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sábado, 23 de febrero de 2013

Intersecciones: Carta al destino



Cartas

México D.F. cualquier día, 2013, año de nuestro patriarca Masiosare

Apreciable señor Destino…

Le escribo con gusto pero también un poco enfadado, ya que su proceder me parece de lo más inapropiado. De más está advertirle que pondré mi queja directamente en el cepo del Departamento de Asuntos Mágicos, dirigida al señor Secretario Fabricio Marmaduke, ya que su ocurrencia no me ha traído más que sinsabores, sobre todo tomando en cuenta que mi pedido especial llegó, en forma de una mujer, ciertamente apreciable y atractiva visual y mentalmente, casi 40 años tarde. ¡No me joda! ¿Acaso cree usted que tenemos 40 años para experimentaciones? ¿Luego qué? Digo, si Oscar Pistorius salió bajo fianza después de balacear a su novia, me parece indecente que yo deba sufrir de más a causa de los malos manejos dentro de su departamento. Porque, claro, seguramente quienes gozan de influencias recibieron su pedido a tiempo. De nada sirvieron las monjas, ni los caprichos ni lisonjas que tuvo a granel, junto con docenas de veladoras encendidas como lucecitas de esperanza, dilapidando tiempo, dinero y esfuerzo, amén de exorbitantes cuentas por la terapia psicológica. ¿No se da cuenta que si en su departamento se hicieran las cosas como se debe, para variar, la tasa de divorcios y separaciones sería más baja? No la chingues, compadre. De veras, qué mala leche. Lo peor es que uno ya está cansado, ya tiene uno achaques, y no estamos ya como para preguntarle a la susodicha si va a la iglesia o viene de buena familia. Es como si me hicieran debutar en Primera División a los 38 años, ¡qué papelón! Caramba, hay que entrarle en el acto y así, sin calentar, pues uno sale lesionado, más respeto por mis canas, ¡no mame!, ya está uno a media estocada como para entrarle a los maratones. No hay que ser. Lo único que puedo reconocerle es que el pedido viene completo, tal y como se anotó en la factura FC-DESTINO-01-09-1977. Sin más por el momento, patento mi queja pidiéndole que vaya a XXXXXX a su santa progenitora. Hasta luego.

Yo

PD – Cancele mi cuenta con ustedes.

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Capítulo 4: ¡Pero qué demon… (camino a Puebla)

“La miré de reojo, como quien mira sus culpas…”, escribió mi amigo Rafael Toriz en uno de sus magníficos relatos de su libro Metaficciones: Invitación a la estética. Y cuando la vi llegar, la miré de reojo… y comprendí el significado del cuento. Vaya. La literatura sí sirve para algo, me dije. Luego mesé mi barba rala, esa que me da cierto estilo pero que, en realidad, define mi desaprecio por la navaja y la espuma: “si crece, es por algo”. A veces me rasuro, cuando tengo una cita importante, o cuando, de plano, parezco estibador.

La cosa era que ella, con desdén y sin permiso, se sentó junto a mí. Eso llamó mi atención, la gente suele rehuirme, pero ella parecía cómoda. “Debe estar chiflada”, pensé. Luego me di cuenta que, en efecto, no las tiene todas consigo, pero también es una buena persona… y guapa… ejem…

Devorando kilómetros de carretera, entre montañas verdosas y un ambiente fresco, la charla fluyó sin problemas… Y aquí me perdonará el amable lector, pero por respeto no reproduciré la charla de forma íntegra (ni que estuviera loco), así que solamente intentaré esbozar las reacciones en forma de pensamientos:

Ella: Y éste, ¿de dónde habrá salido?
Yo: Tiene ojos bonitos.
Ella: Parece educado, seguramente tendrá el paladar negro, como un perro de raza.
Yo: Tengo hambre.
Ella: Tengo hambre.
Yo: Si esta mujer es divorciada me tiro por la ventana.
Ella: Esto está muy raro.
Yo: ¿Qué les dije? :)
Ella: Tiene facha de que tiene un hijo y está separado.
Yo: ¡Diablos! No llamé a Leonardo por teléfono antes de partir.
Ella: ¡Quiobo! :)
Y así.

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Capítulo 3: Golos, clavas, pelotas, Los Panchos, Los Tres Ases y la trova

Nadie me obligó, lo juro. Ni fue un sueño de opio. Una mañana simplemente me desperté con la idea de ser malabarista. Un buen malabarista.

-Si puedo hacer maravillas con mis sueldos de colaborador freelance, por supuesto que puedo hacer malabares con cosas.

Mi madre y yo pasábamos juntos mucho tiempo. Ambos trabajando en casa. Yo escribo de noche, así es que el día era tiempo y patio de recreo.

Pasé un buen tiempo buscando las pelotas del perro en el jardín, y para que mi madre no se preocupara ante mi conducta errática, le dije que estaba buscando huevos de Pascua.

-¿En agosto?

No le respondí. Luego, aprovechando que ella había ido al mercado, ensayé con las tres pelotas de esponja con que el bullterrier mataba el tiempo por las tardes. Pelotas con baba acumulada por años que terminó por suavizar la piel de mis manos. Al final de mi entrenamiento olía yo a gallina.

Cuando mi madre volvió la senté en una silla a mitad del patio, sin dejarla siquiera entrar con la bolsa del mandado.

Malabareé las pelotas frente a ella, un truco para mí harto difícil, pero que, con franqueza, le salía mejor al niño que se infla las nalgas con globos y lo hace arriba de un adulto disfrazado de oso panda, en lo que dura la luz roja del semáforo. Luego le hice el truco final, el de mayor arriesgue, el que en los circos cierra la jornada después de los perritos bailarines. Mi madre casi se cae de la silla cuando me vio salir de la casa con tres de sus tazas de té, de una colección traída desde Francia y que había pertenecido a su bisabuela de apellido Delmotte. Al terminar, su regocijo no fue en sí por el acto sino porque sus tazas salieron ilesas de manos tan torpes. (Años después su nieto, jugando a la fuente de sodas con su prima, quebró dos de esas tazas sin que su abuela lo mandara a la guillotina)

Internet proveyó las armas con que encararía mi nueva vida: Un juego sencillo de golos, y otro con antorcha; pelotas específicamente diseñadas para los payasos; un juego de clavas muy bonitas; y un traje de lycra-spandex en colores chillones que, hoy en día, no puedo colocarme sin parecer zanahoria.

Ah, el ensayo general, con mi padre, mi hermana, mi madre y el perro como invitados, amén de un grupo de acarreados (una docena de monos de peluche) que mi hermana llevó y colocó detrás, en gayola, con énfasis priísta. El espectáculo debía ser de noche para que los golos con fuego en las puntas lucieran como es debido. Comencé con un par de trucos de magia y contando algunos chistes, un par francamente groseros que hicieron que mi padre articulara una mueca de disgusto, mi madre se llevara las manos al rostro y mi hermana se carcajeara. Para resarcirme, conté un chiste más, que involucraba a los grupos Los Tres Ases y Los Panchos, un gracejo muy malo que alguien me contó sin advertirme que se trataba de una anécdota familiar, en fin. El show fue un exitazo y mi padre, ya con la visión del empresario, me dijo que por qué no invitábamos a la familia y cobrábamos unos pesos, etcétera. El siguiente paso fue buscar audiciones en un circo, y después de mucho insistir, y enviar un currículum tan mentiroso como el de un secretario de Estado, me dieron cita. Luego no fui a la cita. Para qué si ya hay muchos malabaristas en este mundo, “uno más no hará la diferencia”. Además, esa tarde, mi novia me invitó a ver un concierto de trova en el kiosco. Era, sin lugar a dudas, una mejor opción.

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Capítulo 2: Buenas noticias

Durante un tiempo quise ser un hombre de conocimiento, pero hice todo lo contrario y me volví periodista. Los periodistas somos esa raza de humanoides que creemos conocer la verdad de todo y por eso nos atrevemos a contarla, aunque no se nos pida nuestra opinión.

Una vez creí que para contrarrestar mi trabajo sucio como analista político en una revista de corte chayotero lo mejor sería fundar un periódico que solamente publicara buenas noticias. Nada de descabezados ni bombas que estallan dentro del subterráneo, o guerras en países que viven de la guerra. Para algunas cultura le beligerancia es cosa de todos los días, pero nosotros qué culpa tenemos. Por supuesto que no lo hice, y tome esa decisión después de realizar una encuesta, un análisis de campo que me entreveró un sinfín de inconvenientes, capitaneado por una triste verdad: a nadie le gustan las buenas noticias, a menos que tengan que ver con ellos mismos. Y francamente no iba a publicar que doña Naborita va a ser bisabuela, o que a don Celestino le subieron el sueldo. Bah. Qué chasco. Ahí van mis buenas intenciones. 

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Capítulo 1: Mero trámite


“Oh, sí, lo había olvidado”, le dije a la señorita antes de regresarme para firmar mi salida. Yo esperaba que me entregara un sobre con los viáticos, pero a cambio me obsequió, sin sobre, una sonrisa de trámite, de esas que se despachan junto con las monedas que sobraron tras la aniquilación de un billete.

Anduve sobre la banqueta, procurando que una mitad de mi cuerpo fuera bañada por el sol y la otra refrescada por la sombra. Últimamente hacía más cosas raras que de costumbre. El día anterior, por ejemplo, fingí ser un nervioso turista argentino –se me da el tono y lo antipático–, y anduve por ahí, cerca de Reforma y Chapultepec, con un mapa falso en las manos, preguntando a los transeúntes en dónde se encontraba la estatua de conocido héroe nacional mexicano. Ellos preguntaban a cuál me refería, y yo contestaba, fingiendo compromiso con mi empresa y erudición en el tema: “Masiosare”. Nadie se molestó, pero algunos sí me dieron indicaciones falsas, y otros aceptaron con franqueza desconocer el sitio exacto. En otra ocasión me detuve en un camellón, a la altura de una intersección, crucé mis brazos y me dediqué a ver el cielo durante unos minutos, contando el número exacto de personas que, al pasar junto a mí, alzaban la cabeza en la misma dirección o bien sólo alzaban la vista.

Pero esta vez iba de prisa, así que solamente me partí en dos mientras caminaba, para atestiguar la manera como conviven diferentes climas en la ciudad. Iba de paso, ese día era de trámite porque debía parar en un punto específico para ser conducido, junto con otros periodistas, a una conferencia en otro estado. El resto fue ver pasar el tiempo. Eso es lo que hacemos los que no tenemos prisa por vivir, mas no por existir, entonces sí tengo prisa. Existir es más inmediato y placentero, vivir toma demasiado tiempo, pero es un tiempo que se agota muy rápido. Alguien me dijo hace poco: “La vida dura dos días”. Y puede que menos, añadí.

lunes, 27 de agosto de 2012

sábado, 4 de agosto de 2012

“Bac tu de old jud”


He vuelto a la casa paterna sólo por una noche. Es el segundo sábado seguido que no duermo en mi departamento. Quizás los sábados de ostracismo (sin ti) comienzan a ser tediosos. Algo de TV, una pelea de box, y el espacio amplísimo de mi necesidad por verte.

Pienso en lo que dijiste alguna vez, que he comenzado a acariciar la crisis de los 30, no lo creo, sin embargo, te doy crédito esta vez, porque tu ausencia ha desatado la añoranza.

La revisitación del territorio pudo ser algo nostálgico. Comí con mamá, llevé a mi hermana a una fiesta con sus amigos (antes estudiantes, hoy todos periodistas), volví a recorrer la ciudad en mi viejo Tsuru, aquel que sirvió de escenario para el correr de esta parte de mi vida; vi una película del oeste con papá y mamá, y después, ellos durmiendo, me instalé de nuevo en el comedor, con una cerveza y un paquete de cigarros, ante la pantalla blanca y virgen de una computadora. No había de otra. Y como antaño, un perro duerme del otro lado de la puerta. Y pienso también que allá afuera me esperan mi hijo y un sueño que, también, se ha vuelto nostálgico.

Pero antes debo reconocer que no pude romper la rutina y me instalé unos instantes frente al viejo mural del foro al aire libre, a contemplar el espacio desde donde tomé la fotografía, mientras me leías entre risas el cuento que te escribí.



Hay algo ahí que no se pierde. Si uno se concentra y cruza la mirada puede ver la manifestación de nuestros fantasmas riendo. Es como ver muchas veces la misma escena de una película que ya conoces. Lo que sorprende es la intensidad con que tus ojos de fantasma también absorben la luz del sol.

Salí a la calle a ver a quién me encontraba, pero nadie de la vieja pandilla. Creí que estarían bajo el mismo árbol en donde los dejé el día que me fui de casa. Pero no.

La familia de grillos se ha mudado del tubo de electricidad donde vivían al techo de tejas que está sobre la puerta. De que los rescaté hacen 10 años, por lo menos y me da gusto saber que siguen en casa. 

Escucharlos “cantar” me hizo la noche.

Ahora pienso en los tiempos idos y me pregunto cuántos más vendrán.

Me estresa la posibilidad de pensar que el tiempo se haya detenido para mí. Pero entonces pienso en “esa loca cosa nostra” (cosa folle è il nostro) y me alegro. Porque entonces se inflama la idea y eso, como dije alguna vez, forma parte de mi felicidad. Que no toda.


Cierro los ojos, a punto de dormir y te miro, de pie, ante una enorme rejilla amarilla en el suelo, y te veo rodearla. A veces así me siento, como un abismo al que debes sacarle la vuelta.