Buscar este blog

viernes, 30 de enero de 2015

El periodismo como trata de blancas



Estudios de dudosa procedencia, y algunos arrevesados y procedentes de fuentes cuasi fidedignas, revelan que el periodismo es una de las profesiones peor pagadas, no obstante, en apariencia, la matrícula de egresados no desciende ni aumenta de forma considerable. Digamos que la incidencia se mantiene. 

Ser periodista y músico de rock en ciernes se emparenta, en muchos aspectos, con la trata de blancas. Dueños de medios y promotores de conciertos obran como proxenetas en busca de un beneficio personal acorde a sus fines. 



A mediados de los noventas, cuando formé parte de algunas bandas de rock con vírgenes intenciones de sobresalir, me topé con hienas de la peor calaña que contrataban tus servicios para tocar en algún asqueroso bar de Villa Coapa, o la entonces no tan reputada Colonia Condesa, con la condición de vender boletos a tus amigos. Si cada integrante de la banda vendía cierta cantidad de entradas el escenario estaba garantizado, aunque se tratase de covers mal tocados para divertir a una concurrencia compuesta por ebrios de dudoso gusto musical cuyo umbral de la sorpresa no llegaba más lejos que Guns and Roses o Héroes del Silencio (la misma basura que sigue sonando en, al menos, los bares de Coapa). Y en ese momento el hambre musical impedía que los “músicos” advirtieran que salía lo mismo hacer una tocada en tu garaje y con tus amigos, a los que les venderías cubas, porque, finalmente, eran tus amigos los que componían la concurrencia. De cualquier manera, más de 90% de aquellos colegas no destacaron sobre el tablado y terminaron convertidos en sendos Godínez con dedos y neuronas oxidados. No obstante, algunos, y me incluyo, regresamos al escenario con cierta dignidad gracias a que los sueños de rockstars quedaron en el archivo muerto de nuestra empresa personal. 

Lo mismo ocurre con el periodismo. Gracias al advenimiento de la tecnología a favor de la información que se traduce en blogs, redes sociales y la facilidad con que puede montarse una página electrónica, los periodistas noveles han perdido el gusto por ver su nombre capitaneando una nota publicada por primera vez. Con 20 años de experiencia @ el periodismo @ internet he visto cómo algunos miembros de las nuevas generaciones van aumentando en exigencias y necesidades. En muchos casos, he sido testigo del crecimiento de portales de información establecidos a partir de una cuenta en Twitter cuya finalidad es la captación de audiencia y, posteriormente, de toques en un sitio web, lo que permite garantizar cierta entrada de dinero vía la publicidad. En muchos casos, el contenido se sacrifica. Lo que importa son la velocidad y la efectividad, lejos del ejercicio de investigación, que han convertido a los periodistas egresados, que ya no buscan su crédito sino un medio de subsistencia, en redactores turbo que me recuerdan a los esclavos que reman y reman hasta el desfallecimiento en la película épica Ben-Hur. Hoy en día, una nota caliente recién salida de la fuente se somete a un manoseo morboso y pornográfico cuyo fin radica en decir lo mismo pero con otras palabras. He ahí la ventaja del click derecho en Windows para cazar sinónimos y adjetivos. Una nota en diez minutos y la que sigue. A trabajar a destajo y sin comisión. 





Sin embargo, aquello tiene una ventaja, porque el redactor turbo va hallando la manera de ir calentando brazo y neuronas con base en el cachondeo de notas ajenas, experiencia que transmite en su blog, o en un medio independiente que le permite esbozar aquello que sí desea compartir aunque su audiencia sea menor. 


Tal y como sucedía en el punk primigenio, el do it  yourself permite que los esclavos de un editor chacal cierren filas y despunten con un proyecto que les permita volar solos dentro de un espectro independiente que cada vez toma más fuerza. Lo mismo sucedió con algunos músicos de rock que se desembarazaron de promotores y disqueras para confeccionar un escenario emancipado y congruente con los tiempos actuales. 


No obstante, ante la urgencia de algunos por comenzar a publicar, existen editores que ofrecen un espacio en internet a jóvenes egresados, o en vías de, no para verter sus inquietudes sino para formar parte de esa pléyade de necesitados que engrosan un ejército de redactores turbo silenciosos, desesperados por hallar una voz ante la promesa de publicaciones condicionadas a las letras chicas que rezan: “No hay pago”. 


Gracias a la velocidad de la información, en países tercermundistas como México, uno de los países en donde menos se respeta la integridad del periodista, el respeto por el oficio se denigra a niveles chapuceros. 


Hoy por la tarde, durante una sesión del Diplomado de Periodismo que curso en la Universidad Panamericana, un “compañero” (entrecomillo con justicia y dolor) me comentaba: “Tú tienes mucha experiencia para tratar diversos temas, pero se ve que cobras caro por las colaboraciones”. Asentí y él continuó con ejemplar inocencia (o chacalería): “Esdeque vamos a abrir un portal, pero no se paga”. Corté la conversación ante el miedo del contagio. Justo al llegar a casa leí en Facebook una convocatoria de un medio naciente: “Se requieren periodistas, ilustradores, fotógrafos, redactores y demás para colaborar en tal medio… No hay paga”. Es decir, no hay paga pero tampoco una promesa de remunerar el trabajo de alguien en el futuro.


Yo pregunto: ¿de dónde les brinca a los editores que alguien va a regalar su trabajo para el beneficio ajeno? Por fortuna, el espíritu del do it yourself permea cada vez más a los jóvenes recién egresados dispuestos a explotar su talento en escenarios propicios para el aplauso y el reconocimiento de sus habilidades. 


Lejos de negarse ante semejantes peticiones, aprovechando la misma velocidad e inmediatez de la información, es responsabilidad de los periodistas, noveles o con experiencia, denunciar a dichos medios para que dejen de considerar que el periodismo es un oficio que se trata con desprecio. (Btxo, Coyoacán, 2015)


Radiografía del intelectual cretino

El exceso en los aspavientos denota un fondo incompatible con el mensaje. Es decir: aquél que presume mayor experiencia sexual es quien en la realidad se asusta con el olor de la axila de una mujer. Va otro ejemplo: la cantidad de fotografías que te has tomado con famosos es inversamente proporcional a tu autoestima; lo mismo sucede con los autógrafos. A ver si se entiende: las fotografías con famosos no van a cambiar tu vida ni te hacen mejor persona, al contrario. Te cambio esa foto por una charla, por algo que hayas aprendido de ese personaje más allá de sus películas o canciones. No me das nada a cambio.

El homofóbico tiene un remedio: salir del clóset. El pretendido intelectual tiene el suyo: aceptar que es un cretino. Inclusive, entre aquellos que fueron carne de bullying en su infancia hay categorías. El sello en el rostro del inmolado no se quita con maquillaje, aguarrás o trabajo de gimnasio. Detrás de cada pretendido intelectual hay una historia de terror que lo orilla a portar una máscara de mentirosa suficiencia. Por otra parte está el famoso diseñador de videojuegos violentos que toleró la ignominia de ser el puerquito de la escuela y al final creó una obra maestra con base en la visualización de sus victimarios y el odio que guardó para ellos durante tantos años en forma de pixeles. Hoy aquéllos limpian sus escusados.  

Así como el dinero y la educación, la erudición no necesita efectos especiales. En su libro Generation X, Douglas Coupland hace referencia a los puntos de engorde como el microcosmos en el que dicha generación pretende cultivar el intelecto sin mover un músculo. En ese sentido, el sedentarismo traspasa la cuestión física y afecta directamente el cerebro. Cuando un paciente con asma experimenta un episodio, los terapeutas le indican que se concentre en el sitio que ocupa en ese momento y lo conciba como su lugar feliz para que se tranquilice y de esa manera la tráquea se abra y le permita respirar en lo que llega el remedio. La mente salva vidas. El punto de engorde, el lugar feliz del cretino, son las redes sociales. Ahí y ante personas que no lo conocen en realidad sino advierten sólo lo que el cretino pretende que adviertan es donde se yergue su tranquilidad. Un estudio señala que al menos 50% de tus amigos en redes sociales no te conoce en realidad, por ello, cuando el cretino se enfrenta a la vida real le es imposible colocarse la máscara. De ahí que aprenda a sortear el impulso del trol que busca desenmascararlo: “A mí qué me cuentas si solamente lees por inercia, moda o imagen.”

El lugar feliz del cretino se representa también en los ambientes que serpentea. Ante la imposibilidad de sortear otras fronteras, el cretino tira el ancla, y hasta dos, para mayor seguridad. Su atrevimiento por lugares sórdidos, física e intelectualmente, está dirigido por la salvedad de su empleo o los cálidos brazos de un RP. No obstante, eso no lo exime de tratar de demostrar que peina cualquier territorio comanche gracias a las ventajas de la ficción con que salpica sus crónicas verbales o escritas. Si cuando era un inepto sin la experiencia suficiente de defender su carne vía la desesperación, con tal de respirar tranquilo, mucho menos logrará dejar de lado su condición de niño panqué para echar un atisbo al lado oscuro. Ya no le pidamos que engendre en Eric Harris o Dylan Klebold (ahí le investigan porque no voy a hacerles su tarea) porque eso supone demasiado esfuerzo y consecuencias poco agradables. No obstante, Harris y Klebold obtuvieron dividendos, según su causa, aunque después “escaparan” por la puerta trasera. El problema es que en el lado oscuro no hay salidas de emergencia. Y los cretinos lo saben.

Finalmente, el cretino también advierte la dificultad de la originalidad. El sincretismo entre sus deseos y su realidad es inexistente, inoperable, por ello prefiere activar una especie de monstruo de Frankestein antes de saber que, inclusive en el intelecto, los organismos pueden rechazar órganos ajenos, tan incompatibles como la misma máscara. De ahí que sus teorías triunfalistas posteadas en Facebook suenen como si las mentara un paciente con derrame cerebral.

El pretendido intelectual es un pez cretino e idiota que no puede respirar fuera del agua. Es decir que no ha evolucionado, ni lo hará, precisamente porque el miedo ante la incuestionable presencia de su pasado le impide traicionar sus raíces pretenciosas y deliciosamente cobardes. (Btxo, Coyoacán, 2015)

martes, 20 de enero de 2015

Y el libro ya no da la cara

Seis años le bastaron a Facebook para convertirse en un lavadero, en toda la exquisitez de la palabra. Y más aún. Lejos de ser una ya una verdadera red social, aquel interesante patio de recreo que significó en 2008 se ha metamorfoseado en un escenario de acicate y vertedero de insulsas pasiones más allá del medio informativo que eslabonara aficiones, gustos y propósitos comunes.

La burla, el escarnio, la búsqueda del bullying cibernético, entre otros vicios, son la constante en un espacio en donde, escudados en una Fase 2 de la personalidad, los usuarios pretender ser aquellas personas que blanden eso de lo que, en realidad, adolecen. El peor escenario de Facebook es aquél en el que los usuarios, contraponiendo la esencia del nombre, no dan la cara.

Como se ha manifestado en otras entradas de este blog, es la aceptación en un mundo virtual lo que domina esta pretendida red social mientras que en la realidad los ostentosos son quienes mantienen una actitud outsider que no pueden sacudirse más allá de las ventajas de una ventana en blanco de la que pueden huir gracias al log off. ¿Por qué entonces el “no me gusta” se advierte como un comando aislado, lejos del dominio público?

Todavía recuerdo cómo, en 2008, la convivencia era de sombrero blanco, libre, abierta y consciente. El intercambio de inquietudes y el cruce de información enriquecían el bagaje de los usuarios. Inclusive, el jugueteo previo a la acuñación del trol era tan jocoso como inofensivo. Y conforme el escenario fue atiborrándose de usuarios, el espíritu dionisíaco que fomenta el acto en masa se desbocó en un uso irracional que permite lanzar la piedra y esconder la mano (ustedes perdonarán la frase hecha) ante cualquier publicación inofensiva. Más aún, el apogeo del troleo aupó la urgencia de ser admirados y aplaudidos, demostrando que, en la realidad, se troleaban ellos mismos.

Lo que los usuarios jamás tomaron en cuenta fue que, en la realidad, sus credenciales eran más que evidentes para sus “amigos” o “seguidores”. Es decir que, tanto en Facebook como en la vida real, su biografía era evidente, así que los disfraces carecían de propósito. Los efectos especiales se cebaban antes de accionar.

Algo que tampoco se tomó en cuenta fue que la realidad únicamente se aparecía en los Inbox. Ridículo resulta advertir que la urgencia y la necesidad por interactuar de forma seria brotan en la intimidad y no ante el ojo crítico de los demás. Ah, esa no se la esperaban.

Todavía recuerdo con gran gozo los domingos por la mañana cuando, muy temprano, revisaba el muro y encontraba a uno y otro contacto desmañanado compartiendo cualquier cosa, banal o interesante, sin afectar a terceros. Aquello era producto de la curiosidad y la tranquilidad proponía charlas impecables. Hoy en día, los domingos por la mañana se atiborran de imágenes que hacen una ostentación perenne y deleznable del alcoholismo de los usuarios. Y más todavía, porque aún quedaban rastros del llamado drunkenpost.

Hoy en día, las borracheras, el número de cubas, churros de mota, ácidos y kilómetros recorridos tienen el mismo significado. En la urgencia de la notoriedad no existen parangones. Qué pena. La abolición de las raíces, la pretensión, la mala ortografía, la negación de la idiosincrasia, el estallido de las carencias, el chiste malo, el chiste vulgar, la imagen machista son las publicaciones que más likes acumulan en un día.

Gracias a un experimento –poco necesario– advertí que los posts con dicha referencia aventajaban a aquellas publicaciones inteligentes que pretendían, sencillamente, informar.

Es por ello que, después de siete años, y tras obtener algunas satisfacciones (como conocer grandes amigos, reencontrar amistades, viejas relaciones, etcétera), mi muro dejará de publicar consecuencias personales y se convertirá en un segmento informativo para quien le interese.

Quienes promueven el conocimiento, la convivencia y el intercambio de ideas seguirán recibiendo likes y respuestas que promuevan el diálogo. Ustedes saben quiénes son y tienen todo mi respeto, no obstante, me retiro de una red social que no ha sabido ser utilizada para un bien común.

(B7XO, Coyoacán, 2015) 

viernes, 1 de noviembre de 2013

Calaverita para la banda de twitter...

A mis amigos de Twitter una calaverita quería escribirles,

pero tiempo no me dio.

El trabajo me lo impide, aunque hay una buena razón.

Se acumula muy muy fuerte,

porque preparamos, con el sudor de nuestra frente,

el próximo Día Mundial de la Diabetes.


;)


miércoles, 4 de septiembre de 2013

De los kilitos de más a las marchas de la CNTE*

Por Btxo

Hace unas semanas, a un amigo y a mí nos acusaron de ser hipsters (quizás por la actitud, las camisas a cuadros, los tenis flats, la música que escuchamos y los antros a los que vamos), y aun cuando a estas alturas no me parece que semejante epíteto engendre un espíritu denigrante, lo cierto es que nos tomó por sorpresa, y mi amigo Sebastián (el otro aludido), intentó defendernos con poca fortuna porque el tiro más bien le salió por detroit: “¡No! ¡No te preocupes! Tú y yo no podemos ser hipsters por una razón muy simple: Los dos estamos gordos”. Okeeeeeei, pensé, es un argumento válido, aunque el muy bestia pudo haber esgrimido otro, cualquiera, incluso la negación firme y perpetua como rosa de pétalos perennes.

Para los poco enterados (casi todos), la obesidad y el sobrepeso son bastante ambiguos, más aún si consideramos que la obesidad cuenta con otro escalafón, de corte morboso, que la define, precisamente, como “mórbida”. Después de semejante ardid para salir avantes a medias, consideré que el bueno de Sebasttardo (su nombre de batalla punk) y yo (su Bicho servidor) no tenemos ni obesidad ni sobrepeso, sino guardamos unos kilitos de más, muy aprovechables en épocas de frío. O sea: ‘tamos gordis.

Definir si alguien tiene sobrepeso o está gordo es tarea de médicos y especialistas como los endocrinólogos y las nutriólogas, sólo ellos, porque ni siquiera calculando el índice de masa corporal (IMC) en la comodidad de tu sala es posible llegar a una conclusión veraz. Inclusive, estudios científicos han desbaratado la utilidad, en estos casos, del cálculo del IMC por medio de una sencilla operación aritmética para determinar si alguien se pasó de levadura.

Ocurre lo mismo, que quede claro de una vez por todas, con la apreciación de las marchas y bloqueos con que la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) ha irrumpido en nuestras vidas. Finalmente, la resolución es personal e intransferible, además de ambigua, porque ni siquiera los enterados han podido estipular, desde un punto de vista neutral, qué carajo es lo que está sucediendo.

No obstante, es evidente el caos que ha sentado sus reales en esta ciudad de por sí histérica que reacciona aún más, como cualquier organismo, cuando un ejército de parásitos alcanza sus entrañas. No miento, y no lo reclamo desde un punto de vista parcial sino con la evidencia generada por lo empírico, que genera un enunciado hermenéutico: “La ciudad se ha vuelto peor desmadre desde que los maestros la invadieron”. Por otro lado, ya desde una motivación parcial, sólo espero que estos individuos, que tienen la libertad de pasearse pacíficamente por la ciudad, no intenten amotinarse porque el sistema de defensa de este organismo de concreto y hierro les va a meter un cruzado a la mandíbula, muy bien ganado.

Sin embargo, así como se han expuesto las razones por las que la mayoría de los capitalinos sentimos repulsión por esta especie de falso movimiento plagado de hipocondría subversiva que afecta el dinamismo de los habitantes legítimos del Distrito Federal, es necesario que, sin ambigüedades, sus integrantes y voceros y dirigentes expliquen sus motivaciones, mismas que se han escondido tras un grito de batalla al lanzarse contra la aprobación de reformas que ni ellos mismos comprenden. Y como evidencia se esgrime la ausencia de un plan de trabajo, así como su discurso unilateral y constreñido a sus negativas, y un plan de acción nómada que comprende movilizaciones sin ton ni son (hasta las plagas tienen una orquestación coherente) y un estancamiento en esa base de operaciones que es el Zócalo Capitalino que los hace ver más como piratas borrachos con el horizonte perdido, y no como aquellos filibusteros que, con ahínco y orden, pretenden tomar la Isla Tortuga.

Quizás sería bueno que en estos tan llevados y traídos libros de texto gratuitos con sendas faltas de ortografía que ya son tomadas como un reto por los estudiantes, se incluyera un listado de la cantidad de negocios que quebraron durante la toma de Paseo de la Reforma por las huestes de Andrés Manuel López Obrador tras su berrinche electoral. Para que quede constancia de una memoria real y objetiva, y no sólo la que le conviene a los inconformes, cuyo problema es reconocer que han cometido un error.

Por otra parte, la guerra de sentencias y enunciados a favor y en contra de la CNTE y su hipocondría ha derivado la voz del pueblo en las redes sociales, un terreno simple y banal, más como un vertedero de emociones, que obra como extensión de la zona de confort de quienes en verdad no entendemos qué es lo que sucede pero nos sentimos con el derecho de opinar, derecho bien derecho, pero que debería pasar por el filtro de la honestidad y no por el de las vísceras a punto de cocción, o sea: por calientes. Hay que ganarse el derecho de opinar. Y hablo un, dos, tres por mí y por todos mis compañeros que están a favor y en contra de semejante tongo.

Me gustaría que uno de esos profes, juro que no puedo llamarlos maestros, me explicara qué siente al saber que mientras él pelea su aguinaldo o su necedad de no ser evaluado (vaya idiotez expuesta por quien tiene que evaluar a los estudiantes) han sido descontados miles de salarios diarios de trabajadores que no pudieron llegar a sus empleos. ¡Vaya manera de bregar por el pueblo!

Y me pregunto también si alguien con los seis sentidos bien puestos (si añadimos el sentido común) quisiera que uno de esos sujetos esté en un aula “enseñando y educando” a sus hijos.

Me decía alguien hace poco: “Ellos te enseñaron y ahora estás en su contra”. No, señor, porque yo estudié en una escuela privada, gracias al trabajo de mis padres, y esa es la misma razón por la que mi hijo estudia en una escuela privada. Sí, ya sé que no todos tienen esa posibilidad, y por eso mismo es necesario que se mire con lupa no al movimiento y ni siquiera a los daños morales, sí morales, y económicos que han provocado en quienes sí podemos hacerlo pero necesitamos trabajar para ello, sino al tipo de personajes que se ostentan como trabajadores de la educación cuando lo que menos demuestran es eso. ¿O es acaso su actitud producto del resentimiento social? Y de no ser así, ¿acaso no es mejor demostrar que hay capacidad real sometiéndose a una evaluación? ¿No sería un buen principio para callarle la boca a quien asegura que el modelo educativo del país es un asco? Porque para ser modelo de enseñanza hay que poner el ejemplo.

El verdadero problema aquí es el contagio de la desinformación y el caos agregado que esto genera, porque ni unos ni otros son capaces de explicar qué es lo que está sucediendo. Quizás sólo los entendidos, los expertos, dejando de lado a aquellos que maman línea de unos y otros, como algunos medios y la izquierda más radical que ha dejado de funcionar con coherencia. Los de siempre, pues. Y también cabe la irresponsabilidad de quienes fomentan la barbarie desde un punto de vista sumamente cómodo (es decir: quienes ven la revolución con una marca serigrafiada en una camiseta), tras la mesa de un Starbucks, y no importa que usen tenis Converse, cuando lo que se necesita es fomentar el diálogo. Otro problema muy importante es la manera como se han abaratado y banalizado las marchas.

Yo he mamado de la izquierda desde la cuna, gracias a la influencia paterna y literaria, como tantos otros que estamos en contra de este caos, pero no puedo consentir que se entorpezca mi trabajo por el deseo de unos cuantos. Y este descontento no se resume sólo a quienes hemos leído, sino también hacia quienes solamente tienen la necesidad de trabajar, a su nivel, para su propia manutención y la de sus familias. Y algunos de ellos para pagar, vía sus impuestos, los sueldos y los bonos y los aguinaldos de estos sujetos.

Y no, no se dejen llevar por los últimos estertores de una izquierda desesperada y necesitada de credibilidad que equipara las marchas de la CNTE con el movimiento zapatista, porque ni en fondo ni en forma ni en trascendencia nacional e internacional puede considerarse dicho empate, ni siquiera tras su debacle natural. Porque semejante argumento ya rozó las fronteras de la mala leche. Más bien por el contrario, porque la conciencia social que generó dicho movimiento indígena –manipulado o no, eso tampoco lo sabe nadie con certeza, porque lo que importó fue el efecto social– puede servir para abrir el espectro de la población y hacerla admitir que este tipo de situaciones no pueden tolerarse en este siglo y en una ciudad cuyos avances en muchos aspectos socioculturales han sido evidentes.

Si somos optimistas creeremos que el cambio puede llegar, paulatino, aunque quizás ya no nos toque ser testigos, y todo comienza con la educación, pero los educandos, con semejantes modelos, no podrán llegar muy lejos, porque su criterio está siendo envenenado.

(Coyoacán, 2013)

*Esta entrada también iba a llamarse: How can we wear a pair of Converse in the middle of the revolution, while we drink coffee at Starbucks.

¿Usted dejaría a sus hijos en un salón con estos tipejos?

martes, 27 de agosto de 2013

Felipe Babalú Toledo... Amigo meu...

[Josu Landa arranca su novela Y/O (ensamble) con un párrafo de significado puntual y lacónico: “Hijo de puta, hijo de la gran puta, hijo de la grandísima puta, hijoputa, hijo de su puta madre, hijoeputa, hideputa, hijueputa: Estas observaciones, rabiosas variaciones de un mismo epíteto pretenden ser una definición de Rogerio Sanz-Dernié…”. Por consejo del mimo Josu, mi proyecto novelado del Fonca comenzaba con una frase que pocas veces hemos podido esbozar ante otra persona: “Tu madre está muerta” (yo ya lo hice, y no me agradó mucho).] Y comienzo:


“¡Maldito bastardo, me salvaste la vida!”, como elogio y adjetivo de quien ha significado mucho para mí.
Si algo nos unió a Felipe Babalú Toledo y a mí fue precisamente la manera como abordamos la vida –con la crudeza de quien puede deshacerse de algo sin que importen las consecuencias– y la sensibilidad con que afrontamos la música y ésta, junto al análisis hermenéutico de los momentos, se ha vuelto parte inherente de cada proceso de inhalación y exhalación de oxígeno.

Hace poco, alguien me espetó que yo prefería tener fans que amigos, y Babalú fue, en primer plano, un fan, después un amigo y finalmente un hermano, no obstante nuestra consistencia emocional de flanes (chiste privado), quizás el último escalafón que alguien pretende alcanzar cuando admira a otra persona. Porque de la admiración a la realidad media un proceso de conocimiento mutuo que, conforme pasa el tiempo, va aclarando la visión. No sé si decirle que aquella admiración era más bien producto de su inexperiencia y la urgencia que mostraba al adherirse a algo, el sentido de pertenencia. No obstante, la palabra fan engloba la admiración, mismo sentimiento que se experimenta por un hermano y, en algunos casos, por un amigo.

Como se ha manoseado tantas veces en la ficción, el ídolo emerge del papel, en este caso una revista de rock, y se muestra humano, admitiendo, por alguna extraña concatenación astral, que existe una unión más allá de la página impresa, y Babalú demostró aún mayor humanidad al no perder el respeto hacia quien se mostraba, ya en persona, como un ser vulnerable.

Quizás, como sucede en muchos casos, la tremenda amistad que se forjó entre ambos se debió a la coincidencia con varios amigos (“qué pequeño es el mundo”, dirán los amantes de las frases hechas), enlisto: The Cure, The Smiths, Morrissey, Front 242, Rancid, Ministry, Static X, Magos Herrera, Chicane, RockStage y, sobre todo, Karina Cabrera, empatando todos en un espectro del planeta en el que no cualquiera tiene pase VIP.

Cuando lo conocí, Felipe era un sujeto con muchas preguntas, y hoy en día, lo veo como un consejero, un gurú, un psiquiatra que tiene más bien respuestas. Lo observaba, en efecto, como a un fan, a veces nervioso, a veces sumamente inquisitivo, otras, determinante. Con el paso del tiempo, su ser fue ocupando un sitio en el panteón arquetípico de mis hermanos, de la mano de un Alex Hernández, Xabi Belmont, Pablo Osset, la misma Karina Cabrera, Eddy Govea, Gonzalo Soltero, Víctor Cabrera, Sebastián Ortiz Casasola, Sara Velázquez, Sara Arellano y un reducido, muy reducido, etcétera que ha sido determinante en mi vida como escritor y persona.

Babalú se volvió fan de Coyoacán, de la Caverna, del Búnker, del DF, de la ganja defeña, de Marcelo Ebrard, de esta ciudad enigmática que antes que escupirlo lo aceptó como a un hijo pródigo y por el que espera para sentirse conquistada; porque este bestia tiene un porcentaje chilango muy importante en su sangre. Y se volvió fan, entonces, de mi hijo Leonardo y de La Coneja, de mi familia, mi territorio y mis amigos. De lo poco que puede tener quien alguna vez tuvo fans y hoy se oculta para dejar de ser presa de aquella “fama” que arrastraba y estorbaba tanto.

Anécdotas
Viernes por la noche. Mi entonces esposa Irene y yo abrimos una botella de vodka y pusimos un video de The Cure en la platina del DVD. La noche era fría en Coyoacán y permeaba un clima de calma. Arranca Pictures of You y hasta Irapuato, de donde es oriundo este tío, envío el primer párrafo de la letra, y él, de inmediato, devuelve el siguiente, y así, nos fuimos pimponeando ante el asombro de La Coneja que no daba crédito. “Vaya que se conocen”, me dijo mi ex. “Es la música”, referí.

Años después, tras experimentar un divorcio que me condujo al alcoholismo concreto, en una etapa de autodestrucción muy digna de un punk respetable, recibí la visita sorpresiva de este irapuatense chilango también muy digno: “Vengo a arreglar unos asuntos a la UNAM”, dijo. Después de unos días, antes de su partida, tras pasarla bomba en La Caverna, con otros cofrades, se sinceró: “Vine porque me preocupabas, tenía miedo de que te hicieras algo”. Estaba en lo cierto. Técnicamente, Babalú me salvó la vida. Pero no es por eso que lo quiero tanto. Lo quiero porque es mi hermano, porque ha seguido mi proceso desde el principio hasta el final, girando el espejo, porque, viejo, hoy más que nunca: soy tu fan.

No quiero que te vayas, porque a pesar de la distancia, eres el ancla y la respuesta cuerda. Tú me conoces mejor que nadie. Pero Londres está muy lejos y un año es mucho tiempo. Pero ¡lárgate!, porque hay un chingo de mundo para meterle unas tarascadas salvajes. Ojalá al volver sigas siendo el mismo, pero con otra coraza. Te quiero, bro.

Pero Felipe también deja en herencia momentánea un pueblo irapuatense cálido y con los brazos abiertos que me recibió cuando La Coneja, Polly, Cass, La Ratona o SúperGin me obligaban a huir, y una pléyade de hermanos como Isa “Pucheros” Guevara, Ulises “Chicuelo” Miranda, Sabino “Rugby doG” Zamora, Fer Arvizu y su camisa rosa, Ramón “La licenciada” Solís, Bábara Cosset “Bauhaus” Núñez de Cáceres, Jacsan Mono, Daniela “Galleta” Ruiz, el tremendo Diego “Born to be hated”, Peri “Gran General” y thrasher a madres, Arturo “Sensei” Dumaine, y el buen Pompom, además de su entrañable familia.

Gracias por todo, viejo feo.

Te esperamos de vuelta.

Bicho

jueves, 15 de agosto de 2013

La carnicería noticiosa (La información informal o De periodista a robot)

Por Btxo

La facilidad que brinda la tecnología para el desarrollo de nuevos medios de comunicación vía internet, ha traído como consecuencia la desvalorización del periodista. Hoy en día, la noticia peca de inmediatez y la investigación ha quedado de lado.

Alrededor del nacimiento de nuevos medios electrónicos flota el inclemente fantasma de la supervivencia vía la venta de espacios publicitarios en pantalla, en un país en donde la pornografía sigue siendo el primer tópico de búsqueda. Curiosamente, México, un país costumbrista y moralista, aún prefiere la información impresa y, por ende, la velocidad con que se publican las noticias interesa sólo a unos pocos.

Tal y como ocurría en el circo romano, el nuevo campo de juego, llamado Twitter, ha trasladado la competencia de las ocho columnas desde las tijeras de los puestos de periódicos hacia las pantallas de móviles inteligentes, tabletas y ordenadores, sin dejar de lado la carnicería y el oportunismo. La exclusividad de la nota se ha transformado en el “fusil” descarado y todos compiten por dar “la primera patada” en Twitter.

Por desgracia, aquello ha motivado que las mesas de redacción de los medios electrónicos se conviertan en especie de campos de concentración en donde la veracidad y la calidad se sacrifican por la velocidad. Dichas mesas se han metamorfoseado en líneas de producción de notas a granel, algunas francamente irrelevantes, sacrificando estilo y reglas básicas de redacción.

Si a ello le sumamos la crisis laboral por la que este país atraviesa desde hace más de 20 años, entonces los editores tienen una gran ventaja, ya que consideran viable pagar ínfimas sumas de dinero a redactores que trabajan por volumen y que aceptan esos sueldos insultantes con tal de figurar, y condiciones y horarios de trabajo, en algunos casos, francamente inhumanos.

Es penoso ver cómo los nuevos medios no sólo maniatan a sus trabajadores al bloquear cualquier instinto creativo, sino evitan brindar prestaciones elementales y, encima, esperan el agradecimiento al desempeñar un oficio que ha dejado de coquetear con el arte de la redacción puntual y estilística.

El estilo se ha homologado en la frialdad de los segundos que gotean, y “el cierre” se constriñe en instantes dignos de un robot.

El fomento de la profesión ha sido olvidado en detrimento de años y años de estudio y especialización, y los licenciados en periodismo, recién desempacados y oliendo a nuevos, suman minutos de vuelo sentados en puntos de engorde, como bien los llamó Douglas Coupland en su excelente libro “Generación X”, tableteando sobre las teclas de los ordenadores a velocidad suicida, en todo sentido, ya que dicho modus vivendi resulta inclusive perjudicial para la salud del redactor a causa del estrés y el sedentarismo obligado.

Hoy en día, el periodista ha dejado de ser considerado un factor indispensable dentro del espectro informativo, y se ha convertido en un engrane más del sueño cibernético. Todo por la avaricia de quienes consideran que el negocio está en la pantalla del ordenador, olvidando la responsabilidad de los medios, que es brindar información veraz, formal y responsable.

Cada vez más, los medios electrónicos dejan de lado la investigación noticiosa y el trabajo periodístico, y actúan como chacales, o buitres, en busca de la información inmediata, cachando notas de otros medios establecidos, para pasarlas por el tamiz de su propio esquema para, vía el uso de sinónimos, decir la misma cosa y buscarse un sitio en esa cascada de información informal llamada Twitter.

(Coyoacán, 2013)