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jueves, 9 de junio de 2016

Yo (ya no) quiero mi MTV

Desde que fue posible bajar las canciones a la computadora y después integrarlas en un dispositivo para reproducir archivos MP3, la industria de las compañías discográficas se fue al carajo. Wow, cuánta verdad la de este tío, dirán con sorna…, pero lo cierto es que la mayoría no advierte lo que sucedió detrás de sus costumbres. Siempre es bonito e interesante repasar los momentos del pasado próximo y advertir nuestros niveles de responsabilidad.

Cuando era analista musical 100 por ciento me preguntaba por qué existían cronistas tan malos, y revistas peores, realizando críticas positivas de grupos francamente deleznables como Aterciopelados o Jarabe de Palo, y deduje que la culpa no la tenían los escritores sino quienes los leían y les otorgaban cierta credibilidad sin detenerse a pensar en los favores secretos que aquéllos recibían de las disqueras.

A mí nadie me regaló nada. Alguna vez, durante una cena en mi casa en compañía de otros periodistas, alguno me preguntó por qué sólo tenía en un mueble apenas 150 o 200 discos. “Porque yo los compro, no me los regalan”, dije y era verdad. Lo que no dije era que el disco duro de mi computadora albergaba cerca de tres mil 500 canciones elegidas por mí mismo. Esto equivalía a cerca de 350 discos más con puras canciones que me gustaban, es decir que yo opté por dejar de lado la paja. Esto a su vez equivalía a casi 53 mil minutos de tiempo invertido para su descarga si tomamos en cuenta que Napster se tardaba casi 15 minutos para una canción a la velocidad que entonces permitía Prodigy. Hoy me tardo menos de un minuto en descargar tres canciones al mismo tiempo y ya he perdido la cuenta de la cantidad de archivos MP3 que componen mi bagaje musical. Todo puede resumirse en una frase: “Yo no pido, yo arrebato”.


Hace unos minutos, mientras dilapidaba tiempo vital en ese ejercicio terapéutico llamado zapping me detuve en MTV y me di cuenta de que hacía años que no le ponía atención a ese otrora santuario para los amantes de la música. En la escena a cuadro un chico y una chica brasileños recostados en una cama susurran un complot contra otra chica, se trataba de un reality show. Avancé la programación y advertí que no había un solo espacio dedicado a la proyección de videos y me entró un poco de nostalgia; sólo un poco. Me pregunté qué había sido de aquellos programas de música alternativa (¡válgame Dios con el término!) que en viejas épocas me mostraba videos de The Lightning Seeds, The Sundays, Belly o The Charlatans UK. Lo extraño fue mi reacción inmediata, plagada de frialdad. Vine a la computadora, abrí Youtube y vi un video de Belly, así de sencillo.

Cuando la gente de mi generación se queja del cambio tan radical que experimentó MTV al dejar de programar videos pienso que los más jóvenes no tienen ni idea de lo que alguna vez fue Music Television. Ahí está VH1, convertido en una especie de “620, la música que llegó para quedarse”, pero le falta esa sensación de conquista que brotaba cuando, armados con lápiz y papel, copiábamos el nombre de la canción, la banda y el disco que aparecían en el súper que acompañaba al video al principio y al final.


Así es que hoy me pregunto, en descargo de las críticas que los millennials nos recetan a los más viejos aparentemente menos tecnológicos: ¿es necesario que MTV retome su concepto original? Posiblemente no. ¿Para qué? Para qué si tenemos la información a la mano.

No obstante, los viejos tenemos una ventaja, y es que vivimos la historia.

Apenas hice una pregunta en mi muro de Facebook sobre la primera canción que bajamos en Napster y mi muy querido amigo Eduar Dola salió con un chiste muy negro: “Una de Metallica”. ¿Por qué es curioso para otros y no para nosotros? Porque nosotros conocemos la historia. Es decir que mi generación no pide ni espera, arrebata.

B7XO


martes, 17 de mayo de 2016

The boy is back in town… (o cómo volví a escribir de rock)

La mayoría de las personas que me conocen bien, colegas y no, familia y no, recuerdan que uno de los motivos por los que dejé la fuente de música y cultura en dos importantes medios escritos, Rock Stage y el diario El Universal, fue la pérdida de la emoción.

Extravié las ganas en un press junket con Moderatto. Me dijeron que era necesario entrevistarlos porque, en ese momento, se trataba de la banda de rock más importante de México; todo esto 10 años atrás. La alternativa era Zoé y tampoco me provocaba mucho aliento a pesar de que últimamente los he ido perdonando poco a poco (a Zoé, no a los travestis). En fin que ya todos conocen la historia.


Aproveché la coyuntura de semejante huida para dedicar mi atención y mis letras a la beca Jóvenes Creadores que me otorgó el Fonca y a hacer ensayo, literatura y reseñas de libros en revistas como Rompan Filas, Magis y Luvina al lado de escritores como Josu Landa, Israel Carranza, Rogelio Villarreal, Andrés de Luna, Enrique Serna, José Luis Rivas, Fernando de León y Daniela Tarazona, entre otros. Ocasionalmente, aunque cada vez menos, echaba una ojeada a lo que había ido dejando atrás y no lamentaba mi decisión.

El estancamiento de la música popular mexicana y el sonsonete repetitivo de lo que sonaba en el resto del mundo no eran alicientes. Prefería el ritmo de la prosa que, en todo caso, es más aleatorio, enriquecedor y sorprendente. En un par de ocasiones viejos compañeros me invitaron a ejercitar el músculo pero para mí era más como salir a cascarear un rato con mis amigos y después volver a casa a la hora de cenar. De igual manera estaba recién casado y debutaba como padre, así que mi vida necesitaba un estilo de vida menos invasivo.

En realidad era feliz. No obstante, tal y como me sucedió en la fuente de rock, no pude mantener un bajo perfil y comenzaron las presiones por editar un libro, una acción engorrosa que requería mucho entusiasmo y confrontar decisiones ajenas y, sobre todo, bregar al parejo de los “padrinos” si se trataba de abultar el índice de editoriales respetables. Por ello me mudé a la fuente de ciencia y salud y más aún, porque ayudar a las personas significó más que ver mi nombre en la tapa de un libro.

Hace tiempo, en un festival de rock, me encontré con un ex colega (hoy colega de nuevo), quien me instó a volver después de leer en mi blog una pequeña y escueta reseña al disco más reciente de New Order. Le dije que lo pensaría. Días después tres grandes amigos, viejos lectores de Rock Stage, necearon con lo mismo: “Hace falta que lo hagas más seguido”, dijeron como si se hubiesen puesto de acuerdo. Como si el mundo fuese un cubo Rubik, al que una mano anónima le acomoda los colores, recibí un par de invitaciones para escribir en medios especializados. Lo intenté pero la emoción no cooperaba. Me sentía mecánico aunque no había perdido el toque y eso se vislumbraba cuando me tomaba en serio la producción y conducción de mi programa de radio Miscelánea Buñuel.

Y pensaba que, en realidad, la actualidad de la fuente, a pesar de sentirme atraído por el nuevo (ya ni tanto) sonido de la música avanzada nacional, no empataba con mi estilo ni mis intenciones. Más aún, había quienes me criticaban por preferir el sonido de, digamos, Disco Ruido o Camilo Séptimo, olvidando a vacas “sagradas” como cualquier banda de rock para adulto contemporáneo. ¿Qué le hacemos si es lo que escucho?, pensé.

Hace unos días recibí la invitación de Karina Cabrera, una gran amiga quien, sin rodeos, me dijo: “Realmente me vendría bien que te sumes a las filas de Rock 101”. Afortunadamente no tengo deudas con nadie, así que mi retorno, en caso de consumarse, sería honesto, más aun tomando en cuenta algunas decisiones personales que he ido anexando a mi presente inmediato (no, no es pleonasmo).

La ventaja de las colaboraciones es que no te anclas con nada ni con nadie más allá de tus propias pulsiones y esa vecindad mental habitada por tus demonios y tus amigos imaginarios. Total, nada cambia y seguiré siendo el mismo.

Pero no se asusten, porque el ego y la frialdad y la imparcialidad y la guillotina afilada, así como lo cáustico de mi análisis, siguen intactos.

Todos tenemos un gurú secreto y, el mío hoy, después de firmar el traspaso, me dijo: “Vas, enséñales”. Es menester señalar que tal gurú fue uno de mis penúltimos músicos entrevistados.

Así que nos leemos pronto.

Btxo, Coyoacán 2016



domingo, 24 de mayo de 2015

Inmenso hipocampo asalta el Zócalo del DF

Un beat arranca con una bestialidad sabrosa y comienzo a saltar para armar un pogo orgásmico… Nadie más lo hace y Mónica Aire carcajea… “Te hubieras visto”, me dice. Son las ganas, el ansia de poder escuchar a Hello Seahorse! con un buen PA…

 
Foto: Btxo



Hace unos meses, en un bar de la Colonia Condesa, me invitaron a ver a los HS! en un showcase bastante íntimo. Aquella noche estuve cerca del buen Oro de Neta para atisbar, así como el vecinito chismoso, la cantidad de juguetes con los que sube a escena. Sublimes.


Pero esta noche en el Zócalo de la CDMX, después del beat fantasma, me calmo y recompongo la pose cool. No obstante, dentro, algo late… Siento que quiero parir un hipocampo… Guardo las emociones pero la realidad es que la ansiedad me mastica como una bacteria carnívora. No es sólo que esté con Mónica Aire y quiera verla bailar (mi vicio), o que espere las secuencias intricadas de Oro de Neta, o la potencia y maleabilidad vocal de Lo Blondo (en México nadie hace lo que ella con la voz), la hipnótica precisión de Bonnz! o los rasgueos épicos de Joe sino espero apreciar la conjugación de tanta joya.

Cuando la banda arranca aquello se envuelve en el capullo de esa madurez musical que les permite moldear sus tracks en una textura más electrónica y densa, pero no por ello carente de color, que por ósmosis va invadiendo organismos. Entre el público veo a los fieles fans de siempre, a nuevos adeptos, a madres y padres de familia que acompañan a sus vástagos y se dejan iluminar.
 
Foto: Btxo
Cuando No es que no te quiera y Bestia se entronan en el escenario tengo una epifanía: HS! es la banda más potente, imaginativa y elegante de México.

Su casa viene en capas. Capas y capas de sonidos y texturas que laten con vida propia; beats venenosos que impactan y se diluyen al entrar en contacto con la sensualidad de Lo Blondo.

En su música hay más de un detalle de finura. Suena a disco con esteroides: la precisión del estudio se recompone con un estallido de testosterona que invita a bailar, a saltar, a cabecear con riesgo de pegarle al de enfrente.

Las notas atacan al personal como un enjambre de abejas reinas que se internan en las venas. Las luces son lanzas con curare. Hay más de una lágrima, no por tristeza ni por nostalgia sino por ese efecto especial que HS! factura como factura una hermosa obra maestra.

Y más allá de la música, HS! te convence, después de una carretada de tracks, que si estás ahí es porque has hecho algo positivo en tu vida.  





Los ojos de Mónica Aire me absorben… Sonrisa… Como él me enseñó, aunque deshonre a mis principios…

No tengo voz para decirlo, por eso vengo y se los escribo…

(Btxo, 2015)

jueves, 16 de abril de 2015

La corbata no tiene la culpa

Entronizando la imagen es como nos volvemos menos susceptibles.

Una de las épocas que más disfruté en cuestión estética fue el grunge porque el culto al andrajo era liberador. Entonces tocaba la batería en una banda y mi primera camisa de franela a cuadros me la obsequió mi abuelo Luis (Papá Luis) después de chulearle esa joya textil que se había comprado durante un invierno de perros en Estados Unidos. 

“Llévatela”, me dijo, “que se te ve mejor a ti”. La ventaja de aquella estética era que podías subirte al escenario con lo que te pusiste en la mañana después de darte un baño (si te bañabas), en lugar de pedir tiempo fuera entre el sound check y la tocada para acicalarte como gato aburrido. Durante un tiempo, hablando de vanidad, lo único que hacía era retocarme el tinte rojo de las greñas.

Me aburrí del grunge cuando se murió Kurt Cobain. Pero no por decepción o por saber que todo terminaba sino porque en ese momento todo el mundo quiso vestirse como aquellos músicos de andrajo elemental.

Poco después el grupo se desbandaba y opté por recluirme en otro tipo de música. Música Avanzada, pues, que ya disfrutaba pero de la que no hacía mucha alharaca porque ya de por sí me tildaban de loco. La música, generalmente, te orienta por las cuestiones textiles, así es que, determinado a verme como Bryan Ferry, establecí un cambio de estilo que denotaba madurez: me corté el cabello, le dejé su color original (muy chulo, by the way), me hice de un par de sacos y pantalones de lona (casi todo en negro) y de un arsenal de camisas coloridas, la mayoría en seda, combinadas con un par de corbatas, una fucsia y otra azul pastel que pendían de mi cuello al estilo del oficinista inglés que ha terminado su jornada y busca una buena barra de bar para escuchar Avalon.


El problema, como siempre, es la gente. “La vida es bonita, lástima de la gente”, mienta mi amigo y hermano y gurú Roberto Marmolejo cada vez que puede; una frase que he tomado como dogma. Y es que en una fiesta a la que acudí con algunos de mis viejos compañeros de escenario, ya luciendo ese look extravagante para aquel círculo, me encontré con otro colega que, al verme sin las bermudas ni las camisetas de Pearl Jam ni los tenis de astronauta ni la camisa a cuadros ni el reloj de calculadora idéntico al de Eddie Vedder (lo único que me dejé fueron los aretes), apostó por un comentario típico: “Pareces microbusero”. En fin.

Las corbatas (bien llevadas) me parecen un signo de elegancia cuando no son impuestas por algún código de vestimenta sino por la decisión personal de un artista y no de un Godínez. Kraftwerk y algunos miembros de Ministry las utilizaban, y eran, desde mi universo, un símbolo de madurez musical y emocional provisto por mi gusto por el género New Romantic (Roxy Music, Psychedelic Furs, New Order, etcétera). Era lógico que para un fan de Shub Niggurath aquello fuera un oprobio. Quizás los detractores consideraban que al colocarme una corbata, con el mismo sentido que un arete, mis habilidades musicales parientes de la estridencia habían menguado y no era digno de ser considerado un “buen” músico.

Semanas después me entero que mi ex grupo, ya sin el requinto original, había conseguido baterista y juntos retomaban el camino del ander tocando en un andador de la colonia ante una audiencia respetable. Me invitaron. Acudí con mis fachas de entonces, de “microbusero”, diría el infecto, a presenciar cómo el nuevo baterista, que para colmo era novio de una ex, no podía llevar el ritmo ni con una pistola en la sien.

A la segunda rola mis ex cofrades me miraron con cara de náufragos para que les ayudara a rescatar ese barco que, sin remedio, se iba a pique.

En un lenguaje coloquial, les dije:
-EseNoEsMiPedoPorqueTuBatacoPuedeEnojarse.

Pero no. Resultó que el baterista era el más interesado en que tomara su lugar. Hasta las baquetas temblaban.

Literalmente me aflojé la corbata, tomé asiento tras la muralla de tambores y escuché a mi ex vocalista decir:

-Esto se llama: Territorial pissings.

La ropa no tuvo la culpa, porque el punk seguía intacto.


(Coyoacán, 2015)

sábado, 7 de agosto de 2010

Play that funky music, white boy…


Manejo. Es Coyoacán típico de sábado a media tarde. En el estéreo suena un disco de Rythms del Mundo, con una buena versión afroantillana de Runaway, de Del Shannon. Comienza a llover; no es muy intenso, en la calle la gente ni siquiera lo nota. Los semáforos se traban y no hay mucho movimiento. En otro momento forzaría la situación, buscaría un resquicio por donde escapar, pero… siempre llegas al mismo lugar. Y yo voy al mismo lugar de siempre, por eso no me emociono. Rutina pastosa. Crisis.

A mi derecha un muchacho me recuerda a mí en el siglo XX. Está de pie en una esquina, esperando. De sus orejas brotan dos cables conectados a una tabletita color blanco (en el siglo XX era un walkman Sony que, a lo más, tenía memorias y reinicio de casete, pero esa dobly/estéreo marcaba la diferencia) en donde busca canciones. Tiene facha de gustarle Zoé o algo por el estilo. En mi walkman sonaban Siouxsie and The Banshees, The Smiths, El Que Ríe al Último, Psicodencia, Ansia, Sangre Azteka (sí, con K), Los Necios, The Cure, Crista Galli. Hace poco vi a Crista Galli en canal 13; sonaban bien, a viejo baúl macizo, correoso, como deben sonar las bandas adultas. Actualmente todo suena a cristalería, pop muy fino –que no malo–, pero que carece de yesca: no prende. La música de hoy ya es sólo para pensar y escuchar. Antes tenías la oportunidad de divertirte. Los muchachos de hoy casi no bailan. Ligan vía mail, o FB, o Bluetooth, WiFi. Relaciones frías.

El muchacho parece haber hecho su elección y camina bailando. No sé qué escucha pero quiero creer que es Wild Cherry por la manera como se mueve. Me pregunto si sus amigos escucharán lo mismo. Tal vez me equivoqué y el tipo es un afectado por los gustos de papá. Tal vez a su madre le gustaban Wild Cherry o Funkadelic y a su padre Joan Báez. Entonces sí es como yo. ¿Bailará solo frente al espejo? ¿Tendrá una novia como yo entonces que se maravillaba porque su novio tocaba la batería en una banda de rock que ocasionalmente se daba tiempo para tocar un fonkito o un blusito? Qué divertido que era todo aquello. Lo que más recuerdo era la amistad de guerrilla que teníamos. Sin miramientos la mano tendida y no como ahora la mano que mete los dedos en el bolsillo ajeno. Las amistades de guerrilla están en desuso. Una premisa: jamás pelear entre amigos y siempre buscar el bienestar común. Afuera, en la calle, la familia es otra. Piel de concreto y sangre de diesel. Hoy no. El Playstation demuestra que los píxeles tienen la razón. Antes, el enemigo de uno era enemigo común. Las risas postguerra eran granadas contra el aburrimiento y combustible para el recuerdo. Antes no había soldados sin nombre; hoy, voces y rostros son prescindibles. Hoy resulta difícil que un muchacho se pregunte por qué los adultos tememos a las mariposas negras. Hoy pocos se entretienen hallando la belleza en donde es menos evidente. Antes, para ver a una mujer sólo medio desnuda había que subir a la azotea y venadear los balcones, a ver si de pura casualidad Margarita está en el banquito de siempre untándose crema en los muslos después de bañarse, aromatizando el ambiente con el perfume durazno de su cabello. Hoy, Margarita y otras están a dos clics de distancia. Como ustedes ahora. Hoy resulta difícil que un muchacho se olvide de Iron Maiden (caballito de batalla de tantas generaciones en pañales rebecos) y se dé un tiempo para escuchar jazz o, mínimo, Steely Dan. Lo han mamado, sí, por sus padres, pero desconocen el sabor.

Por eso, cuando me mudé a vivir solo, lo primero que hice fue pintar mi cocina de color rojo. Rojo sangre.