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viernes, 4 de marzo de 2016

Limpiando la casa

En los noventas en México se transmitía una serie de televisión de Estados Unidos llamada Mejorando la Casa (Home Improvement), protagonizada por Tim Allen, quien representaba a un personaje cuya afición por las herramientas y el mejoramiento de los aparatos y demás enseres de su hogar lo metía en problemas y acababa rompiéndolo todo. No obstante, el personaje se reinventaba cada vez y se tenía tanta confianza como para intentarlo de nuevo en el siguiente programa.

Cuando en el mundo se estrenó la primera parte de Rápido y Furioso (Fast and Furious) los niños bien y los no tan bien corrieron a modificar sus autos, algunos con buen gusto, otros con poca originalidad y otros con tan mal gusto que un taxi exótico del centro de Jamaica resultaba más sereno y generoso en sus ornamentos. La idea general era “mejorar” el auto aunque en muchos casos no lo lograran.


Un automóvil o una lavadora a los que se les quiere dar más potencia no son más que herramientas tecnológicas, como ahora los teléfonos inteligentes (ya no celulares), pero no son una extensión del cuerpo, aunque en ocasiones parezca que así es.

El mismo efecto de Mejorando la Casa y Rápido y Furioso se desata cuando vemos una de las tantas películas de Rocky y consideramos que tanto tiempo echados frente a Netflix está convirtiéndonos en una especie de tumor o furúnculo adherido al sofá o la cama. Algunos salen a correr, otros entran a un gimnasio, otros más nos convencemos de que el yoga puede ser el recurso de mantenimiento menos invasivo para un organismo que ha enmohecido por tanta inactividad.

Me parece que la frase “limpiar la casa” la he leído en otra parte haciendo referencia justo a la acción de reinventarnos como seres humanos en lo que respecta al físico. No obstante, olvidamos que al mismo tiempo es importante limpiar la cabeza y por ende las emociones, tirando todos los sentimientos negativos que vamos arrastrando. Hace poco una buena amiga me decía que estamos tan acostumbrados a los vicios emocionales que nos resulta muy difícil deshacernos de ellos y por ende es mejor tratar de controlarlos; sobre todo los impulsos. Se trata pues de un mantenimiento integral y multidisciplinario.

Ahora bien, siendo yo un avezado defensor de las comprobaciones científicas me resulta muy difícil creer que un chocho acaramelado va a curarme un mal, por muy reconocido y recurrido que sea el efecto placebo de acuerdo con la ciencia. Al mismo tiempo, reconozco y aplaudo mi desapego total hacia la superchería y los remedios “mágicos” e “infalibles”. No obstante, por esa misma búsqueda de verdades, sé diferenciar entre lo positivo y lo que no ayuda en nada o que se basa en tradiciones ancestrales para potenciar el engaño.


El riesgo de recurrir a la superchería, de acuerdo con la gran cantidad de profesionales de la salud y científicos que he entrevistado, es que el paciente deje de lado su tratamiento médico confiando totalmente en ese estudio de un doctor místico que “cura” la diabetes o el cáncer con células madre de tiburón, por exagerar un ejemplo. Sin embargo, apostando por la paciencia y esta nueva instrumentación emocional que he adoptado al recurrir a la otredad y el respeto a las ideas del otro (sobre todo las de fe), he concluido que es imposible cambiar la forma de pensar de los demás y que mientras no exista desapego por el tratamiento y sus soluciones “milagrosas” no aumenten el peligro, lo mejor es atender a la distancia.

En ese sentido, quienes trabajamos como periodistas de ciencia y salud tenemos la responsabilidad de aterrizar los avances científicos y la obligación de darlos a conocer después de una investigación exhaustiva y la comprobación de las fuentes. Recientemente, la ONG para la que trabajo como Coordinador Editorial, como apoyo de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (COFEPRIS), ayudó a desmantelar una clínica dirigida por charlatanes que había “descubierto” la vacuna contra la diabetes, una mixtura de sangre del paciente con solución salina que se inoculaba tras pasar cierto tiempo en refrigeración y que podía poner en riesgo la salud de las personas que viven con esta condición. Un medio de comunicación (Notimex) cometió la irresponsabilidad de publicar esa noticia como algo veraz sin detenerse a consultar a verdaderos especialistas en el tema.

Después de divulgar la noticia del cierre de la clínica en mis redes sociales, para que quedara asentado su carácter peligroso, y celebrándola como una victoria dentro de la comunidad de diabetes en México, fui tachado de “irresponsable” por no “respetar el libre albedrío de las personas” que decidieron ir por su inyección de solución salina para “curarse” su diabetes (afortunadamente todo se detuvo antes de las primeras inyecciones). Inquisidor y Nuevo Torquemada, me dijeron. Dichos epítomes, vertidos por periodistas, no causaron mella en mi persona y mi labor como periodista ético y responsable, pero sí me preocuparon por la facilidad con que cualquiera hoy en día puede hacerse pasar por periodista especializado y verter información errónea y sobre todo peligrosa.

En ese tipo de casos mi ética me conduce a no tener paciencia y a no respetar ideologías e información que pongan en riesgo a las personas. Y más aún, porque me resulta placentero lanzarme en esa cacería de brujas. Es mi labor, mi obligación y mi responsabilidad. De otra forma, quien se encuentre en esta fuente y no lo considere así, bien, en TVNotas constantemente aparecen convocatorias para reporteros.

La diferencia radica en lo invasivo y lo emocional. Si una solución meramente emocional, como pueden ser rezar o meditar, no invade el curso de un tratamiento médico puede significar un aliciente porque la situación se enfrenta de otra forma, quizás con mayor tranquilidad y seguridad porque se trabajan cuerpo y mente. Las risas francas y las emociones positivas no curan una enfermedad pero sí te dotan de calma y seguridad para llevar un proceso. No obstante, la inoculación de una sustancia extraña o una intervención no comprobada científicamente es otra cosa y debe ser no sólo analizada sino atacada y extirpada de la cosmogonía del ser humano. Borrada hasta que no quede rastro.

Afortunadamente, durante los procesos de cambio que he ido advirtiendo en mí, gracias a la conducción de una persona especializada en cuestiones emocionales y sobre todo terrenales, he descubierto que aún sin padecer alguna enfermedad es necesario limpiar la casa, la mente, para abordar los días de diferente forma.

Si hacemos un repaso a conciencia sobre cómo abordamos los días, y al mismo tiempo realizamos un inventario de los pensamientos o acciones negativas que tenemos durante el día, nos daremos cuenta de la necesidad de activar un cambio sencillo que nos facilite la vida en esta vorágine de histeria que serpentea junto a nosotros en la sociedad que vivimos.

El éxito de los libros de superación personal, literatura de superchería, radica en aprovechar la ignorancia y la necesidad de las personas que buscan un cambio inmediato sin darse cuenta que las soluciones vertidas por autores despreciables (por abusivos) son elementales. Se trata de soluciones que están a la mano pero que nuestra ausencia emocional no advierte por los vicios de los que hablábamos líneas arriba y que son mejor apreciadas si vienen en un libro con cubierta colorida y promesas de éxito instantáneo en sus balazos.

Basta con hacer un ejercicio muy sencillo para darnos cuenta que nosotros mismos somos nuestros propios autores de nuestra propia superación personal. Salgan a la calle con una idea de no confrontarse con la histeria general y, al volver a casa por la noche, pregúntense no sólo si durante el día hicieron algo bueno por otra persona, sino, principalmente, si hicieron algo bueno por ustedes mismos más allá de tunear su coche o bajar una nueva aplicación en su teléfono inteligente.

Quizás sea más sencillo si arrancamos el día con una de nuestras canciones favoritas.

Btxo, 2016



miércoles, 3 de febrero de 2016

Sin peros: No. 1 Preocupación ejemplar

¿Alguna vez nos hemos preguntado qué bien hacemos por los demás o por el país o el mundo en el que vivimos? Aparentemente no muchos y los pocos en menor medida. Y acaso, además, ¿sabemos que es posible hacer el bien sin proponérnoslo siquiera?

Vamos por partes. El beneficio que podamos facturar hacia alguien más siempre va a dejarnos una sensación de regocijo y tranquilidad, más lo segundo que lo primero, por el simple hecho de haber realizado una buena obra sin ningún beneficio para nosotros más allá del ya mencionado. Es decir que el verdadero bien no es lucrativo. La acción por sí misma y sobre todo las intenciones. Cuando hacemos el bien esperando algo de los demás entonces ya estamos estableciendo un negocio. Y no va por ahí.


No obstante, estamos hablando de intenciones, aunque también podemos referirnos al bien que hacemos de manera indirecta, sin saberlo.

Va un ejemplo: pongamos, sólo pongamos, la hipótesis que señala que en este momento todos nosotros estamos estrenando una relación de pareja y los involucrados tenemos una vida pasada inmediata que es importante obviar mas no ignorar. Obviar es que algún pasaje reciente, o los motivos de la disolución, sean escuchados sin que mermen la relación actual porque la otredad es importante. No obstante, entre nosotros puede haber quienes sí se sientan amenazados y directa o indirectamente sienten desprecio por la anterior persona que compartió su vida con su pareja. Aquí hay un rasgo importante de ignorancia en cuanto a nosotros mismos porque dudamos de nuestra capacidad.

Lo contrario de hacer el bien no es hacer el mal sino ser egoísta. Si nos ponemos terrenales la solución está más a la mano: la ex pareja de tu pareja no sólo no tiene idea de quién eres sino le importa poco si la desprecias o no; ahora que si nos ponemos místicos las cosas son un poco más complicadas pero igual de satisfactorias porque despreciar u odiar no sólo gastan nuestras energías sino nos ponen de mal humor y eso afecta el desempeño de un día común, está comprobado que la concentración se fuga por muchos boquetes por muy budista y meditador que seas, vaya ¡ni levitando, carajo! Sí es posible que esa persona sea un pain in the ass para la estructura relajada o novicia y en construcción de tu relación, sin embargo, el que ésta se vea intervenida por la otra persona depende mucho de uno mismo. Esto en el caso de un trato inexistente o pasivo con la otra persona, porque si dicho trato es constante, bueno, se establecen barreras y punto, pero para ambos casos la solución es la misma: analizar qué papel representa cada uno. Quizás tu ex colega (o socio, como muchos le dicen) fue quien terminó aquella relación o la responsabilidad recayó en tu pareja. Sin importar quién haya tomado la decisión podemos asegurar que aquella persona hizo algo que directa o indirectamente provocó el rompimiento que ahora te tiene en el lugar que siempre quisiste estar. Eso quiere decir que indirectamente te hizo un bien y quizás, muy en el fondo, porque también está cabrón andar reconociendo esas cosas en público, debes sentirte agradecido.

Lo mismo puede ocurrir en el trabajo o la oficina o el equipo de estudio. Si existe una persona holgazana o que no permite el buen flujo de las cosas y eso te obliga a trabajar más, agradece e ignóralo porque batallando no llegarás a ninguna parte. Porque, además, al aumentar tu trabajo aumenta tu experiencia y estás ganando algo, además del obvio reconocimiento de tus otros compañeros así como los del jefe o el maestro.

Hace poco un viejo colega de andanzas, que sigue siendo un habitual en los bajos mundos, me comentaba que consiguió una buena mesa en un bar del Centro porque un individuo se la prometió si a cambio le daba una propina. Al obtener la mesa le dio 50 pesos y el chico, emocionado, le dijo que muchas gracias y que con eso iba a comprar piedra para ponerse hasta los aparejos. “Me sentí tan mal –me dijo mi viejo colega– que quise quitarle el billete, aunque lo pensé mejor y le dije que ya era su responsabilidad y que yo en su caso no haría eso. Me contestó ‘sí, pero tú no eres yo’”. Le comenté a mi amigo que había sido decisión del muchacho y que en eso no podemos tener injerencia. Si la decisión de otra persona nos afecta, más que ponernos a la defensiva hay que comenzar a pensar en una solución que satisfaga a todos. Eso también es hacer un bien.

Y todo esto viene a cuento después de haber leído la cantidad de comentarios en redes sociales respecto a la visita de Yoko Ono y el papa Francisco a nuestro país.

En ese sentido, tanto la religión como el arte conceptual son dogmas que si a nosotros no nos interesan basta con ignorarlos, aunque para muchas personas, por su educación y su entorno e idiosincrasia, sean temas importantes. Lo que en todo caso se ataca no es el concepto en sí sino la desinformación, la cual sí afecta a las personas, sobre todo a quienes no tienen el bagaje suficiente para desarrollar un criterio amplio. ¿No acaso los intelectuales presumimos de un criterio amplio? ¿Entonces por qué no lo aplicamos?

En mi caso puedo decir que soy una persona bastante crítica y acidita en muchos temas porque tengo el interés de informarme. Ricardo Arjona y Maná, por ejemplo, son elementos de la cultura popular, tanto como el papa Francisco o Yoko Ono, no obstante, mi crítica se orienta hacia los dos primeros porque su música me parece deplorable y a mí me gustaría… repito: A MÍ ME GUSTARIA que las personas, sobre todo los jóvenes, tengan el interés de conocer cosas más allá de lo evidente, como dice León’O. No conozco a Arjona personalmente pero sí conozco a Alex, tremendo baterista de Maná, al que alguna vez le comenté que veía su talento desperdiciado al estar en un grupo así. Es decir que se critica el concepto y no a la persona. Total, no tengo discos de Maná y si lo ponen en el micro le subo el volumen a mis audífonos. Al decir: no escuches a Maná, mejor chécate este disquito de Madredeus o de Deodato, intento hacer un bien, aunque se me brinde un avionazo tipo jumbo, ya por mí no quedó.

Por ello, antes de criticar a una persona o un concepto pensemos en si nosotros hacemos algo por el mundo o por nuestro entorno como puede lograrlo esa persona o ese concepto, nos guste o no. Finalmente es más la gente a la que le gustan Maná y Arjona y, lo que nos queda, es expresar la idea y volver a nuestros pensamientos, esos por los que sentimos tanto celo.

Btxo

(En esta entrada jamás se redactó la palabra “pero”)