sentimiento extraño, pariente de la añoranza. Luego descendió los escalones y entró a casa, siempre mirando el suelo.

-Un niño y un joven –dijo el guardia del panteón a la familia del joven Gustavo García.

-¿Un niño y un joven?

-Estuvieron mucho tiempo, rezaron, cortaron el pasto y sembraron esas flores. Yo los dejé porque creí que eran parientes suyos.

-Vaya. Se habrán equivocado de tumba. Hicieron muy buen trabajo –dijo el padre de Gustavo, quien un año antes había enterrado a su hijo que falleció víctima de una enfermedad desconocida. Luego alzó los hombros y se hincó a los pies de la tumba con su esposa, para rezar.