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sábado, 30 de abril de 2016

El Día del Niño: El Día de los Valientes

Mi hijo y yo teníamos planeado asistir a un concierto acústico el 30 de abril de 2016, para festejar el Día del Niño. Era una buena oportunidad para hacer algo diferente que nos divirtiera y, de paso, enriqueciera nuestro bagaje cultural. Nos citamos a las 10 am en el lugar de siempre. No obstante, ayer por la noche me envió un mensaje de Whatsapp a través del móvil de su madre: “Debo acudir a un importante compromiso temprano, nos vemos más tarde”. Lejos de molestarme, llamó mi atención que a sus 10 años tenga que cumplir con un compromiso “importante” y que, encima, me lo comunicara con tanta seriedad. Le di crédito y lo dejé ir por la vida.

En ese momento recordé que hace siete años, cuando lo llevamos a su primer día en el kínder, sentí cierto deje de tristeza porque a sus tres años de edad comenzaba a tener responsabilidades. Para un niño tan pequeño tres años de vacaciones no me parecían justos. Yo sentí tristeza y orgullo y su madre no paró de llorar cuando el pequeñajo se soltó de nuestras manos y corrió al jardín del kínder, atraído por los colores y los juegos y los demás niños de su edad. Al volver al coche su madre y yo escuchábamos, del otro lado del muro decorado con motivos de Bob Esponja, esa risa característica que denota que a nuestro hijo el mundo le viene guango. Siempre ha sido así.

El plan del concierto fue archivado en el gabinete de las buenas intenciones y en lugar de orquestar un plan B decidí que lo mejor sería improvisar. Dicen que los planes más descabellados son los mejores así que opté por el misticismo.

Llegando al lugar de la cita me di cuenta que el buen Leo creció unos centímetros y comienza a dejar atrás a su padre (cosa no muy complicada) en esa carrera (ya perdida) de alcanzar el sol.

El objetivo del plan seguía intacto: festejar el Día del Niño y, con el concierto ya empezado, Leo sugirió ir a ver Civil War por la promesa de que aparecen Ant-man y Spiderman, sus superhéroes favoritos (como que le da por las minorías al chicuelo), aunque siente cierta simpatía por Deadpool porque “es más como tú, papá”… ¬¬ No quise saber a qué se refería.


Y aquí viene el momento en el que un hijo ve a su padre como a un superhéroe, porque la amena charla que traíamos en el trayecto, respecto a las ventajas de los Mig rusos sobre los cazas norteamericanos, se suspendió al ver que la fila para comprar boletos estaba tan nutrida como cuando regalaban leche contaminada en la Conasupo a las cinco de la mañana (ustedes perdonarán el comentario de chavorruco tan desfasado). Y, amén del personal, sorprendía el murmullo que brota de esa masa humana y no sólo se esparce sino va aumentando de volumen. El pánico repentino no es exagerado.

Pero ¡claro! A quién se le ocurre ir a ver Civil War el Día del Niño, en fin de semana de estreno ¡y en quincena! Huir no habría sido descabellado. Huir rumbo a las escaleras eléctricas, salvando tu vida y gritando algo así como “mejor regresamos cuando haya pasado de moda”.

¡Pero no! ¿Cómo este par huyendo? ¡No, señor! ¡No en esta vida!, como clamaba Junior Soprano. Si ya sobrevivimos a un Pumas-Chivas en CU comprando los boletos ese mismo día, una película de superhéroes el Día del Niño, en fin de semana de estreno y en quincena en Plaza Universidad debe ser como jugar matatena, coser o preparar panqueques. ¡Arre! ¡A por ellos! ¡Por Frodo! ¡Y nos formamos!

Y aquí arranca el poder de visión de rayos equis extragamamilultrasúperchingona de los dos lanzando ojeadas a las salas y funciones que iban llenándose y Leo me gritaba desde afuera de la fila: “¡La sala 1 ya se llenó! ¡La sala 8 está en español! ¡Qué tal en 3D!” Una sincronización perfecta, el engranaje brutal, trabajo en equipo y el pulgar al aire cuando tuve los boletos en la mano: 3D y en español para no perder detalles. Encima: 2x1 para cuentahabientes de cierto banco si pagas con plástico.

¡Ámonos, recabrón, lo logramos! ¡Poder Vargas! ¡ArreMachínMatehuala! ¡Vamos por unas hamburguesas para hacer tiempo! Pero, suspendiendo el mordisco a la BigMac, descubro que la taquillera, quizás presa de los nervios por tener encima las prisas y los cientos de pares de ojos de semejante hidra observándola, nos dio mal la función. Y todo fue comer aprisa y salir corriendo a las taquillas a armar un sainete olímpico, un tongo imperial, un berrinche de las dimensiones de Kylo Ren en sus momentos más emo. Porque se te sale lo Hulk, la neta. Tanto bregar para que a ésta se le salte la función. Y todo fue correr entre la gente, adultos estorbosos, niños en esteroides gritando y corriendo por todas partes, embarrándose contra ti y de repente alguno en la confusión te toma de la mano y te dice “papá” y tú lo sueltas y te alejas; minions por todos lados, pequeños trols acechándote con sus manitas venenosas y grasosas y pegajosas por la cantidad de caramelo que consumen. Y los padres llamando a sus hijos y Leonardo, a media carrera, gritándome: “¿Por qué tanto escuincle se llama Leonardo?” Afortunadamente nos cambiaron los boletos y conseguimos buenos asientos.  

Luego, la fila para comprar gusguerías. Ya llevábamos las hamburguesas digiriéndose pero un chesco, o un ICEE, o unos Nerds nunca están de más, en ninguna situación, pero la banda del resto del mundo decidió formarse al mismo tiempo para comprar dulces y hotdogs y palomitas de sabores radioactivos bañadas en mantequilla de procedencia dudosa. Al ver el panorama, nuestra cara fue la del centro delantero que acaba de fallar el penal decisivo en una final de la Copa del Mundo. O como la de Luke Skywalker, que debió ser la misma que la de la Virgen María, cuando les dieron semejantes noticias.


-Esto sí va a estar más cabrón –dijo Leo ya de plano con la decencia extraviada y ubicándose en nuestra realidad de mendigos de la paz.

Pero para eso está papá, ¡cómo no! Si papá aprendió a robarse botellas cerradas en las fiestas de XV años de sus compañeritas… “Vamos al baño”, le dije al cancerbero que custodia la frontera que divide a los mortales que compramos boletos regulares y aquellos que gozan de su estatus VIP. Y sí fuimos a escanciar nuestras micciones, aprovechando el viaje, pero comenzamos a husmear, con la vista fija en los carteles de los próximos estrenos, y nos metimos a esa zona tan brillante y aséptica como el pasillo de detergentes en Target, y nos formamos para comprar cochinadas. “Papá, ¿no crees que ya estamos exagerando? Esta gente es muy especialita”, decía Leo con cierta precaución, pero el ánimo ya no estaba para menudencias.

-Dos ICEE azules y un Snickers, parfavaaaar… – dije con la naturalidad de quien trae un billete de 500 en la cartera para cualquier eventualidad y pagué con tarjeta… de nómina. xD

Ya en nuestros asientos todo parecía instalarse en la calma, pero, sentados de la mitad de la sala hacia arriba, vimos subir a un hombre con muletas, acompañado de su familia: mujer, bebé de brazos y chiquillo de siete años disfrazado de Capitán América. El hombre se apoyaba en sus piernas maltrechas y lanzaba las muletas al frente para alcanzar el siguiente escalón. Parecía demasiado audaz, muy familiarizado con el proceso pero, de pronto, por esas cosas que uno no se explica, le falló el equilibrio. Lo vi arquear su espalda hacia atrás, a unos metros de mí, en cámara lenta. Mi primer impulso fue saltar hacia él, pero no llegaba. Ya lo veía rodando escaleras abajo y pegándose un porrazo contra el barandal de fierro. Afortunadamente se apañó de la alfombra de la pared con la mano derecha, sin perder la muleta de ese costado, pero la otra muleta salió volando, peinando a un espectador, y rebotando en los escalones con un sonido de rebotes metálicos que llamó la atención de la sala repleta, todo musicalizado por los gritos de su esposa. Su brazo y pierna izquierdos quedaron en el aire, descompuestos, sin control, como dos tentáculos con voluntad propia, ante su mirada estrábica y de pánico. Sin saber cómo, con un mismo movimiento salté del asiento y le di un empellón en la espalda al hombre, para equilibrarlo, recogí la muleta y se la entregué a esa mano que trataba de asirse del aire. Juro que creí que el nazareno se despatarraba, se medio mataba, acababa el trabajo contra sus huesos que la naturaleza había comenzado con cierta saña. Agradeció y siguió subiendo y yo sólo recordaba esa famosa línea de Travolta en Pulp Fiction: “¿Ya puedo irme a mi casa a que me dé un infarto?” Cuando volví a mi asiento mi hijo empuñó su pulgar en el aire y me dijo: “Vientos, papá” y la sala me aplaudió. Encima exhibido. u.u

El resto de las dos horas y garra que dura la película fue gritar y reírme más bien para sacar el estrés. Aplaudí al final y me llené de vergüenza cuando Leonardo, al terminar la escena cumbre, gritó: “Ese piiiinche Capitán América debió entregar al Soldado del Invierno”. En fin.

¡Feliz Día del Niño!...

Y de la Niña, pues… hay que ser políticamente correctos ;)

B7XO, 2016



martes, 15 de marzo de 2016

El día que la enfermedad me impidió hablar de Lovecraft

Conozco a H. P. Lovecraft desde que tenía ocho años (yo, no Howard) y llegué a él vía Poe. ¿De qué otra forma se llega a HPL? Y quien diga que realizó el camino en reversa, miente.


El primer libro de HPL que tuve en mis manos me lo regaló mi madre: El Horror Sobrenatural en la Literatura, una edición bastante sencilla de una editorial que tuvo a mal ilustrar la portada con una imagen referente a la Divina Comedia. De todos los títulos relacionados con HPL que mi madre oteó en la librería éste tenía el título más sugerente y ella creyó que yo moriría de miedo, que sería prácticamente imposible dejar la cama para ir al baño por la noche o si acaso era necesario ir a la cocina a fulminar la sed desértica que invadía mi boca. Lo que mi madre jamás advirtió fue que El Horror Sobrenatural en la Literatura era un libro de texto, un ensayo durante el cual HPL se dedicaba a analizar los distintos tipos de horror de la literatura y, de paso, abigarrar al lector que, ciertamente, espera algo de prosa y ficción.

El siguiente libro que secuestró mis neuronas se llama En la cripta, una recopilación de cuentos de terror tradicional mezclados con el característico horror cósmico en donde la presencia invisible y quizás mutable de los Primordiales siempre protagonizaba. No obstante, fue Las ratas detrás de las paredes el primer cuento en mi vida que, ciertamente, evitó que recorriera los 100 metros que me separaban del baño. Ahora sí que, literalmente, me cag… de terror. Sin embargo, me llenaba de placer el saber que mientras los ñoños leían Platero y yo, yo saboreaba, digamos, El que acecha en el umbral. Mi Platero, en todo caso, se llamaba Yog-Sothoth.


Lo que me enamoró de HPL, después de leer su manoseada biografía, fue la identificación de soledad en la que estaba insertado casi por la fuerza ya que mis padres trabajaban y me quedaba al amparo efímero de la abuela quien prefería ir a jugar canasta con sus amigas, o a cenar a Tortas Jorge, que echarle ojo al niño. Así que con la lamparita que me regaló el abuelo –cácaro del cine Pedro Armendáriz– me encerraba en un armario a leer a HPL y Poe, y uno que otro libro prohibido con temáticas, digamos, más lúbricas, hasta que mi madre llegaba por mí e íbamos a casa. Desde entonces tengo fijación por la oscuridad y es imprescindible que a mi casa no entre nada de luz para poder tener un ambiente relajado. Detesto la luz.

Algunos años después, ya con el epítome de loco endilgado por esa gente ignorante que teme lo que no conoce, utilizaba a HPL para sondear a las personas y, sobre todo, para buscarme chicas. Jamás he confiado en alguien que se niegue a leer a HPL o que muestre cierto interés.

-No, mi alma, no se trata de cuentos de fantasmas ¡no seas ordinariaaaa! Se trata de cuentos de terror tradicional y horror cósmico proveído por seres antiguos que poblaban la tierra y fueron encerrados en agujeros cósmicos.

-…

Para 1994, ya con 20 precoces años, descubrí internet y me hice de mi primer correo electrónico, a saber: tizaminzoo@yahoo.com. No obstante, antes de sacar mi primera cuenta de e-mail mi madre me enseñó a navegar en Netscape (uh, qué viejo me siento) y recuerdo muy bien que hace 21 años lo primero que tecleé en la ventana de navegación fue: H.P. Lovecraft. Así descubrí una página interesantísima llamada Propping Up the Mythos, en la que te mostraban tutoriales para fabricar cualquier clase de monstruo o elemento perteneciente a la cosmogonía lovecraftiana.

Curiosamente, hace más de una década un viejo amigo me invitó a una estación de radio para hablar sobre Lovecraft. Aquella invitación coincidía con la reciente mudanza a mi departamento de soltero durante la que pillé un virus que me tuvo al borde de la tumba con poderosos dolores en los huesos, fiebres alucinantes y una invasión de pústulas en lengua, paladar, garganta y esófago. No pude ir al programa.

Hoy 15 de marzo de 2016, cuando se cumplen 79 años de la muerte del maestro, quise aprovechar la coyuntura para grabar el tercer programa de Miscelánea Buñuel y hablar de HPL. No obstante, de nuevo, un virus malévolo tiene secuestrada mi garganta y me resultó imposible hacer un programa decente. Por algo será. Al parecer hay algo que el maestro no quiere que revele.


Con el paso de los años, Howard Phillips Lovecraft se ha convertido en un referente que ha ido pasando a través de generaciones como un autor de culto, como un escritor distinto y, por ende, superior a Poe (no veo a HPL en los programas de lectura en las escuelas) en cuanto a la construcción de paisajes, atmósferas y nuevos núcleos de terror. Puntos de fuga que podríamos considerar como adelantados a su tiempo ya que cada uno de sus Primordiales tiene relación con algún elemento natural, una deliciosa analogía respecto a la manera como, en la actualidad, nuestro planeta trata de sacudirse las pulgas.

Cierto es, también, que en la actualidad no existen autores de terror de la envergadura y el poderío de Poe, HPL y los esbirros de éste como August Derleth, Robert W. Chambers y Algernon Blackwood, entre otros. Stephen King, digamos, en comparación con aquéllos “primordiales”, es más del orden de los fruti lupis.

Btxo 2016.



viernes, 4 de marzo de 2016

Limpiando la casa

En los noventas en México se transmitía una serie de televisión de Estados Unidos llamada Mejorando la Casa (Home Improvement), protagonizada por Tim Allen, quien representaba a un personaje cuya afición por las herramientas y el mejoramiento de los aparatos y demás enseres de su hogar lo metía en problemas y acababa rompiéndolo todo. No obstante, el personaje se reinventaba cada vez y se tenía tanta confianza como para intentarlo de nuevo en el siguiente programa.

Cuando en el mundo se estrenó la primera parte de Rápido y Furioso (Fast and Furious) los niños bien y los no tan bien corrieron a modificar sus autos, algunos con buen gusto, otros con poca originalidad y otros con tan mal gusto que un taxi exótico del centro de Jamaica resultaba más sereno y generoso en sus ornamentos. La idea general era “mejorar” el auto aunque en muchos casos no lo lograran.


Un automóvil o una lavadora a los que se les quiere dar más potencia no son más que herramientas tecnológicas, como ahora los teléfonos inteligentes (ya no celulares), pero no son una extensión del cuerpo, aunque en ocasiones parezca que así es.

El mismo efecto de Mejorando la Casa y Rápido y Furioso se desata cuando vemos una de las tantas películas de Rocky y consideramos que tanto tiempo echados frente a Netflix está convirtiéndonos en una especie de tumor o furúnculo adherido al sofá o la cama. Algunos salen a correr, otros entran a un gimnasio, otros más nos convencemos de que el yoga puede ser el recurso de mantenimiento menos invasivo para un organismo que ha enmohecido por tanta inactividad.

Me parece que la frase “limpiar la casa” la he leído en otra parte haciendo referencia justo a la acción de reinventarnos como seres humanos en lo que respecta al físico. No obstante, olvidamos que al mismo tiempo es importante limpiar la cabeza y por ende las emociones, tirando todos los sentimientos negativos que vamos arrastrando. Hace poco una buena amiga me decía que estamos tan acostumbrados a los vicios emocionales que nos resulta muy difícil deshacernos de ellos y por ende es mejor tratar de controlarlos; sobre todo los impulsos. Se trata pues de un mantenimiento integral y multidisciplinario.

Ahora bien, siendo yo un avezado defensor de las comprobaciones científicas me resulta muy difícil creer que un chocho acaramelado va a curarme un mal, por muy reconocido y recurrido que sea el efecto placebo de acuerdo con la ciencia. Al mismo tiempo, reconozco y aplaudo mi desapego total hacia la superchería y los remedios “mágicos” e “infalibles”. No obstante, por esa misma búsqueda de verdades, sé diferenciar entre lo positivo y lo que no ayuda en nada o que se basa en tradiciones ancestrales para potenciar el engaño.


El riesgo de recurrir a la superchería, de acuerdo con la gran cantidad de profesionales de la salud y científicos que he entrevistado, es que el paciente deje de lado su tratamiento médico confiando totalmente en ese estudio de un doctor místico que “cura” la diabetes o el cáncer con células madre de tiburón, por exagerar un ejemplo. Sin embargo, apostando por la paciencia y esta nueva instrumentación emocional que he adoptado al recurrir a la otredad y el respeto a las ideas del otro (sobre todo las de fe), he concluido que es imposible cambiar la forma de pensar de los demás y que mientras no exista desapego por el tratamiento y sus soluciones “milagrosas” no aumenten el peligro, lo mejor es atender a la distancia.

En ese sentido, quienes trabajamos como periodistas de ciencia y salud tenemos la responsabilidad de aterrizar los avances científicos y la obligación de darlos a conocer después de una investigación exhaustiva y la comprobación de las fuentes. Recientemente, la ONG para la que trabajo como Coordinador Editorial, como apoyo de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (COFEPRIS), ayudó a desmantelar una clínica dirigida por charlatanes que había “descubierto” la vacuna contra la diabetes, una mixtura de sangre del paciente con solución salina que se inoculaba tras pasar cierto tiempo en refrigeración y que podía poner en riesgo la salud de las personas que viven con esta condición. Un medio de comunicación (Notimex) cometió la irresponsabilidad de publicar esa noticia como algo veraz sin detenerse a consultar a verdaderos especialistas en el tema.

Después de divulgar la noticia del cierre de la clínica en mis redes sociales, para que quedara asentado su carácter peligroso, y celebrándola como una victoria dentro de la comunidad de diabetes en México, fui tachado de “irresponsable” por no “respetar el libre albedrío de las personas” que decidieron ir por su inyección de solución salina para “curarse” su diabetes (afortunadamente todo se detuvo antes de las primeras inyecciones). Inquisidor y Nuevo Torquemada, me dijeron. Dichos epítomes, vertidos por periodistas, no causaron mella en mi persona y mi labor como periodista ético y responsable, pero sí me preocuparon por la facilidad con que cualquiera hoy en día puede hacerse pasar por periodista especializado y verter información errónea y sobre todo peligrosa.

En ese tipo de casos mi ética me conduce a no tener paciencia y a no respetar ideologías e información que pongan en riesgo a las personas. Y más aún, porque me resulta placentero lanzarme en esa cacería de brujas. Es mi labor, mi obligación y mi responsabilidad. De otra forma, quien se encuentre en esta fuente y no lo considere así, bien, en TVNotas constantemente aparecen convocatorias para reporteros.

La diferencia radica en lo invasivo y lo emocional. Si una solución meramente emocional, como pueden ser rezar o meditar, no invade el curso de un tratamiento médico puede significar un aliciente porque la situación se enfrenta de otra forma, quizás con mayor tranquilidad y seguridad porque se trabajan cuerpo y mente. Las risas francas y las emociones positivas no curan una enfermedad pero sí te dotan de calma y seguridad para llevar un proceso. No obstante, la inoculación de una sustancia extraña o una intervención no comprobada científicamente es otra cosa y debe ser no sólo analizada sino atacada y extirpada de la cosmogonía del ser humano. Borrada hasta que no quede rastro.

Afortunadamente, durante los procesos de cambio que he ido advirtiendo en mí, gracias a la conducción de una persona especializada en cuestiones emocionales y sobre todo terrenales, he descubierto que aún sin padecer alguna enfermedad es necesario limpiar la casa, la mente, para abordar los días de diferente forma.

Si hacemos un repaso a conciencia sobre cómo abordamos los días, y al mismo tiempo realizamos un inventario de los pensamientos o acciones negativas que tenemos durante el día, nos daremos cuenta de la necesidad de activar un cambio sencillo que nos facilite la vida en esta vorágine de histeria que serpentea junto a nosotros en la sociedad que vivimos.

El éxito de los libros de superación personal, literatura de superchería, radica en aprovechar la ignorancia y la necesidad de las personas que buscan un cambio inmediato sin darse cuenta que las soluciones vertidas por autores despreciables (por abusivos) son elementales. Se trata de soluciones que están a la mano pero que nuestra ausencia emocional no advierte por los vicios de los que hablábamos líneas arriba y que son mejor apreciadas si vienen en un libro con cubierta colorida y promesas de éxito instantáneo en sus balazos.

Basta con hacer un ejercicio muy sencillo para darnos cuenta que nosotros mismos somos nuestros propios autores de nuestra propia superación personal. Salgan a la calle con una idea de no confrontarse con la histeria general y, al volver a casa por la noche, pregúntense no sólo si durante el día hicieron algo bueno por otra persona, sino, principalmente, si hicieron algo bueno por ustedes mismos más allá de tunear su coche o bajar una nueva aplicación en su teléfono inteligente.

Quizás sea más sencillo si arrancamos el día con una de nuestras canciones favoritas.

Btxo, 2016



sábado, 27 de febrero de 2016

Quiero ser un fantasma

Alguien me comentaba hace poco, aprovechando que mi pequeño umbral de tolerancia hacia la superchería andaba de buenas, que los fantasmas que se aparecen en las casas son energía que se queda, o bien que son entes (sic) que no concluyeron su misión en la Tierra. No sé. Sí he visto fantasmas y he sido testigo de fenómenos a los que no se les puede exprimir lógica alguna.



Soy toda una enciclopedia de contradicciones, pero es un rasgo que me gusta mucho de mi personalidad. No creo en los remedios mágicos (milagro) ni creo en los milagros (sino en las casualidades amables) pero sí creo en fantasmas. En ese caso, la explicación de la energía que se queda es la que me gusta más. Y más aún, porque pienso en la posibilidad de que los seres vivos también andemos regando energía por ahí. Energía que se queda en cada casa o lugar en el que estamos el tiempo suficiente, en una o más ocasiones.

En su novela Nueve Aquitania, el escritor jarocho-catalán Jordi Soler presenta un personaje de hechuras curiosas. Se trata de un hombre francés cuya labor es hacer de doble de Jean Paul Belmondo en algunas películas. Lo curioso es que en la vida real aquellas viejas películas francesas recibían un tratamiento de audio posterior a la filmación y en muchas ocasiones la voz del personaje que habla no está muy bien secuenciada con el movimiento de los labios por lo que a veces hay movimiento sin voz y voz sin movimiento. En muchos casos es la voz la que se retrasa. Cuando el narrador de Nueve Aquitania se encuentra con el curioso personaje en Lisboa, éste le cuenta que debido a un defecto provocado por su labor como doble de Belmondo su voz sale retrasada. Después de una sesión de quema de hachís en la terraza del narrador, éste refiere que a pesar de que el doble de Belmondo se ha ido a su casa todavía puede escuchar algunas frases inacabadas.


 
Jordi Soler
Recientemente mi padre y yo, sentados mirando el futbol en la sala de su casa, escuchamos que alguien tosía dos veces en el piso superior, algo completamente extraño porque estábamos solamente él y yo en la casa. Miré a mi padre –quien en ese momento presentaba una tos algo severa– con ojos de “qué carajos fue eso y dime que tú también lo escuchaste”, y él, impávido me dijo que había sido él, que había olvidado un par de toses cuando había subido al baño. Algo así. La ocurrencia me gustó pero sigo pensando que quizás la presencia de la casa tiene tos aunque la teoría de mi padre no fue desechada y me pareció sumamente literaria.

Repasando algunas publicaciones en redes sociales de amigos, observé la fotografía de un lugar al que me gustaba mucho ir los fines de semana. La imagen (en esta manía que tenemos por retratar la comida) solamente muestra una taza con café y un plato con un pan sobre un mantel de bordado fino. Al ver dicha fotografía y relacionar algunas sensaciones tuve la misma impresión de paz y remanso que me invadía de chico al observar por la noche una ventana iluminada. No obstante, no pensé en el efecto que esa imagen podía tener en mí sino lo que yo pude haber dejado ahí.



Es posible que no seamos conscientes de lo que vamos regando por ahí. Cuando me mudé al departamento de mi abuela, a pesar de que no me quedé con alguna de sus cosas a causa de un saqueo bárbaro de corte fraterno, a cada momento olía su perfume o escuchaba su carraspera característica como si no se hubiese ido.

Ahora bien, la pregunta es con qué frecuencia somos habitantes de la memoria persistente de un lugar y cómo afecta, o no, a quienes siguen viviendo ahí. Acaso se nos relacionará con algún mueble, con la taza que siempre utilizabas, con el cojín que te ponías en la nuca. Y, sobre todo, qué será mejor. ¿Ser parte de la memoria persistente de un sitio o no ser recordado? Lo más seguro es que por la frecuencia de las asistencias y el derrame de buena vibra sí quede nuestra huella en aquellos lugares en donde nos hemos sentido a gusto. El mayor problema, créanme, no es para nosotros sino para aquellos que quizás no quieren recordarnos y tienen que vivir con nuestra presencia día a día. Eso es lo más cercano a ser un fantasma.

Btxo, 2016.





miércoles, 3 de febrero de 2016

Sin peros: No. 1 Preocupación ejemplar

¿Alguna vez nos hemos preguntado qué bien hacemos por los demás o por el país o el mundo en el que vivimos? Aparentemente no muchos y los pocos en menor medida. Y acaso, además, ¿sabemos que es posible hacer el bien sin proponérnoslo siquiera?

Vamos por partes. El beneficio que podamos facturar hacia alguien más siempre va a dejarnos una sensación de regocijo y tranquilidad, más lo segundo que lo primero, por el simple hecho de haber realizado una buena obra sin ningún beneficio para nosotros más allá del ya mencionado. Es decir que el verdadero bien no es lucrativo. La acción por sí misma y sobre todo las intenciones. Cuando hacemos el bien esperando algo de los demás entonces ya estamos estableciendo un negocio. Y no va por ahí.


No obstante, estamos hablando de intenciones, aunque también podemos referirnos al bien que hacemos de manera indirecta, sin saberlo.

Va un ejemplo: pongamos, sólo pongamos, la hipótesis que señala que en este momento todos nosotros estamos estrenando una relación de pareja y los involucrados tenemos una vida pasada inmediata que es importante obviar mas no ignorar. Obviar es que algún pasaje reciente, o los motivos de la disolución, sean escuchados sin que mermen la relación actual porque la otredad es importante. No obstante, entre nosotros puede haber quienes sí se sientan amenazados y directa o indirectamente sienten desprecio por la anterior persona que compartió su vida con su pareja. Aquí hay un rasgo importante de ignorancia en cuanto a nosotros mismos porque dudamos de nuestra capacidad.

Lo contrario de hacer el bien no es hacer el mal sino ser egoísta. Si nos ponemos terrenales la solución está más a la mano: la ex pareja de tu pareja no sólo no tiene idea de quién eres sino le importa poco si la desprecias o no; ahora que si nos ponemos místicos las cosas son un poco más complicadas pero igual de satisfactorias porque despreciar u odiar no sólo gastan nuestras energías sino nos ponen de mal humor y eso afecta el desempeño de un día común, está comprobado que la concentración se fuga por muchos boquetes por muy budista y meditador que seas, vaya ¡ni levitando, carajo! Sí es posible que esa persona sea un pain in the ass para la estructura relajada o novicia y en construcción de tu relación, sin embargo, el que ésta se vea intervenida por la otra persona depende mucho de uno mismo. Esto en el caso de un trato inexistente o pasivo con la otra persona, porque si dicho trato es constante, bueno, se establecen barreras y punto, pero para ambos casos la solución es la misma: analizar qué papel representa cada uno. Quizás tu ex colega (o socio, como muchos le dicen) fue quien terminó aquella relación o la responsabilidad recayó en tu pareja. Sin importar quién haya tomado la decisión podemos asegurar que aquella persona hizo algo que directa o indirectamente provocó el rompimiento que ahora te tiene en el lugar que siempre quisiste estar. Eso quiere decir que indirectamente te hizo un bien y quizás, muy en el fondo, porque también está cabrón andar reconociendo esas cosas en público, debes sentirte agradecido.

Lo mismo puede ocurrir en el trabajo o la oficina o el equipo de estudio. Si existe una persona holgazana o que no permite el buen flujo de las cosas y eso te obliga a trabajar más, agradece e ignóralo porque batallando no llegarás a ninguna parte. Porque, además, al aumentar tu trabajo aumenta tu experiencia y estás ganando algo, además del obvio reconocimiento de tus otros compañeros así como los del jefe o el maestro.

Hace poco un viejo colega de andanzas, que sigue siendo un habitual en los bajos mundos, me comentaba que consiguió una buena mesa en un bar del Centro porque un individuo se la prometió si a cambio le daba una propina. Al obtener la mesa le dio 50 pesos y el chico, emocionado, le dijo que muchas gracias y que con eso iba a comprar piedra para ponerse hasta los aparejos. “Me sentí tan mal –me dijo mi viejo colega– que quise quitarle el billete, aunque lo pensé mejor y le dije que ya era su responsabilidad y que yo en su caso no haría eso. Me contestó ‘sí, pero tú no eres yo’”. Le comenté a mi amigo que había sido decisión del muchacho y que en eso no podemos tener injerencia. Si la decisión de otra persona nos afecta, más que ponernos a la defensiva hay que comenzar a pensar en una solución que satisfaga a todos. Eso también es hacer un bien.

Y todo esto viene a cuento después de haber leído la cantidad de comentarios en redes sociales respecto a la visita de Yoko Ono y el papa Francisco a nuestro país.

En ese sentido, tanto la religión como el arte conceptual son dogmas que si a nosotros no nos interesan basta con ignorarlos, aunque para muchas personas, por su educación y su entorno e idiosincrasia, sean temas importantes. Lo que en todo caso se ataca no es el concepto en sí sino la desinformación, la cual sí afecta a las personas, sobre todo a quienes no tienen el bagaje suficiente para desarrollar un criterio amplio. ¿No acaso los intelectuales presumimos de un criterio amplio? ¿Entonces por qué no lo aplicamos?

En mi caso puedo decir que soy una persona bastante crítica y acidita en muchos temas porque tengo el interés de informarme. Ricardo Arjona y Maná, por ejemplo, son elementos de la cultura popular, tanto como el papa Francisco o Yoko Ono, no obstante, mi crítica se orienta hacia los dos primeros porque su música me parece deplorable y a mí me gustaría… repito: A MÍ ME GUSTARIA que las personas, sobre todo los jóvenes, tengan el interés de conocer cosas más allá de lo evidente, como dice León’O. No conozco a Arjona personalmente pero sí conozco a Alex, tremendo baterista de Maná, al que alguna vez le comenté que veía su talento desperdiciado al estar en un grupo así. Es decir que se critica el concepto y no a la persona. Total, no tengo discos de Maná y si lo ponen en el micro le subo el volumen a mis audífonos. Al decir: no escuches a Maná, mejor chécate este disquito de Madredeus o de Deodato, intento hacer un bien, aunque se me brinde un avionazo tipo jumbo, ya por mí no quedó.

Por ello, antes de criticar a una persona o un concepto pensemos en si nosotros hacemos algo por el mundo o por nuestro entorno como puede lograrlo esa persona o ese concepto, nos guste o no. Finalmente es más la gente a la que le gustan Maná y Arjona y, lo que nos queda, es expresar la idea y volver a nuestros pensamientos, esos por los que sentimos tanto celo.

Btxo

(En esta entrada jamás se redactó la palabra “pero”)




viernes, 29 de enero de 2016

Vecino blanco | Vecino negro (todo comienza en casa)

La vecindad no es un edificio horizontal, como siempre nos han hecho creer, sino la acción de convivir, bien o mal, con quienes compartes condominio. Por lo general, en todas las residencias que he tenido, que no han sido muchas en realidad, he tenido buenos vecinos.

Ser un buen vecino va más allá de dar los buenos días, las buenas tardes o las buenas noches. Se trata de colaboración en muchos sentidos.

Cuando una vivienda se vacía tras la partida de un buen vecino queda una sensación de intriga por saber quién o quiénes ocuparán su lugar.

Un condominio es un microcosmos de la sociedad en el cual conviven personajes de edades, gustos y orígenes diversos. Existen los extremadamente sociables, los entrometidos, los huraños, los cordiales, los misteriosos y hasta los famosos. Estos últimos pueden traer consigo tanto beneficios como desgracias. La privada en la que vivo ha albergado personajes como Jorge Ibargüengoitia, Macaria y Manuel Felguerez y también fuimos vecinos de calle, por decir, de Alejandro Encinas cuando entró como jefe de gobierno del Distrito Federal en sustitución de AMLO; y no está de más decir que durante dicho periodo de tiempo ésta fue la cuadra más segura de la otrora Capital del país. Ahora tengo el gusto de saludar, casi cada mañana, a la escritora Mónica Lavín.

Alguna vez fui vecino de edificio de una actriz de Televisa muy amable pero cuyo nombre he olvidado, quien organizaba sendos pachangones con sus colegas que no sólo hacían cimbrar los cimientos sino dejaban un tufo a alcohol y marihuana tan pedestre como analogía de las telenovelas que protagonizaban, o bien alguna pareja invitada, que supongo no alcanzaba habitación, acababa haciendo el amor en las escaleras tan incómodas para esos menesteres como si este edificio, en lugar de ser una morada respetable, se convirtiera en el Hotel Chelsea. Luego la actriz se fue y la calma aterrizó de nuevo.

En los últimos años en mi edificio han ocurrido intentos de suicidio (dos), un incendio, dos fugas de gas, una carambola a la una de la madrugada protagonizada por un borracho que se llevó cuatro coches estacionados (dos de ellos sin seguro), un albañil electrocutado y con medio cuerpo chamuscado y sendos temblores que nos obligaron a convivir en las escaleras dando las buenas noches mientras, apresurados y apenados, bajamos en pijama cargando laptops y al gato o el perro.

Todavía recuerdo cuando en mi infancia (he vivido aquí gran parte de mi vida) los vecinos convivían en sendas posadas, Jornadas Cervantinas en septiembre, conferencias interesantes en el local vacío, invitaciones a fiestas, etcétera. No obstante, eso se ha terminado y ahora, lejos de la buena vecindad, los vecinos parecen convivir en un eterno jaripeo protagonizado por sus odios y pulsiones. Ahora tenemos al funcionario de la delegación Coyoacán que construyó una casa enorme y regularmente organiza fiestones con reguetón a todo volumen hasta el amanecer (las quejas no prosperan); una “ecologista” con dos perros a los que lleva a cagar a los jardines sin recoger las heces y que también tiene poco pudor para expresar el placer que experimenta con el amante en turno (debería cerrar las ventanas); una exadministradora no residente pero vecina de calle que no entrega cuentas claras; y un sinfín de malos modos y carotas que han sustituido al buenos días vecino, cómo le va con el frío.

Y esto viene a cuento a causa de la colección de quejas por el rumbo del país que uno lee en las redes sociales o escucha cuando sale a tirar la basura. Anteriormente, si una fiesta sobrepasaba los decibeles civilizados bastaba con acudir y recomendarle al vecino, amablemente, que no la joda, que qué bueno que se divierte con sus cuates pero ya no son horas de escuchar Sopa de Caracol como si se tratase de una convención de sordos. Al vecino de la fiesta de hace un momento, por ejemplo, en vez de ir a tocar a su puerta, los quejosos lanzaron un ladrillo al parabrisas de su coche y por poco le cae al Uber en el que yo venía llegando. ¿Hay necesidad?

El peligro de no saber administrar los odios y las preocupaciones por el rumbo que toma el país va restando civilidad en las personas, y no sólo eso, sino nos hace poseedores de una verdad que no conocemos y, encima, nos dota de superpoderes al creer que en nuestras palabras está la solución cuando en realidad no entendemos sobre qué estamos discutiendo.

¿Es necesario? Quizás pecamos de inocentes quienes pensamos que existen otras vías para cambiar el país, como trabajar individualmente en el manejo de dichas pulsiones, pero si es posible intervenir el disgusto mañanero del vecino soltando una sonrisa, o invitándole una cerveza si tienes el volumen alto, buscando la empatía, por qué no nos organizamos por ir infectando a los demás con una buena actitud con base en la empatía y el respeto.

Si somos realistas nos daremos cuenta que no podemos modificar en gran medida las decisiones de las altas cúpulas pero sí es posible crear microcosmos organizados de colaboración para, por ejemplo, apoyar al protohipster que tiene su huerto en su azotea en vez de ir al supermercado, pagar un cover ínfimo en un concierto de una banda emergente en vez de gastar dinero en ir a ver a Moderatto con Salamandra Guzmán, o comprar un adorno a la vecina que teje en vez de ir a un mall.

Repito, la empatía y la colaboración son la clave para ir destensando este nudo que cada vez aprieta más. De otra forma, si apostamos por el individualismo egoísta, seguiremos siendo el México que no da el paso al peatón, el México que se mete en la fila, el México que no paga impuestos, el México que encaja una llave sobre la pintura del auto nuevo del vecino, el México que no baja el volumen a sabiendas de que se entromete en el espacio del otro, el México que se roba la señal Wifi.

Pensemos, nomás.

Btxo, 2016


lunes, 4 de enero de 2016

Ser o no ser... como José

Clonado de un meme italiano llamado Sii come Bill, Sé como José, de acuerdo con su autor, pretende, y no, ser una guía de comportamiento en redes sociales para reducir el troleo que tanto gozan quienes se ven rebasados por las posibilidades de una red social y no pueden contener su entusiasmo por darse a notar de mala manera.


En otras entradas ya hemos señalado de qué adolecen aquellos que ven en el troleo de un post o en el asalto de un muro ajeno su única forma de convivencia y que a su vez alimenta su muy pequeño umbral de autoestima.

A estas alturas ya todos habrán visto de qué va el buen José y lejos de comprender uno de sus significados, han comenzado a generarse imitadores que realizan específicamente lo contrario a los preceptos que pregona este tío.  

No obstante, más allá de los motivos por los que fue creado Sé como José, pueden leerse los resultados involuntarios de un experimento en redes sociales, principalmente en Facebook.

El perfil del buen usuario en FB y Twitter difiere en muchos sentidos pero guarda ciertos lineamientos de educación personal –que no de control porque se contrapondría a la esencia de internet– que permiten la fluidez de un verdadero diálogo de construcción y comunicación, motivo principal de las redes sociales.

En lo personal José no me cae bien, aunque sus razones sean plausibles en cuanto al respeto de creencias religiosas o de fe, no obstante, sí me parece prescindible, ñoño y mojigato cuando se trata de fundamentar el respeto hacia ciertos gustos personales merecedores de toda crítica constructiva.

Lo interesante de esto es, como decíamos líneas arriba, advertir la cantidad de trols que se han dedicado a ridiculizar a José como si se tratase del prefecto de la secundaria que parecería no merecer respeto porque él no pone calificaciones.

Y más aún, porque lo que en realidad está consiguiendo este meme es desnudar (más) el idiotismo crónico del usuario promedio.

No puede haber mejor representación de un ñoño o de un paria sin autoestima que la figura trazada de forma elemental con bolitas y palitos: tanto el ñoño como el trol carecen de chiste. Peor aún aquel enmascarado o ausente de efigie y personalidad que likea o comparte las publicaciones piratas de José o los nuevos personajes.

Así es que más allá del buen chiste y la ocurrencia, siempre necesarios en redes sociales, lo que tenemos frente a nosotros es un vertedero de vaguedad propiciado por la hipocondría del saber que se genera en Facebook a causa de las carencias intelectuales del usuario promedio.

Finalmente, el autor fantasma de Sé como José resultó un provocador nato que consiguió que muchos cayeran en su trampa. Y eso es, para el iconoclasta, delicioso. Si lo sabré.

Btxo, 2016.