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sábado, 23 de mayo de 2015

Gatos, llaves y el control remoto

Yo estaba enamorado de Alabama. No era un secreto pero nadie hacía un comentario al respecto. Suponía que para los demás era normal que alguien se enamorara de ella. O quizás a nadie le interesaba. También era posible que nadie lo notara. En fin.

            De Alabama sabía tres cosas: que le gustaba el cine, que su último novio se había suicidado y que besaba muy bien (ella, no el occiso).

            Cuando supe que besaba muy bien también me enteré que se llamaba Alabama porque en ese estado norteamericano la habían concebido sus padres.

            Nos besamos en el cine y de regreso a casa me relató el asunto de su novio. Íbamos de la mano y noté un discreto temblor en sus dedos, entrelazados con los míos, cuando me contó el motivo del suicidio. Que ella, en venganza porque había encontrado una carta muy doblada y perfumada sobre la mesa del comedor, con maneras y remitente que no eran suyos, se fue del departamento con los dos juegos de llaves, el suyo y el del interfecto, después de conjugar una rabieta, cerrando con doble llave.

Quienes hallaron el cadáver juran que también estaba muerto el gato. Tenía el cuello roto. “Era un gato muy cabrón que se la pasaba maullando todo el tiempo”. Dijeron que lo escucharon maullar toda la noche y de pronto se hizo el silencio. Dijeron que el muchacho se volvió loco por los maullidos porque no podía salir y el animal no se callaba. “Primero le rompió el cuello al gato y después se suicidó”. Maldito animal, pensé.

-Me siento culpable –me dijo.

-Si querías joderlo habría bastado con esconderle el control remoto de la televisión. Eso vuelve loco a cualquiera –le dije.  

-No se me ocurrió.

Esa noche Alabama y yo hicimos el amor.

Cuando las cosas fueron tomando forma y ella me visitaba en mi departamento procuré, por mera precaución, no darle un juego de llaves ni dejar a la mano el control remoto de la televisión.

Con Alabama pasaba una cosa rara y es que después del orgasmo los ojos se le ponían color grosella. Tardé en darme cuenta de semejante efecto especial porque exclusivamente cada vez que yo respiraba me entretenía en entender cómo podía yo eslabonar mi vida con la de una mujer como Alabama que parecía sacada de una revista. Es decir, si ella hubiese sido actriz y nos separara el grueso cristal de una pantalla de cualquier manera me habría enamorado de ella. Comenzaba a temerle a la materialización de la fantasía. Algo tendría yo que pagar en esta vida, o en otra, nomás por semejante favor. Es como un karma positivo, algo así. La cosa era que yo ya le salía debiendo al destino.

A partir de aquella ida al cine mi vida se había convertido en una consecución de escenas de una dignísima chick flick británica.

Una vez de plano le pregunté por qué razón era mi novia. Ya no aguantaba la estática. Esa duda comenzaba a crecer con todas las propiedades de un tumor y más me valía estar al tanto de todas las incidencias para no sorprenderme cuando el final feliz se enlatara y diera paso al final alternativo, ése que nadie quiere ver y que se queda en los extras del DVD nada más para demostrar los niveles de saña que tiene un guionista.

-Es muy sencillo: estoy contigo porque me quieres y no andas jorobando todo el tiempo con que soy bonita.

Me mordí los labios con una ansiedad digna de diagnóstico y prescripción médica.

Entre las coincidencias que nos ataban a esa puesta en escena destacaba el que Alabama hubiese asesinado indirectamente a su novio y yo viniera de aniquilar a mansalva la relación de mi vida. Por eso pensaba en el karma. No me quitaba esa idea de la cabeza. Nadie tiene tanta suerte.

Aquella escritora por la que suspiraba como el gato que mira el escaparate de la pescadería finalmente había cedido a mis ruegos y yacía en mi cama, recuperándose de un orgasmo marca llorarás, enredada entre mis sábanas.

El día que la conocí pensé que ella era la prueba viviente de que los milagros existían pero un buen amigo me señaló, sin mucho fruto, que así como yo la amaba sin conocerla en otra parte había alguien que no la soportaba.

-¿Cómo lo sabes?

-Porque estuve casado con ella un año.

Hasta ahí el consejo y la amistad. Salí de su departamento con el control remoto de su televisión en el bolsillo. Luego lo tiré en una coladera.

Semanas después tuve que darle la razón.

Alabama y yo íbamos tanto al cine que no necesitábamos ver televisión. No obstante, comencé a temblar una noche después de hacer el amor cuando la televisión se encendió de milagro. Abrí mis ojos de una manera tan peligrosa que creí que los globos oculares saltarían de sus cuencas.

-¿Tú encendiste la tele?

-Ni modo que el fantasma… Andas muy distraído, chiquito, encontré tu control en el cajón de las cucharas.

Tragué saliva. Aquella señal era el principio de la debacle, la bandera de salida, el semáforo en verde, el pistoletazo del maratón de nuestra ruina.

El siguiente paso fue pedirme un juego de llaves y al día siguiente, cuando me preguntó si se veía bonita, regalé al gato. Yo temblaba como el cerdo que se sabe cena.

Finalmente se fue. Quizás mi miedo la ahuyentó o yo no entendí el propósito de esa fase nuestra. Fue poco antes de que me dijera:

-Te amo.

-¿Eh? Interesante.

No puedo decir más al respecto. Quién dice que el juicio final no está cerca. Less you know, best you live!

Mi vida volvió a ser el guión de la peor película de Alfonso Zayas.

Meses después de aquello, un amigo y yo bajábamos unas cañas de cerveza en conocida cantina del centro mientras veíamos a un par de borrachas flirtear con el mesero para que les hiciera un descuentito y charlábamos sobre la manera como el destino y sus vueltas de carrusel se ensañan con uno.

-He invitado a una chica, si no te molesta –me dijo.

-Para nada –dije con bigotes de espuma–. Pero cuéntame, ¿de dónde salió?

-Es de tu círculo.

-¿Ah, sí?

-Oh, sí, justo va entrando, mira.

Al voltear observé que Alabama iluminaba la cantina con ese halo perpetuo de luz azulosa y alzaba la cabeza para tratar de encontrarnos.

-¿La conoces?

-¿Tienes gato?

(Btxo, 2015)

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