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domingo, 23 de junio de 2013

El periodismo gandalla (o la nueva realidad del periodismo, o la muerte de las fórmulas caducas)

Uno de los mejores libros que he leído se llama El Periodismo Canalla, de Tom Wolfe. Se trata de una recopilación de textos, muy al estilo de Los Once de la Tribu, de Juan Villoro, que demuestra que, para destacar en la profesión, es necesario gozar de ciertas libertades.


Que te llamen simplemente periodista, reportero o comunicador es igual a que te llamen licenciado: una limitante. El verdadero reto no es contestar llanamente el ¿qué?, ¿quién?, ¿cómo?, ¿cuándo? y ¿dónde?, sino demostrar que eres escritor. El escritor lo engloba todo. Y el escritor se forma en la “talacha”, como el buen futbolista (Cuauhtémoc Blanco), el buen patinador (Tony Hawk), el músico (José Cruz), el actor (Johnny Depp), el pintor (Vincent Van Gogh) y el experto en videojuegos (mi hijo Leonardo), es decir que está más emparentado con el arte que con formularios.

Para escribir deben respetarse lineamientos ortográficos pero nada más, dándole mayor importancia al fondo y las formas. Es decir que, respetando la información, el estilo para redactar trabaja en relación directa con el resultado. Siempre va a ser más atractivo el texto que comienza con una frase fuerte, como las buenas novelas, que respondiendo las cinco preguntas del Apocalipsis como si se tratase de un formulario burocrático. Esto, al menos, en el periodismo moderno e inmediato, aquél que te lleva a hacer una bola de papel con el boletín para practicar tus encestes a la Kareem Abdul-Jabar con el bote de basura.

El periodismo es un arte que viene en la sangre, que late al ritmo de las pulsaciones y la presión arterial, y que funciona en base a cuestiones más bien subjetivas, como el humor, el interés, la curiosidad, la cultura y la obsesión del escritor. El escritor debe tener, para él y para su medio, la lealtad del mercenario. En el momento que redactas una línea eres escritor, ya después se verá si eres un buen o mal escritor (así sólo escribas una carta de amor, o una disculpa a tu madre porque quebraste un jarrón de la dinastía Ming mientras emulabas a Maradona en la sala de tu casa), pero no debes ser un mal conducto. La idea está echada, lo interesante es saber cobijarla con datos, diseñarla y después, como una obra de arte, exponerla, y eso no se logra con fórmulas preestablecidas. Por otra parte, como en una obra de arte, la crítica contra el periodismo sobra. Sólo los necios critican algo que brotó de la inspiración y las ideas de un artista, porque, precisamente, vienen de la entraña. El periodismo solamente se critica cuando viene prediseñado e impulsado por una línea dictada por el medio o los patrocinadores, llámense privados o políticos, que conlleva una intención y una finalidad. O bien, cuando, quien escribe, aún comunicando la idea, brinda un formato cuadrado, que no impone y se estrecha en el oficio: porque no es lo mismo fabricar en serie que ser un artesano o un artista.

Por ende, no es posible comparar a un Manuel Buendía (más mártir que excelente periodista) con un Juan Villoro o un Herman Bellinghausen. Incluso en fuentes más frías y numéricas como Economía y Finanzas, hay ejemplos de estilo, crudeza, sencillez e impacto como los que logra un Enrique Galván Ochoa. Como tampoco es posible equiparar a Mario de la Reguera con un viejo lobo como Víctor Roura. O un Ciro Gómez Leyva con un tipo como Javier Solórzano.

El escritor debe adecuarse a las épocas en las que travesea, porque la velocidad de respuesta debe ser acorde con la manera como la información gotea, a ritmo veloz. Si analizamos películas como Todos los Hombres del Presidente, y casos como el de Watergate, podremos darnos cuenta de los tiempos, cuando la investigación era más aletargada, y el impacto, y por ende las consecuencias, tardaban más en llegar. Pero si nos tiramos de cabeza en el Iberogate, que dio pie a la formación del devaluado movimiento #YoSoy132, confirmaremos que la respuesta debe ser inmediata, porque, gracias a las nuevas herramientas, el lector se adelanta y es el primero en liberar la nota. Un derrotero en el que, las fórmulas, sobran.

Ahora, el nuevo periodismo no está peleado con la ética, no obstante, dicha virtud (o bien obligación), en un buen escritor, debe ser innata, parte de su ADN, se le da por hecho, así que no se trata de hablar de ella como del elefante en la habitación.


Quizás algunos de los ejemplos que he vertido como periodistas modelo (que no indispensables o determinantes para todos) no sean del agrado de la mayoría, sin embargo, es evidente que existen diferencias entre ellos y sus comparaciones, porque estamos hablando de estilo, precisión y trascendencia. Como en el gusto musical, cada uno tendrá a sus preferidos. En mi caso, que estudié Sociología y no periodismo, puedo citar a aquellos periodistas, escritores, amigos y colegas que me enseñaron más leyéndolos, quizás conversando con algunos en los 19 años que tengo publicando, y trabajando directamente con otros: Lester Bangs (Creem Magazine), Ben Fong Torres (Rolling Stone), Juan Villoro, Jordi Soler, Tom Wolfe, José Ramón Fernández (con quien compartí mesa de diálogo en la Universidad Iberoamericana), Julio Hernández (que amablemente corregía mi columna A Títere Personal… vía e-mail), Víctor Roura, Vladimir Hernández, Rodolfo Rojas-Zea, Rose Mary Espinosa (entrañable), Carlos Monsiváis, Paco Ignacio Taibo II, Raquel Peguero, Roberto Marmolejo, Josu Landa, Eduardo Langagne, Mario González Suárez, Amílcar Salazar, Carlos Perzábal, Daniela Tarazona, Víctor Cabrera, Karina Cabrera, Fernando de León, Eddy Govea, José Israel Carranza, Gonzalo Soltero y, recientemente, Alejandro Cárdenas, Felipe Morales, Marcela Vargas (Gatopardo) y, sobre todo, mis mentoras Olimpia Velasco y Rosalinda Palomeque, diestras ellas dos desde la primera coma hasta la manera de editar un texto sin quedarte ciego y, sobre todo, que me enseñaron a trabajar con el tiempo encima para, en estas épocas de velocidad y fascismo periodístico, ganar la nota y botarla, pasada por el botellazo de champaña, como una barcaza recién inaugurada al oleaje de los lectores, para surfear en la marea del hipertexto.

¿Por qué el periodismo gandalla? Porque esa es nuestra función. Así que la cuadratura de las fórmulas caducas del añejo y triste manual de periodismo de Carlos Marín fallece en este milenio ante el impacto repentino y fugaz de la nueva realidad.  

(Coyoacán, 2013)

domingo, 2 de junio de 2013

La belleza de un capricho: Leo leyendo la realidad



La concatenación de los últimos días me llevó a dar un giro inesperado, un golpe de timón, o quizás, mejor dicho, un volantazo de borracho.

La idea comenzó marcándose a fuego en el departamento de los pendientes, y después de dicha concatenación, se insertó en el cajón de las urgencias, capitaneándolas a todas. 


La última vez que fui al Desierto de los Leones fue hace doce años, en compañía de quien yo entonces imaginaba que sería la mujer que me acompañaría el resto de mi vida. [Coloque usted aquí cualquier frase hecha referente al destino] Y por una razón que aún no logro ubicar, de pronto sentí que aquel sitio era perfecto para arrancar a mi hijo Leo de las fauces de la modernidad y darle unos brochazos de naturaleza. Tengo la impresión de que es un paso obligado en la carrera de cualquier buen padre. El mío lo padeció también. Pero la idea era tener una verdadera aventura, no subir a un automóvil y recorrer esa carretera de puras cimas entre casonas de ricachones vetustos y mansiones que son epítome de la narcocultura, así como casas de seguridad para secuestros, mientras escuchamos la radio o algún disco compacto con los éxitos del momento: eso no es una aventura. Y quizás las aventuras en cierta zona de confort son inútiles, pero, sin duda, “son las cosas inútiles las que hacen la vida” (Jordi Soler, dixit), así es que mi hijo y yo comenzamos el recorrido en una estación del metro y concluimos ante la fachada del convento de los cuatro perpetuos perennes (sic). 

Armados con nada más que dos gorras, un teléfono celular (que resultaría inútil), 300 pesos, bloqueador solar y dos botellitas de agua, Leo “el pintor” Vargas y yo viajamos más de una hora en un camión RTP, mientras observábamos no sólo cómo íbamos dejando la ciudad atrás, sino también debajo de nosotros. “Qué grande y bonita se ve la ciudad desde aquí”, dijo mi bien entrenado vástago chilango. En el título del texto no hay un error, porque uno de los motivos ocultos que me movieron a realizar tan disparatado viaje era que Leo “leyera” un poco de realidad, misma que se manifestó con el primer vendedor ambulante del tipo “no vengo a decirles que acabo de salir de un anexo” que subió al camión para vender paletas. 

-¿Qué opinas? –le pregunté al “pintor”.
-Pues que está bien, de alguna forma el hombre tiene que mantenerse –dijo alzando los hombros.

No hay sorpresas, es una respuesta del tipo que me daría cualquiera de mis amigos con más de un libro al año.

Lo verdaderamente exótico comenzó al llegar al pueblo de Santa Rosa. El conductor del autobús, atendiendo mi petición, me dijo: “Desde aquí salen los taxis al convento”. Yo no veía ninguno, y comencé a sentir que esta aventura estaba saliéndose, humildemente, de la zona de confort. Nos bajamos, ¡y cómo no!, porque a saber dónde pararía el autobús, en una de esas postales que uno ve pasar por la ventanilla cuando viaja seguro en su propio automóvil.

-¿Y ora?
-Pues busquemos el taxi, papá.

El autobús, nuestra mínima y precaria zona de confort se alejó levantando oleadas de polvo, y yo me sentí, con mi hijo de la mano, abandonado en la calle principal de Yuma City, a mitad de un duelo entre vaqueros y, para colmo, estorbando a los duelistas. De pronto desde un vocho verde, quizás parte de la camada de prototipos que maravilló al mismo Hitler cuando mandó a hacer el escarabajo, y que parecía haber sido recientemente masticado y escupido, salió una voz meliflua que decía: “Yo los llevo al convento por 60 pesos”.

-¿Ya ves?, ya agarramos taxi –dijo el pintor con una seguridad que rayaba en la sangre fría y anduvo hacia el armatoste que, ya en el camino, parecía que iba a desarmarse exclusivamente cada vez que el conductor metía el embrague.

Quise preguntarle al pintorcillo si estaba seguro de su atrevimiento, decirle que tanto arrojo me parecía imprudente, pero más imprudente hubiese sido echarle diques a la aventura para cruzar el río con tranquilidad.

El conductor era de lo más amable: “Aquí nací, gracias a Dios, y aquí me muero, soy producto 100% santarroseño”, y luego se lanzó con una seguidilla de anécdotas interesantísimas sobre el lugar, nos enseñó la fastuosa casa que perteneció a Lola Beltrán, y nos relató cómo Diego Verdaguer y Juan Gabriel compran sus viandas en las tiendas del pueblo. El tipo presumía su maestría para conducir, platicar, meter las velocidades y comerse un chocorrol al mismo tiempo, sin ponerle riesgo al trayecto. Todo un guía turístico.

Ya en el convento, pagamos 11 pesos por coco para entrar y lo primero que hicimos fue buscar el baño para escanciar el producto de nuestra paciencia, porque la petición renal era impositiva.

De camino, Leo preguntó: “¿Aquí ya no hay monjes, verdad?”
-No –le digo de mingitorio a mingitorio–, ahora sólo es sitio turístico.

Mientras exprimíamos los grifos para intentar lavarnos las manos, la sonrisa de emoción del pintor dio un vuelco y se convirtió en una mueca de pánico controlado porque detrás de nosotros, esperando lavarse las manos, estaba un monje descubierto, de casi 1.90 metros, con corte de taza y todo el hábito, aguardando con paciencia para lavarse sus sacrosantas manos. La otra cosa peor era que no había papel para secarse.

-Nos hubiéramos secado en su batón –dijo el Leo, con simpática fiereza, mientras trataba de digerir el susto.

El recorrido fue fantástico, pillamos una visita guiada y para poder entrar en los pasadizos tuvimos que comprar, por 20 pesos, una linternilla tan guanga que su haz de luz no alcanzaba las paredes. Entonces me di cuenta que tras los pasajes, el taxi, los chocorroles, el agua y la linternilla nuestras finanzas iban mermando. Pero no sólo eso, sino que la guía turística, menos hábil que nuestro chofer, nos dejó al amparo de un crío de unos cinco años con lámpara y un colmillo retorcido, pero que no levantaba ni un metro de estatura, que sería nuestro guía en semejante laberinto tan negro como el pasado de todos nosotros. Dentro de todo, fue divertido. El pintor, inclusive, se enfrascó en una discusión con tres chicas pubertas que jugaban al miedo, señalándoles que “sus chistes no tienen nada de gracioso, ya maduren”.

Después de comer quesadillas descendimos hacia el río, y en el trayecto, Leo se topó con otro grado de realidad. Junto a las escaleras reposaban dos cruces, una de una persona mayor, de unos 60 años, y otra de una niña de apenas dos años de edad, que había fallecido en ese sitio. Las matemáticas de mi hijo fueron efectivas: “¡Era una bebé! ¿Qué le habrá pasado?”, comentó y no supe qué decirle, creí que el silencio era más elocuente, pero éste aterrizó sobre nosotros con la placidez y la paciencia con que el buitre se posa en el hombro del moribundo. Conjeturamos:

-Quizás se ahogó –dije.
-No, la cruz estaría junto al río o en la cascada. Pero está en las escaleras, entonces se le habrá caído a su madre de los brazos y rodó escaleras abajo –de nuevo la sangre fría.

“Este tipo debería ser escritor”, pensé. Después: “Escritor, científico (quiere ser científico) y pintor… Vaya manera de darle poder de vaticinio al momento de escoger nombre para tu hijo”.

Para sacudirnos al buitre, organizamos una carrera hacia arriba en una pendiente del cerro que consideramos, dadas nuestras edades: uno muy joven y el otro viejo, que sería menos difícil (error de mi parte, porque ¡estaba bastante empinada y agreste!). Leo, poco hábil gracias al acoso de la tecnología, al principio tuvo problemas para enganchar en las rocas, salientes, tierra suelta y raíces de árboles y comencé a ganar terreno, pero para cuando llegamos al primer claro, el tipo pasó vuelto una exhalación, un conspicuo pedo cósmico, demostrando gran adaptación, y me dejó atrás, a mí, su padre, que apenas jalaba oxígeno para respirar y decirle que lo tomara con calma. Era un pequeño cachorro de Leo-pardo trepando como si en eso se le fuera la vida, lanzando brazos y tirando zancadas como un dragón de Komodo, risa y risa, porque quizás descubrió que comenzaba a ganarle a su viejo. Dos claros después frené. “¡Ya estuvo, no la jodas, compadre!”, le grité. “¡Uno más!”, decía tan fresco y risueño como un cervatillo, devorando terreno (de ahí el místico poder de las quesadillas hechas con harina azul) en la mayor conquista de su vida. Ahí tirado me quedé, viéndolo trepar, imaginando cómo sus músculos y tendones volvían a la vida, dejando atrás el sofá, la cama, el pupitre, los juegos de video, la televisión; pensando en sus pulmones filtrando la toxicidad de esa ciudad que tanto le gusta, inhalando y exhalando, hinchándose como las gaitas del Batallón de San Patricio.   

Ya en tierra, a la orilla del río, tendidos, guardamos silencio para escuchar la voz del agua que susurra mientras corre y pule las piedras.

-¿Todos los ríos del mundo están conectados, papá?
-Todos.
-Entonces, el agua, hasta dónde llega.
-Sepa.
-Le da la vuelta al mundo, yo creo. (Silencio) Gracias por traerme, pá –dijo y me besó la frente.

Después hicimos patitos con rocas, fuimos a ver los gansos y el pintorcillo me preguntó:

-¿Qué haces cuando no nos vemos?
-Salgo, voy a muchos sitios, me gusta conocer lugares y gente nueva.
-¿Eso es importante?
-Mucho.
-Más que el dinero, ¿verdad?
-Más, hijo, mucho más.
-Yo quiero ser como tú.

Después observamos un ejemplo de la naturaleza: en el río, una lombriz luchaba por zafarse de una araña de agua que la tenía aprisionada. Se contorsionaba dentro del agua, se hacía nudos y se recomponía con una maestría asombrosa para librarse de su captora.

-Ayúdala –me dijo.
-No –dije yo–, sería entrometernos en el orden de las cosas.
-Qué me importa –dijo y metió un palito para sacar a la lombriz, yo observando con un nudo en el estómago, por el asco, hasta que la araña se cayó… ¿Su final? El Leo la pisó–. Cabrona –susurró.

Ahí, entre la naturaleza, mi hijo y yo nos reconectamos. Viajes, enfermedades, compromisos no nos habían permitido vernos en casi un mes, pero todo fluyó.

-Tú y yo siempre seremos uno –le dije.
-Mejores amigos, papá. Siempre.

De vuelta, en el camión, mi mejor amigo se durmió en mi regazo, agotado, contento, con su arco y flecha que compramos y que atesoraba durante su sueño como si se tratara de un oso de felpa. Supe entonces que ese objeto inútil sería una representación mía, y que cada vez que lanzara una flecha al cielo, o al muro, o al gato, se acordaría no de mí sino de ese viaje que lo hizo uno con la tierra, y que sirvió para darle otro rostro a ese universo paralelo que vivimos juntos.

(México, 2013)

miércoles, 27 de febrero de 2013

El violín y la Picalica Moulinex


La llamada de mi amiga llegó en el mejor momento. Justo me encontraba en la vena crítica. Ella confía en mí, porque no me conoce. Entiende que soy un cabrón ocioso, multitask en temáticas poco comunes, y bastante atrevido como para brindar mi opinión sin ningún sesgo. Soy cabrón, y lo sabe. Pero no conoce mi lado oscuro; no sabe, por ejemplo, que por mucho que esté al tanto de muchas cosas, lo que no me gusta me resulta no sólo poco agradable sino detestable, y cuando pasa por el tamiz de mi juicio, queda como el cadáver de un mandril después de ser tratado con una Picalica Moulinex.
    -Te necesito –dijo–, la idea es que me acompañes a dos sitios y me des tu opinión sobre dos niños que me pretenden.
    Vaya. Continuó:
    -Son completamente distintos y cada uno me invitó, el mismo día, pero a diferente hora, a verlos tocar.
    -¿Son músicos?
    -Uno de ellos sí, el otro hace música electrónica.
    -Entonces los dos son músicos.
    -No, pero…
    -Pero nada. Aquél que crea música electrónica es tan músico, y quizás más, que el que toma una guitarra y compone unos acordes.
    -Violín.
    Madre mía.
    -Vamos pues.
    En el trayecto me confesó que en realidad salía con Mr. Violín, nada formal, y que Mr. Electro andaba apuntado, y ella consideraba la posibilidad de descansar al autóctono.
    -Ambos piensan muy diferente. Uno es más bien relajado, vive para su música, y el otro es como tú, hace muchas cosas, es más progresista, clavado en la tecnología pero sin obsesionarse, ¿sabes?, tiene un halo interesante, más violento, más inmediato y nada elemental. Me atrae, pero no sé.
    Evidentemente.

Mr. Violín

Teatro al aire libre. El público más bien orientado hacia las posibilidades de un reencuentro con lo prehispánico, huestes que se visten de blanco el 1 de mayo para ir a recibir la energía del sol (y un cáncer de piel bonito) en cualquier zona prehispánica que se les ocurra. Justo el tipo de gente detestable que, con gusto, coloco en la Picalica. Esa masa que, sedentaria, espera que el tiempo vuelva y los coloque en el centro de Teotihuacán en plena vendimia. Comencé a sentir cierto escozor.
    Un tipo, cuyo estatus indígena es tan similar al de un austriaco, toma el escenario y lee un poema en náhuatl que la gente recibe como si el mismo John Lennon acabase de resucitar en pleno proscenio. Después sube un grupo de danzantes concheros que ataca con una danza bien coreografiada, encienden incienso y copal, y la gente estática, redescubriendo eso que ni por asomo entienden. El asiento de roca me muerde el culo. Estoy incómodo, me muevo, busco una posición cómoda, pero no estoy en trance. Pienso: “Estos cabrones están tan hipnotizados que podrían estar desnudos y sentados en un cactus sin sentir los pinchazos”. El maestro de ceremonias es un lavacerebros de prosapia, de la talla de un pastor en un templo de Texas. Qué barato es todo esto. El tipo sabe lo que hace. Para cuando entra la marimba jarocha me animo un poco, pero les dan poco tiempo. Entonces anuncian a Mr. Violín que aparece con el cabello engominado, ropa de manta y huaraches, cara de imbécil, enarbolando un violín, en efecto, y lo anuncian como el mago del instrumento, “un músico que ha tocado con gente de la talla de… bla, bla, bla”. Nada relevante. Oh, por dio5. Ataca el violín con enjundia, se lanza con la prestancia de Benito Bodoque cuando hace playback con el disco de Lazlo Lozla con el que el oficial Matute está impactado. Detrás de él se arranca un grupo de zombies similares, aturdiendo. La actuación es de pena ajena. Lacrimosa pero en reversa. Mis oídos lloran, pero la masa está impactada. “Lo único rescatable es que el ‘concierto’ ha sido gratis”, pienso. Atestiguo la decadencia del pueblo, atascados en una escala del tiempo que se mantiene flotando, indiferente al progreso, en todo sentido. “Entonces estos cabrones son el lastre de la nación”, asevero en mi cabeza. Quiero largarme, abortar el proyecto. Nada, debo tolerar hasta que el tipo termina de torturar mis oídos como si su violín fuese un arma de castigo medieval. Al mismo tiempo pienso en la manera como podría "trabajar" los dedos del violinista insufrible, con un soplete.
    Nos vamos. A pesar de estar al aire libre necesito oxígeno. Algo más electrónico. Soy enemigo del unplugged, clamo, pero nadie me escucha.

Mr. Electro
Devoramos Paseo de la Reforma, mientras la noche tiende su reino. Las luces, el tránsito, los claxonazos me calman. Estacionamos y caminamos hacia La Estela de Luz. Me impresiona su figura, un monolito seductor, sus luces suben y bajan en secuencia, como si se tratase del pulso de la ciudad. Es un monolito dormido. Debajo, en el pozo, se yergue un escenario colmado de luces, y sitio para uno. Los cables brotan por todas partes. La gente comenta, se comunica vía la inmediatez de las redes sociales, respiran con pausa, pero por dentro los bits y los microchips los mantienen vivos. Encuentro caras conocidas y mi amiga se sorprende.
    -No sabía que te movieras en estos ambientes –dice.
    Pongo los ojos en blanco.
    Esperamos en un acceso y un sujeto se acerca, me saluda con ese invento de manos que tenemos. Me entrega dos gafetes para estar cerca del escenario. Mi amiga dice que desde ahí se ve bien.
    -Oh, el DJ ya los ha visto y me ha enviado con los gafetes –dice el sujeto.
    El sitio revienta de gente. Avanzamos y el DJ, viejo conocido, baja y, caballeroso, saluda primero a mi amiga, después a mí.
    -Tanto tiempo, loco.
    -Ya ves.
    -¿Se conocen?
    -Efectivamente.
    Diez minutos después las luces se apagan, la Estela de Luz es tragada por la oscuridad. Al ritmo de los beats, luces y Estela comienzan a pulsar siguiendo la música que DJ Selektor programa en vivo. La encadena. La gente salta, se mueve en su propio sitio. Se siente el golpe del bajo en la piel, la tela de nuestras ropas vibra. Nadie más que él en el escenario. Conmueve. Salta, baila al ritmo de la música, anima a la gente con las manos en alto, forma un corazón con sus dedos y nos lo ofrece.
    -Observa –le digo y la obligo a mirar a la gente.
    Es una sola persona repetida por miles de espejos. La conexión es inmediata. Las luces nos cobijan.
    Ella está sorprendida, pero no da crédito.
    -¿Has leído a William Gibson? –le pregunto.
    -No.
    -Esto es el futuro –le digo y guardo silencio, quiero disfrutar de la música, las luces, el ambiente de comunidad, tangible, real, tocable. 
    Ella no dice nada, está confundida. Sabe cuál será mi decisión.
    Me despido. Es mejor dejarla sola para que considere su propio juicio. Antes de irme garrapateo algo en un papel y se lo entrego, luego desaparezco entre la gente y me interno en el subterráneo, es tiempo de ir a casa, esto lo he visto muchas veces.
    Creo que avanzo unos pasos cuando ella lee el mensaje:
    “Tu rutina será muy cómoda, pero te resta como ser humano… Por eso es mejor matarla”. Al pie dibujo un revólver.
    No obstante, ya sé cuál será su decisión. Y ese es su problema. 

(Coyoacán, 2013)



sábado, 23 de febrero de 2013

Intersecciones: Conversaciones de Ella con Cupido



Twitter

@Ella
A veces no te entiendo @Cupido

@Cupido
Ya me entenderás @Ella #Confía

@Ella
Sale @Cupido #ChidoDía



FIN

Intersecciones: Cartas de Ella



Cartas

Y es que no sé bien qué decirte. Digo, me pongo nerviosa. Es demasiado, da demasiado. Aunque a veces creo que quiere que le diga que lo quiero, pero aún no es tiempo, ¿sabes? Pero no puedo decirte que no estoy cerca de quererlo. Me gusta que me regañe cuando digo groserías. Eso es tierno, él procura no decirlas, al menos no frente a mí. Me gusta, sí. Es listo, inteligente, culto, sabe tratarme, pero se desboca, ¿sabes? O no sé, quizás no lo entiendo lo suficiente. Quizás no me fijo que las atenciones son parte de su personalidad. ¿Será así con todas? Naaaaa, no creo. A veces nos hablamos en plural, y es cuando no sé bien si la que se desboca soy yo. A veces no sé si sea merecedora de su cariño y sus atenciones. Es un tierno cabroncito. =P

Ella.

Intersecciones: Conversación en Twitter con Cupido



Conversación encontrada por accidente en la red social Twitter

@Btxo
Qué chistoso cabrón eres @Cupido te tomas demasiadas atribuciones #14DeFebreroApesta

@Cupido
Como dice @lalupitarock @Btxo jajaja qué risa me da :P

@Btxo
Más a mí @Cupido porque yo no uso pañales #CupidoLaCaga

[Y después de Puebla:]

@Btxo
Mil disculpas @Cupido te la bañaste, gracias bro #CuándoUnasChelas XD

@Cupido
#Quiobo

[Y después del último viernes:]

@Cupido
@Btxo eres un pendejo #NadieMásIdiota #LaCagas ¬¬

@Btxo
@Cupido ¡vete al diablo! ¬¬

Intersecciones: Carta al destino



Cartas

México D.F. cualquier día, 2013, año de nuestro patriarca Masiosare

Apreciable señor Destino…

Le escribo con gusto pero también un poco enfadado, ya que su proceder me parece de lo más inapropiado. De más está advertirle que pondré mi queja directamente en el cepo del Departamento de Asuntos Mágicos, dirigida al señor Secretario Fabricio Marmaduke, ya que su ocurrencia no me ha traído más que sinsabores, sobre todo tomando en cuenta que mi pedido especial llegó, en forma de una mujer, ciertamente apreciable y atractiva visual y mentalmente, casi 40 años tarde. ¡No me joda! ¿Acaso cree usted que tenemos 40 años para experimentaciones? ¿Luego qué? Digo, si Oscar Pistorius salió bajo fianza después de balacear a su novia, me parece indecente que yo deba sufrir de más a causa de los malos manejos dentro de su departamento. Porque, claro, seguramente quienes gozan de influencias recibieron su pedido a tiempo. De nada sirvieron las monjas, ni los caprichos ni lisonjas que tuvo a granel, junto con docenas de veladoras encendidas como lucecitas de esperanza, dilapidando tiempo, dinero y esfuerzo, amén de exorbitantes cuentas por la terapia psicológica. ¿No se da cuenta que si en su departamento se hicieran las cosas como se debe, para variar, la tasa de divorcios y separaciones sería más baja? No la chingues, compadre. De veras, qué mala leche. Lo peor es que uno ya está cansado, ya tiene uno achaques, y no estamos ya como para preguntarle a la susodicha si va a la iglesia o viene de buena familia. Es como si me hicieran debutar en Primera División a los 38 años, ¡qué papelón! Caramba, hay que entrarle en el acto y así, sin calentar, pues uno sale lesionado, más respeto por mis canas, ¡no mame!, ya está uno a media estocada como para entrarle a los maratones. No hay que ser. Lo único que puedo reconocerle es que el pedido viene completo, tal y como se anotó en la factura FC-DESTINO-01-09-1977. Sin más por el momento, patento mi queja pidiéndole que vaya a XXXXXX a su santa progenitora. Hasta luego.

Yo

PD – Cancele mi cuenta con ustedes.