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sábado, 17 de diciembre de 2016

El mundo futuro: Trump, Los Cadillacs, Texas y el nuevo himno nacional

Hace poco, a propósito del Vive Latino 2017, señalaba en mi espacio editorial de Rock 101 que Los Fabulosos Cadillacs –sí, aún existe– tocaría (en singular porque hablo del grupo) en uno de los escenarios de ese festival que debería llamarse mejor el Granero Latino, por tanta paja (¡qué bueno que esto no es España!), y sugería, sólo sugería, que la cosa sería estéril porque el grupo le canta a un mundo que ya no existe. ¿Por qué? Porque los chairos de antes no son los chairos de hoy. Y no es que el chairo pasado fuese mejor.


“Chairo pasado no mueve la marcha” sería un buen refrán para dibujar este asunto, y miren que detesto las frases hechas.

Siempre he pensado que las frases hechas y los refranes ayudan a la gente a no pensar. Es decir: ¿para qué digo algo inteligente de mi sagaz autoría si puedo repetir lo que vomita todo el mundo? La cultura milenaria del copy paste. A la gente que usa frases hechas o refranes le da miedo pensar por sí misma. Alguna vez, harto de escuchar que algunos de mis amigos y conocidos usaran frases hechas y refranes, y harto también de poner cara de orto cada vez que alguien salía con alguna estupidez antihigiénica como “en boca cerrada no entran moscas”, les dije que todo el día usaría frases hechas frente a ellos para que su ignorancia y su flojera mental se vieran reflejadas en mí, a ver si les daba un poco de vergüenza. Así lo hice, les valió madre la lección y me sentí tan imbécil que por poco voy y solicito beca en algún CRIT del Teletón porque fue tal mi retraso mental, pasajero pero bien cabrón, que ya comenzaba a sentir en el pecho los colores del América. Lo peor es que los usuarios de frases hechas y refranes se sienten cultos. Y leen a los Bucay.

Luego me sucede que desarrollo mi propio arsenal de frases hechas, con cierto toque de sofisticación, y nadie me entiende. Ah, ya sé, todos dicen la misma estupidez una y otra vez porque se entienden entre ellos. Es decir: las frases hechas están diseñadas para que emisor y receptor no se vean en la penosa necesidad de tener que pensar. Hasta ahora el mejor piropo involuntario que alguien me ha lanzado no fue referente a mis nalgas sino a que constantemente hago bromas sofisticadas, igual nadie se ríe pero el piropo vale la pena.

Total que viene Los Fabulosos Cadillacs a México por enésima vez (¿quién tendrá más sellos mexicanos en sus pasaportes: Los Fabulosos… o Placebo?) y por enésima vez se les festeja la visita porque no es que los mexicanos tengamos memoria ni seamos excelentes anfitriones ni nos pegue la nostalgia sino que nos provoca una hueva total tratar de entender y acostumbrarnos a bandas nuevas que, de paso, ya no usan trompetitas ni saxofones ni congas para tratar de pasar por latinos. ¡Pinche Saúl Hernández ése fue el legado de le dejaste al país! Además México consume todo lo que viene del otro lado de cualquier frontera, inclusive desde Monterrey. Y hasta eso los chairos se han visto sosegados porque ya los veo en Change.org pidiendo firmas para que La Célula que explota sea el nuevo himno nacional. ¿Qué no aprendieron nada de Gustavo Cerati?

Lo que Vicentico y sus huestes no entienden es que el escenario del nuevo orden mundial es el espejo negro de los dispositivos móviles, y que los adeptos a las marchas vitorean y postean estrategias de contradefensa desde el sofá que su mamá les compró, idéntico al que tenía Coco Chanel en su atelier (¿checaron qué gracejo más sofisticado?), mientras se empinan una cerveza artesanal que pidieron a domicilio al Superama. Obviamente, como fondo musical parido por la bocina Bose bluetooth Soundlink III, alimentada desde el iPhone y que descansa en una credenza Limoge Handles con base de porcelana, suena Mercedes Sosa.


Como mencioné también en mi editorial en Rock 101, el único músico cuyo impacto disidente a nivel global se mantiene como un must es Roger Waters, a pesar de que los millennials menos enterados piensen que The Wall es una ópera rock dedicada al muro de Berlín o, en el peor de los casos, que el británico la compuso a propósito del muro de Trump (¡Viva México, chingao!).

Ya veo a Los Fabulosos Cadillacs apoyándose con imágenes de Trump al momento de tocar Mal bicho. “¡Puuuta, qué originales, goeeeey, eso no se ha visto nunca, paps”, dirá el estudiante de maestría en Mundo Contemporáneo de la Ibero que luce playera del Ché Guevara y graba el concierto en su iPhone dorado para subirlo a la nube, “goeeeeeey, estos maestros son la vanguardiaaa, caún”.

Y Vicentico: “Veamo’, pibes, una puteada al boludo rompebolas de Tramp, ¿viste?”… Y la masa: fi fi fi fí fiiiiiiiiií!!! y: eeeeeeeeeeeh, puuuutoooo!!! Tanta mentada contra Donald Trump y yo que quiero lanzarlo como candidato para delegado de Coyoacán.

Y sigue Vicentico: “porque el tipo es un brisco (insulto homofóbico) parido por mil putas y sha que reviva Galiano (sepa por qué se tragan la “e” siempre esos weyes) pa’ que le dé una patada en el orto al abombado conchesumadre”. Y la masa: “wiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii”.

I mean… ¿Qué no tendrán Twitter estos cabrones que no saben que esos insultos, y peores, se postean a diario arrobando al mismo Tramp? Puede, sólo puede que el concierto de Los Fabulosos Cadillacs –sí ésos que están contra el imperio estadounidense pero se robaron el nombre de una banda de Texas (¡encima Texas!) llamada The Fabulous Thunderbirds– tenga éxito si va por Skype o al menos lo periscopean de vez en cuando. Si no, no hay forma.

Porque para cuando toquen Manuel Santillán, El León, los menos enterados, que estarán inventando el hashtag adecuado, se preguntarán si esa canción se trata de un defensa de Boca Juniors o Gimnasia y Esgrima de La Plata, y si ya lo compró el América junto con cuatro abanderados.


Por ello, para causar impacto, Los Fabulosos Cadillacs tiene que actualizar sus canciones. Mal bicho debería llamarse Millennial o Nini; Vasos vacíos debería ser algo referente a Me dejaste en visto, por aquello de las palomitas azules sin respuesta; Matador sería algo así como Ganar-ganar; Siguiendo la luna algo como Buscando señal wifi sin contraseña para whatsappear mi ubicación en la marcha y que Ríos de lágrimas termine siendo ¡Mierda!, no tengo datos.

A ver, no sé si entiendan los neo chairos pero las venas abiertas de América Latina ya son wireless. Cuando Vicentico cantaba solo estaba mejor porque era menos petulante y cretino.

Por eso Los Fabulosos Cadillacs va a cantarle a un mundo diferente, porque la única revolución que ha servido para algo fue la que comandaron Obi-Wan Kenobi y Luke Skywalker, y sin internet.

Y sí, hay mejores y peores… La bailo como fondo musical, pero de que hay diferencias, bastantes. En su momento fue…, mh, digamos, intensa. ¿Hoy? Palabrería adosada a la nostalgia. Además me la dedicó una ex, ¡y eso mola! ;)

El Bicho, diciembre 2016.



martes, 6 de diciembre de 2016

Crónicas de Robert Plant en mi edificio…

Por Btxo


El día que Robert Plant se mudó a mi edificio (1 de 3)

La nueva vecina, que es psicóloga, ya se ganó el desprecio de otra vecina, que es divorciada y solterona –y por ende malhumorada–, porque la primera de viernes a sábado y de sábado a domingo digamos que inunda el hueco de las escaleras, cuyo eco es poderoso, con los gritos con que nos sugiere, digamos, que su novio debe ser muy buen amante. Bien por él. Y por ella, supongo…  


La vecina rijosa expuso su queja en una minijunta vecinal con sede en el primer rellano de las escaleras, a la que asistimos quienes vivimos en este edificio, y nos señaló que semejantes clamores, que comparten tesitura con los de Robert Plant, podrían confundir la percepción del amor que tienen sus hijos adolescentes… 
 
-Nada peor que los espectáculos que dabas con tu marido en tu sala cuando seguías casada y no cerrabas las cortinas –profirió otra vecina en defensa de la soprano recién llegada.  
-¿Te molestan los gritos? –me preguntó un buen vecino que es fotógrafo, recordando que Robert Plant vive en el departamento debajo del mío. 
-Prefiero eso que los alaridos de un bebé o los de una madre (miré de soslayo a la rijosa al enfatizar la palabra “madre”) que les grita a sus hijos por cualquier estupidez.   
-Efectivamente –dijo la señora Laurita aferrándose a su tejido.  
-¿Eso quiere decir que tenemos que aguantar los resultados de la coged…?  
-¡No seas soez! –arremetió la señora Laurita–. Y tampoco envidiosa, la muchacha está joven y disfruta sus noches.  
-Gracias por lo que me toca –dije al aire.  
-¿Tú eres quien la pone así? –preguntó Laurita con los ojos como los del gato Tom cuando ve que su cola está en llamas.  
-No, pero dijo “la muchacha está joven” y debe tener como mi edad –sonreí.  
-Oh, de nada, pues, joven –enfatizó y nos carcajeamos.

Así concluyó la minijunta.   

-Yo ni he escuchado nada –se lamentó hondamente el fotógrafo veterano mirando la punta de sus zapatos.

Esto fue hoy en la tardecita y hace rato la castidad de mis audífonos fue violada por el concierto en Orgasmo Mayor con el que la nueva vecina colorea, digamos, las noches otrora aburridas del edificio. Entonces supe que debía hacer algo, así es que bajé por mi vecino Juan, el fotógrafo, y lo invité al rellano de mi escalera.  

-¿Para qué? –preguntó todo empijamado.   
-Tú ven y tráete los cigarros.  
-¡Qué maravilla! –dijo cerrando los ojos para escuchar el concierto.

Coyoacán, 3 de septiembre de 2016


El día que conocimos al novio de “Robert Plant” (2 de 3)

Resulta que cuando se arregla, la nueva vecina, sí, la de los alaridos emparentados con la capacidad vocal de Robert Plant, parece la hermana guapa de Bárbara Mori. Ahí les encargo.

Y todo esto lo supe porque hubo junta vecinal, en la que no me aparecí por estar enfermo, y la interfecta se apersonó para ver si, de pura casualidad, el lío de sus gritos estaba en la orden del día. Según supe, nadie dijo nada pero, por lo que el espía me contó, todo el mundo los tenía en mente.

Pero aquí viene lo bueno, porque resulta que hace rato subió mi vecino Juan, el de los cigarros, para contarme el chisme, como todo buen vecino, y para decirme también que al parecer todo se había olvidado.

Yo le dije que estaba bien, que lo mejor era archivar el caso y dedicarnos a lo nuestro; que los chismes de condominio son los menos agradables porque el chismeando (así como el educando) siempre queda mal, como le pasó a la vecina solterona.


No obstante, el buen vecino me dijo que no todo acababa ahí, porque él ya había visto al generador de la gritería, al menos de reojo, y quería confirmar sus sospechas porque, en sus palabras, “francamente el hombrecillo me parece poca cosa. Se parece a Carlitos Espejel, el Chiquidrácula”. ¿Cómo está eso?, pregunté asombrado y, por una de esas extrañas concatenaciones astrales, escuchamos la inconfundible (de veras inconfundible) voz de la vecina que venía subiendo las escaleras acompañada de alguien.

Discretamente (¡ajá!) nos asomamos por el barandal, con el riesgo de precipitarnos escaleras abajo (yo ya me caí una vez en esas escaleras y de espuma no son, a pesar de la anestesia proveída por medio frasco de whisky), y vimos al Chiquidrácula (pobre, estrenó apodo) esperando a que Robert Plant abriera la puerta de su casa mientras aquél pasaba su brazo entero, como una especie de anaconda autónoma, por el talle del cantante de Led Zeppelin.

Un segundo después, mientras Robert Plant entraba al departamento, el Chiquidrácula, quizás sintiéndose observado, echó la vista arriba y vio un par de ojos suricatos mirándolo atentamente; sonrió como una comadreja. Luego entró.

Míralo nada más al cabroncito –le dije a Juan–, sin tacones ella le saca una cabeza– luego moví la mía de lado a lado con el gesto universal de la negación.

“Estúpido escuincle suertudo”, dijo Juan pero lo atajé.

¡Un momento! –espeté–. Aquí no hay espacio para la envidia, querido Juan, más aún, por el contrario, me parece que, con toda justicia, ese hombrecillo como lo llamas merece un monumento. Aunque sea uno chiquitito.

“Tienes razón”, dijo echándome una mano en el hombro. “Eres un hombre justo”.

No aplaudimos para no hacer más alharaca cuando comenzó la gritería. Luego Juan cambió el tema: “¿Cómo ves a los Pumas? De mal en peor, ¿eh?” Asentí y, como en el final de una película, la cámara se alejaba lentamente dejando a dos hombres comunes platicando de lo que el mundo mortal les había arrancado.

Coyoacán, 29 de septiembre de 2016


El día que Robert Plant me invitó una copa de vino (3 de 3)

Las escaleras de un edificio a media noche pueden contener un gran abanico de sorpresas y también te permiten saborear el riesgo que supondría abrir la caja de Pandora en la intimidad de tu habitación o escudriñar los cajones de una fanática del sadomasoquismo que te espera en la cama.

Hace un par de días, de regreso de un evento francamente doloroso, ataqué las escaleras de mi edificio sin pensar en nada más que echarme en la cama con la sutileza con la que se nos resbala la tapa del retrete.  

No obstante, mis pasos nocturnos y mi mirada pegada al piso eran perseguidos por el taconeo incesante de quien me acechaba por detrás, a distancia prudente, pero que me alcanzó gracias a la inutilidad de mis piernas licuadas que con trabajos intentaban franquear cada uno de los escalones.    

Al llegar al cuarto piso escuché un “buenas noches” bastante amable, con la voz como un trino, y me detuve. Giré lentamente, seguro de lo que iba a encontrarme y pude confirmar que, en efecto, quien me saludaba era la vecina cuyos gemidos de placer se asemejan a las variantes vocales de Robert Plant en Immigrant Song, y que lideran el Top 10 en la popularidad masculina del condominio.   


Tragué saliva amplificando la onomatopeya del gulp! y devolví el “buenas noches” con la poca cordura que me quedaba. Frente a mí veía de pie a un monumento orgánico de cabellera rizada y rubia que habría hecho rabiar de envidia a cualquier escultura de Auguste Rodin.   





-Tú eres El Bicho, ¿no? –preguntó la escultura moviendo los hombros y a mí se me aflojaban los esfínteres–. Sí, me han hablado de ti y regularmente escucho buena música que sale de tu departamento. 
-Eeeeeh… =S
-Sí, me han dicho que eres de los pocos residentes casi originales del condominio.
-Eeeeeh… Ajám.
-Oye, mucho gusto, yo soy (…) Me dicen que eres periodista, ¿no? –me tendió su mano suave y blanca como un ave recién nacida.
-Aaaahm… Ajám.
-¿Qué haces llegando a casa tan tarde?
-[Onomatopeya de uñas rasgando un pizarrón] Eeeeeh…
-Oye, me he enterado, pasa si quieres platicar al respecto, yo no tengo sueño y regularmente me duermo tarde.
-Aaaahm…
-Conozco tu gusto musical porque estos departamentos dejan pasar toda clase de ruidos –dice negando con la cabeza y agitando esos rulos que deberían ser protegidos por la UNESCO.
-[Onomatopeya del gulp!] Eeeeeh, así es. 
-¡Dios míos! (sic) Ojalá que no todos… –dijo ruborizándose un poco y frunciendo la narizzzzzz...
(Oh, por Dios)
[Laguna mental con sonido de fondo de unas llaves abriendo una cerradura]
-Pasa, acompáñame para platicar. ¿Quieres una copa de vino? –dijo y, detrás de mí, escuché el sonido de puerta que se cierra con la violencia y el hermetismo de la compuerta de un submarino o el portón del calabozo.
-Aaaahm…
-Tienes un gato, ¿no?
-¿Cómo sabes?
-Lo escucho maullar cuando sales de tu casa. Sirve el vino, está ahí en la cantina, detrás de ti –dijo sentándose en el sofá, cruzando las piernas y arrellanándose en el sillón con una orquesta de huesos y vértebras acomodándose.   

Después de una charla en la que abundaron las onomatopeyas, la vecina de abajo, o Robert Plant, me dice:  

-Siempre es grato platicar con alguien y esperar el amanecer con compañía, regresa cuando gustes.
-Aaaahm…
-Total, al parecer en este condominio nada es secreto y esa es una ventaja para los dos, ¿no crees? –sonrisa.    

Volví a casa con la tenacidad del soldado que no ha sido herido en la refriega. Sólo pensaba en Juan, el vecino de los cigarros, quien con seguridad moriría de envidia al saber que la cuarta dimensión había sido violada. Imaginaba, mientras me desplomaba en la cama, su gesto de angustia y regocijo, y esa palmada en el hombro que se le da al compañero kamikaze antes de subir a su avión…  

Coyoacán, 30 de octubre de 2016        






sábado, 10 de septiembre de 2016

Las razones hacia el odio hipster

Antes de irme a trabajar a la colonia Roma no toleraba más de cinco minutos de conversación con un hipster porque me parecían de corte presuntuoso y arribista, no obstante, a fuerza de convivir con ellos me di cuenta de varios detalles a su favor: por lo general tienen buen gusto; la mayoría son millennials que tienen al mundo en sus manos; su música es determinante y, en todo caso, no sólo son inofensivos sino buena influencia. Encima, mi otrora odio hacia ellos me generó la ruptura con una chica angelical que vaya que me costó trabajo, básicamente porque ella es una de las hipsters más finas que conozco.
 
The pain of being pure at heart
¿Qué es ser hipster en todo caso? El verdadero hipster no se asume como tal y más bien navega con la naturalidad que le brinda su estatus aparentemente desencajado del resto del mundo; algo no muy lejano respecto a las actitudes de los anacoretas como yo. Por otro lado, el término hipster, hoy tan manoseado de forma peyorativa, se ubica del lado de quienes le otorgan ese cariz. Aparentemente ser hipster es ser un cretino.

Alguna vez, hace no mucho tiempo, mientras mi novia de entonces y yo recorríamos la colonia Roma buscando un buen lugar donde comer, le ofrecí algunas opciones y ella me señaló, sin ninguna clase de anestesia, que estaba convirtiéndome en un hipster. Como por qué… “Oh, bien, trabajas en la colonia Roma, conoces todos estos sitios hipsters, andas en bicicleta, no tienes coche, te gustan el mezcal y la cerveza artesanal, quieres poner un huerto en tu balcón, te cuidas la barba más que una embarazada el vientre, usas lentes de pasta, eres DJ, escuchas a El Cuarteto de Nos, The Guillemots, The pain of being pure at heart, La habitación roja, Columpio Asesino y Los románticos de Zacatecas, pides que en Starbucks escriban Bicho en tu vaso y tienes un gato adoptado. ¿Algo más?”, dijo. Shait!, dije yo (shit en realidad, pero quise darle una entonación scouse).

En realidad no me importó pero no por eso dejó de sorprenderme. Supongo que el medio ambiente de todos los días va moldeándote a su antojo. El problema real radica en si te sientes cómodo o no con ello. No soy hipster, como bien decimos mi querido hermano menor Sebastián Ortiz Casasola y yo por una simple razón: estamos gordos. “Muy bien –me dijo alguien hace poco cuando le conté el dilema–, pero tomemos en cuenta que tu gimnasio está en la colonia Roma y tienes una nutrióloga de Guadalajara que te cuida la alimentación”. Creo que agaché la cabeza. La realidad es que no me considero hipster, pero lo peor de todo es que ellos tampoco se consideran así, por eso que tiemblo cada vez que lo pienso. No soy hipster, chingado, suscribo.

Una de las desventajas de las redes sociales, cuando no tienes temor de Dios ni el menor pudor, es que todo lo que evidencias es tergiversado. Y también en vivo. Dejarme y cuidarme la barba, y comprar productos para su mantenimiento en una barbería de la colonia Roma es tomado por la insurgencia como un detalle hipster; usar tenis en vez de zapatos también; tener un canal de Soundcloud también. No hay por dónde escapar.

Si de algo me enorgullezco es de saber leer a las personas y de tener las herramientas suficientes para escudriñar perfiles en Facebook sin ser visto, aun cuando no me tengan agregado (gracias a las artes de mi hijo que no es amarrete para compartir su software), así que puedo descubrir comentarios insidiosos al respecto.  
 
Marc Crosas (futbolista)
He descubierto que quienes critican el estilo de vida hipster demuestran un tremendo resentimiento social por no poder acceder a él por muchas razones, comenzando por la económica, la geográfica (la mayoría no vive en CDMX) y, sobre todo, por un umbral de autoestima muy bajo y su incapacidad por romper con sus prejuicios machines e ignorantes. Pero sobre todo por envidia.

Barba: porque no les brota a los muy lampiños; porque no tienen la capacidad económica para tratársela como debe ser; porque su imagen no es acorde a los parámetros visuales. (Los enemigos de los hipsters tienden a copiar los estilos, ojo)

Mezcal y cerveza artesanal: porque no les alcanza.

Corredor Centro-Juárez-Roma-Condesa: porque viven en otro estado, les da miedo innovar sus patéticas vidas, o no les alcanza la quincena para mantener ese estilo de vida.

Música: ya no digamos ser DJ o músicos porque carecen de talento, o porque sus gustos los enclaustran aun cuando The Smiths y New Order sean del gusto hipster por excelencia y tradición.

Cromática textil: por miedo y causas económicas, y sobre todo porque tienen que usar corbata a huevo.

Culinaria: no se atreven a probar nuevos sabores y, encima, no les alcanza.

Café: les da miedo que los vean en un Starbucks.

General: por envidia, resentimiento social y carencia de cultura.

No soy hipster pero tampoco niego que sus manifestaciones son más cercanas a mi cultura y mi educación, y sobre todo a mis capacidades interpretativas y de convivencia. Mi familia es hipster sin saberlo, ¡por Dios!

Por eso suscribo que quienes critican a los hipsters lo hacen desde su odio y sus carencias por haber sido educados en un ambiente oprobioso, letal y sumamente penoso, cargado de resentimiento por su pobre realidad. Lo más ridículo de todo es que quienes más los critican y los alienan son aquéllos que se presumen como tolerantes e incluyentes hacia las minorías. Ojalá nunca se adhieran, porque esos arribistas serán expulsados sin misericordia, basta con verlos, así que sigan con sus críticas porque son ustedes los más infelices. No vengan a la Roma, porque no les alcanza.

¡Y no soy hipster, con tres chingaditas! ;)

B7XO, Coyoacán, 2016.




sábado, 27 de agosto de 2016

Guía de escritura para modismos en línea

Con motivo del vigesimoquinto aniversario de la primera página web, el sitio Periodistas en Busca compartió algunos extranjerismos muy utilizados en internet que tienen alternativas en español, así como algunos términos que plantean dudas en cuanto a su escritura:



1. El/la Internet/internet
Puede escribirse internet con inicial minúscula si se considera un nombre común referido al servicio y con mayúscula si se percibe como nombre propio de la red. Además, puede emplearse tanto en masculino como en femenino.

2. Clicar y cliquear, mejor que clickear
Hacer clic, clicar y cliquear son tres formas adecuadas para indicar la presión o golpe que se hace con el ratón del computador, en lugar de la voz inglesa click.

3. Medios sociales, alternativa a social media
Medios sociales es el equivalente recomendado de la expresión inglesa social media.

4. Anonimizar, verbo bien formado
Anonimizar es un verbo correctamente formado para referirse a la acción de ocultar una identidad.

5. Ciberataque, junto y sin guion
El prefijo ciber- se escribe unido a la palabra a la que acompaña: ciberataque, cibercomercio, etc.

6. SOPA, con mayúsculas y sin puntos
SOPA, sigla de Stop Online Piracy Act, se escribe con mayúsculas y sin puntos.

7. Bloguear, término adecuado
Blog, bloguero y bloguear son términos adecuados en español.

8. Postear, verbo innecesario
Se recomienda usar artículo o entrada en lugar del anglicismo post. En cuanto al verbo (a veces visto como postear), se prefieren las expresiones publicar una entrada o un artículo.

9. Link es enlace o vínculo
Link tiene traducción: enlace o vínculo.

10. Sitios webs o sitios web
El plural de web es webs, pero el de sitio web, en aposición, puede ser sitios webs o sitios web.

11. Inicio de sesión, equivalente a login, logon y sign in
Inicio de sesión es la alternativa recomendada en español a los términos ingleses login, logon y sign in.

12. Usabilidad, vocablo válido
Usabilidad, que en diseño y programación es un atributo de calidad que evalúa la facilidad de uso de las webs, es un término adecuado y bien formado en español.


13. Bloquear, mejor que banear
Banear, como la acción de restringir o bloquear el acceso de un usuario, puede sustituirse por verbos como bloquear, suspender, prohibir o restringir.

14. Espiar o acosar, opciones preferibles a stalkear
Acechar, espiar, husmear o acosar son alternativas preferibles a stalkear.

15. Contraseña, mejor que password
La palabra inglesa password se traduce en español por contraseña.

16. Bot, acortamiento apropiado
Bot es un acortamiento válido para referirse al ‘programa que recorre la red llevando a cabo tareas concretas, sobre todo creando índices de los contenidos de los sitios’.

17. El wifi o la wifi
El término wifi es válido y puede ser masculino o femenino: el wifi o la wifi.

18. Online, alternativas
Online puede traducirse por conectado, digital, electrónico, en internet o en línea.

19. Las puntocoms, en redonda
Las puntocoms, en redonda, en una sola palabra y con plural terminado en s, es la forma adecuada de referirse a las empresas que desarrollan su actividad principal en internet.

20. Seminario web es lo mismo que webinar
Seminario web es una alternativa apropiada para el anglicismo webinar.

21. Streaming es emisión en directo
Emisión en directo o en continuo, según los casos, son alternativas válidas a streaming.

22. Cloud computing, en español, computación en la nube
Cloud computing, en español, se denomina computación en la nube.

23. El internet de las cosas y el internet de los datos
Las expresiones internet de las cosas, que se emplea para referirse a la conexión digital de objetos cotidianos con internet, e internet de los datos son denominaciones comunes que no necesitan comillas ni letra cursiva y que se escriben con minúscula inicial en cosas y datos. La sigla IdC puede funcionar como alternativa en español a IoT, sigla con la que frecuentemente se abrevia la denominación internet de las cosas.

24. Internet profunda, mejor que Deep Web
La expresión inglesa Deep Web puede traducirse como internet profunda, en esta internet se escribe con inicial minúscula o mayúscula y el adjetivo profunda siempre en minúscula y concordando en masculino o femenino.

Fuente: Fundéu (Español Urgente).



miércoles, 10 de agosto de 2016

México, medalla de oro en ignorancia en redes sociales

A ver, tal parece que nuevamente las redes sociales hacen creer a las personas que tienen la razón en sus comentarios sin detenerse a analizar no sólo el objetivo de éstos sino tampoco replantean su origen, el cual, generalmente, responde a la calentura de tener que comentar algo, lo que sea con tal de figurar o de llevar la contraria montados en ese espíritu chairo que las caracteriza.


El tema principal es la ausencia de ya no digamos medallas sino logros decorosos de parte de los atletas que están compitiendo en las olimpiadas de Río 2016.

La peor de las incoherencias es asegurar que no existe la obligación de traer una medalla o un resultado digno y que mucho menos es menester que la gente lo exija.

Veamos, con apoyos económicos o no, con uniformes o no, con corrupción y malversación de fondos o no, los atletas de este país que viajaron a Río de Janeiro son mantenidos con los impuestos que pagamos quienes tenemos un trabajo y cumplimos con esa obligación arancelaria.

De la misma manera, al recibir un estipendio en forma de beca o apoyo o como quiera llamársele, el atleta tiene la obligación de buscar la victoria de acuerdo con el nivel de las capacidades adquiridas en los entrenamientos así como de su destreza física y mental, eso es verdad, y repito: de acuerdo con…, no obstante, no puede adjudicarse una derrota a la manera como actúan terceros así como tampoco éstos, léase los directivos, deben colgarse de una medalla obtenida por un atleta. Kosovo y Lituania, hasta el momento, tienen tres medallas de oro entre ambos, ¿cuál es el pretexto?

Por ahí circula un meme que cuestiona qué deporte practica quien se atreve a menospreciar los pésimos resultados de esos atletas que mantenemos. No obstante, al no ser los críticos atletas de alto rendimiento, como se supone lo son los embajadores en Río, el reclamo de los defensores de la mediocridad resulta no sólo irrisorio sino idiota.

Por otra parte, hasta el momento se ha criticado con fuerza a las disciplinas en las que, supuestamente, los atletas mexicanos, que no México, tenían mayores oportunidades: tiro con arco, boxeo, futbol, clavados, etcétera.

El caso de Alexa Moreno es distinto ya que fue la única competidora mexicana en una disciplina que no tiene tradición ni fomento ni raíces en el país (salvo Estela de la Torre en 1980) pero la ignorancia se orienta hacia el presunto sobrepeso de la atleta y no a su desempeño real con el que compitió contra verdaderas potencias históricas siendo la número 31 a nivel mundial. Si comparamos eso con lo obtenido por la selección sub 23 de futbol, que defendía su medalla de oro obtenida en Londres 2012, lo de Alexa es más un triunfo que un fracaso. El problema es que, para variar, el mexicano no tiene la costumbre de estudiar ni investigar ni analizar ni advertir el contexto.

Otra gran incoherencia es atribuir el terrible desempeño a factores de corbata y pantalón largo. Ya como actividad común, el mexicanito promedio tiende a culpar a los demás de sus propias carencias. Recientemente, y como ocurre cada año, se exalta la actuación de los rarámuris que corren y ganan carreras en todo el mundo, en ocasiones hasta descalzos y con su vestimenta típica, pero en el caso de las Olimpiadas se atribuyen las derrotas a la falta de uniformes, por mencionar sólo un pretexto. ¿Hay un ejemplo más claro de incoherencia y estupidez?

No, señores, ni los políticos ni los directivos ni los patrocinadores se plantan en las canchas y las pistas a hacer el trabajo de los atletas, atletas que son seres humanos y compiten en igualdad de circunstancias contra otros seres humanos con las mismas capacidades físicas y mentales. Sólo que, como es natural, quien explota y aprovecha de mejor manera sus capacidades es quien se sube al podio a escuchar su himno. Porque tampoco vamos a enviar a la selección de nado sincronizado a competir en rugby, ¿verdad? Suena idiota, sí, pero eso es lo que dan a entender con sus quejas improcedentes y, francamente, producto de la ignorancia.

Por eso, lo mejor es no postear con base en la calentura y la ignorancia y, en algunos casos, lo mejor sería dejar de utilizar redes sociales porque esto es vanguardia y no el lavadero de su condominio.

Btxo, 2016.




domingo, 7 de agosto de 2016

La visión progresista de los niños…

Cuando salgo con mi hijo Leonardo y no tenemos un plan establecido basta con verlo a los ojos para saber que improvisar nuestros pasos genera excelentes dividendos.

Nos dividimos la responsabilidad. Él sugirió comenzar con una visita a la Estela de Luz y el Centro de Cultura Digital porque, en sus palabras, le parece un lugar “tranquilo, moderno e interesante”, en el cual se siente a gusto por su carácter francamente tecnológico y porque puede tocar, hacer y deshacer a placer. Yo sugerí, más en el plan de ir a confirmar su pésimo estado, el zoológico de Chapultepec.

En el CCD nos entretuvimos bastante con la exhibición Arcadio, creada por el Laboratorio de Tecnologías Libres. Se trata de un montaje programado en los lenguajes Openframeworks, con el cual se realizó la lógica del juego y las secuencias visuales, y Pure Data para la programación sonora. También acudimos a Memorial, espacio diseñado para albergar exposiciones de arte sonoro y piezas lumínicas por comisión, cuyas luces y sonidos pueden ser controlados y programados desde cualquier parte del mundo.



La aproximación de Leonardo a este tipo de exposiciones me confirma la necesidad que tenemos los padres de reubicarnos en el plano sociotecnológico en el que viven y se desarrollan nuestros hijos para no rezagarnos y poder compartir sus inquietudes e impulsos.

Por otra parte, la idea de acudir al zoológico, como se lo expliqué a mi hijo, radicaba en la necesidad de confirmar la manera como un viejo proyecto, que hace años fue presentado como algo innovador, ha ido deteriorándose por el olvido, la burocracia y el desinterés.

Pero no se trata sólo del zoológico sino de un gran porcentaje del bosque, el cual perece bajo toneladas de basura, un escándalo imposible y, en general, por el regazo educativo de una ciudad empobrecida y prostituida en sus sitios públicos.

Como en una interminable secuencia de fondo parida desde los peores escenarios de América Latina, para llegar al zoológico a pie es necesario atravesar un túnel de vendimia de productos grotescos sobre el cual se mezclan olores putrefactos y alaridos proferidos por gente horrible y maleducada, patentando esa característica del fuereño que cree que el escándalo vende.

También es indispensable esquivar racimos de niños que se te embarran, te golpean y te patean, y cuyos padres te empujan sin misericordia y ni siquiera un simple “usted disculpe”. ¿Acaso no es éste el mejor ejemplo para la paternidad controlada? ¿Es necesario traer más de dos hijos al mundo?

Fueron pocos los animales que pudimos apreciar debido al tumulto de gente que al parecer jamás ha visto un lémur y se arracima frente al cristal tratando de tomar la foto ganadora del concurso de Animal Planet. Para eso está Google, ¡por favor! Para colmo del lémur nada más se veía la cola porque, seguramente harto, prefirió esconderse de esas miradas horribles y esas narices con mocos duros que la agarraban a golpes contra el cristal para llamar la atención de ese animal que seguro está más estresado que Osorio Chong. Luego se preguntan por qué Bantú tenía un mal cardiaco.

Los animales están sucios, descuidados, se perciben tristes y cansados. Las instalaciones del zoológico repletas de charcos porque su drenaje no tolera los enviones pluviales que manda su vecino Tláloc, así que hay que andar saltando como en una patética versión del juego del avión, con el riesgo de acercarte de más a ese tumulto maleducado y maloliente. Una cosa es ser humilde y otra ser sucio y grosero.

No toleramos más de 20 minutos dentro y salimos huyendo en busca de aire.

Es evidente que no sólo el zoológico sino Chapultepec necesita una remozada fundamental. Y a pesar de eso hay quien se opone a las mejoras que, al parecer, se harán en la zona sin consulta previa. ¿Pero qué puedes consultar a sus visitantes regulares si con trabajos saben escribir?

Privatizar el zoológico sería una excelente opción.

Finalmente, fue mi hijo quien tuvo la mejor idea, al menos respecto al zoológico.

-¿Qué cambios le harías? –le pregunté al ver su gesto de decepción después de que me dijera: “Recuerdo cuando venimos la primera vez con mamá. Era un lugar bonito”. Su respuesta fue más que progresista.
-Para empezar cierro el zoológico y dejo a los animales en libertad, papá.

Así los niños de hoy.

Btxo, Coyoacán, 2016

El mejor suvenir es que seas mis ojos

Cuando anuncias que te vas de viaje te caen más solicitudes de suvenires que buenos deseos. Hay, en esa acción, una notable carga de egoísmo porque cómo es posible que pienses que alguien tiene que andar consiguiendo y pagando y cargando lo que no puedes comprar aquí; más aún si cierras tu petición con el clásico: “cuando regreses te pago”.
 
Le Diamant
Por eso yo no pido nada a menos que me pregunten si quiero algo y, en todo caso, respondo: “lo más loco o extraño que encuentres”.

Entre los suvenires que atesoro con más cariño están dos caballitos para tequila, uno de las oficinas de CNN en Atlanta y otro de Al Capone, desde Chicago, que me trajo mi hermanita; el ejemplar 1 de El Joven Lovecraft que me trajo desde España mi querido Pablo “Irlandés” Osset; una lata con arena de Australia de parte de mi jefa y amiga Gisela Ayala; un muñeco vudú de Nueva Orleans que me obsequió mi amiga Marce Vega; una lámpara de lava (antes de que las vendieran en tianguis por todos lados) que me trajo mi madre de una tienda loca de Los Ángeles; y un Godzilla en miniatura que cargó desde Japón mi amigo Ramón de Irapuato.

En estos días mi querida Elisauria Guzmán, quien se encuentra de paseo en Francia (casual), y yo mantuvimos una interesante charla por Whastapp en la que me decía que no encontraba por ningún lado el ejemplar de la revista Charlie Hebdo que le solicité después de preguntarme si quería algo de allá. Semanas antes, durante un viaje de prensa en una hacienda de San Juan del Río, Querétaro, platicábamos sobre documentales y le sugerí que buscara un par en Netflix y Claro Video sobre los artistas urbanos en Europa.

Alrededor de estos artistas existe una fascinación por el coleccionismo fotográfico de sus obras y hay grupos en redes sociales que se dedican a identificar la ubicación de las piezas que son adheridas o grafiteadas en los muros, las banquetas y los arroyos.
 
Invader
Inocentemente creí que nuestra charla en Querétaro había sido olvidada, no obstante, para mi sorpresa, Elisauria comenzó a enviarme al móvil imágenes que ella y su prima iban coleccionando al descubrir pequeñas y extrañas obras de artistas callejeros que llamaron su atención. De pronto tuve que pedirle que se detuviera porque, oh mon Dieu, estaba enviándome obras callejeras de Invader y Le Diamant, dos de mis artistas favoritos.

Aquello me emocionó terriblemente y no sólo me erizó la piel sino me conmovió ya que, convertida en mis ojos, Elisauria estaba viviendo uno de mis sueños más recientes: cazar obras de artistas urbanos en París. Y más aún, porque ella no tenía idea no sólo de la importancia de la existencia de dichos ejemplos de arte combativo sino lo relevante que resulta para mí.

Ella, como otras personas en mi vida, atendió mi solicitud a la perfección: “tráeme lo más loco que encuentres”, y no sólo eso sino me lo entregó antes de regresar.
 
Invader
-¡Esto es parecido pero mucho mejor que cazar pokemones! –me escribió desde París.

Btxo, Coyoacán, 2016
  

miércoles, 3 de agosto de 2016

Todos sabemos de todo… Power to the people…

Existe una frase bastante cretina entre los detractores de las redes sociales (todo detractor es un usuario riguroso) que asegura que “Facebook nos hace creer que tenemos amigos, Instagram que somos fotógrafos y Twitter que somos filósofos”. Sí, es una estupidez por su origen pero también tiene algo rescatable.

En general las redes sociales les hacen creer a muchas personas (usuarios-detractores) que tienen algo que decir más allá de qué desayunaron o por qué serie de televisión están secuestrados. Si 80% de los usuarios de las redes sociales se limitaran solamente a eso internet sería un lugar más decente. No obstante, la facilidad con la que se comparten memes (esto es, pensamientos de otros, que es como recurrir a dichos y frases hechas) como parte de una presunta filosofía propia sin exponerla en verdad ha convertido los espacios infinitos de las redes sociales en un vertedero de idioteces.


Y por el contrario, si cada persona realmente realizara un examen personal y pusiera a funcionar alguna de sus tres neuronas para dar una explicación de por qué tal o cual serie los atrapó, o de plano mejor se quedara callada, las redes sociales serían un sitio lindo en donde el diálogo fuera fluido y, sobre todo, inteligente. Pero es pedir mucho, tomando en cuenta la necesidad de exposición de algunos.

El fenómeno de la sobreexposición hipocondríaca (sin reparar en la abundante ignorancia) se advierte más cuando el tópico roza lindes políticos, sociopolíticos y hasta socioculturales por aquello de no alcanzar lugar en el tren del mame. Es decir que todos somos presidentes y activistas; diputados y chairos; senadores y candidatos a senadores de Morena; delegados y candidatos a delegados de Morena; marxistas con iPhone y capitalistas adoradores de Oscar Chávez… toda una ironía (definan ironía).

No obstante, en lo que no puedo negar la sabiduría del mexicano promedio es cuando se habla de futbol. Ahí sí me pongo de pie, aguzo el oído, adopto pose de intelectual y garrapateo en mi tablita de estrategias.

Fíjense todo el choro que tiré para acabar hablando de futbol, ¿es eso ociosidad, verdadero interés, análisis sociológico o es que de plano el partido de Pumas es tan aburrido y predecible como la boda de nuestro muy toleteado mandatario o una canción de Maná?

Cuando Jorge Campos era un portero colorido, más emparentado con un jocoso clown y no un comentarista con aparente discapacidad posterior a una embolia, en las entrevistas revelaba que él solamente se divertía jugando al futbol y que por eso las cosas le salían bien la mayoría de las veces.

Hoy en día, el futbol de todo el mundo se ha vuelto tan mezquino y aparentemente aséptico, como el pasillo de detergentes en un Target, que deja de emocionar. En la mayoría de las ligas europeas lo interesante del torneo se ubica a media tabla y en México la liga es tan competitiva que la cosa se pone tan surrealista como el 7-0 que nos ensartó Chile (¡ejem!). La selección mexicana me recuerda mucho esa imposible película española llamada El penalti más largo del mundo (Osvaldo Soriano, 2005), y escuchar los pretextos de entrenador y jugadores me resultan tan elocuentes como la innecesaria disección literal de los gags en una película de Woody Allen.

Así que pregunto: ¿en verdad es necesario un director técnico para una selección como la mexicana cuando existimos más de 100 millones de estrategas desde Cancún hasta Tijuana?


Ver un partido de la selección entre amigos o la familia, tanto en casa como en el estadio, asegura una larga cantidad de estrategias, parados, cuadros y cambios que con seguridad supera el libro de jugadas de un mariscal de campo de la NFL. Y no es tan difícil acertar, sobre todo si entre los asistentes se suman décadas de ver futbol.

No sé si esto se ha hecho en la historia del futbol mexicano; creo que no, pero sería interesante que el entrenador elegido, en este caso el obtuso de Osorio, soltara una convocatoria real para que el pueblo no sólo eligiera a los seleccionados sino determinara la estrategia a seguir. Nadie conoce mejor a los jugadores que sus francos seguidores y críticos que cada fin de semana están pendientes de sus evoluciones, éxitos y yerros. Que no se meta la prensa, que no se metan los directivos y mucho menos los promotores buitres quienes, hoy en día, ya no ven a Guillermo Ochoa, por ejemplo, como el gran negocio. Tanto se afanaron en promocionarlo para venderlo caro, con la complicidad de los mencionados líneas arriba, para verlo en un equipo de vergüenza consumada. Si lo equiparamos con la trayectoria de un músico, a Ochoa se le promovió como futuro integrante de Radiohead y acabó tocando el bajo con Kenny y los Eléctricos.

Claro, el futbol mexicano pudo ser atractivo para André Bretón o Luis Buñuel por esa extraña picardía y esa cosmogonía retorcida, pero cuando se trata de negocio lo mejor es seguir sacrificando al pueblo. Los directivos del futbol nacional son sumamente cuadrados y prefieren que el deporte más bonito del mundo sea inexacto en su planeación para poder manipular las necesidades lúdicas de quienes compran los boletos y las franelas. Error porque, al menos en este caso, hablando solamente de deporte, sería un gran experimento el dejar que los interesados tomen las riendas.

BTXO, Coyoacán, 2016


domingo, 31 de julio de 2016

Juego de hombres ® | Un cuento de fútbol

El entrenador se paró en el centro del vestidor, furioso. Todo estaba en silencio. Sus jugadores lo miraban con miedo.

El míster se limpió el bozo de sudor de la frente, observó su tablita de estrategias y formó una mueca de fastidio al ver el marcador en contra: 3-0. Tomó aire, dio dos pasos al frente y su voz retumbó estrellándose contra los muros del vestidor formando un eco tenebroso.
 

-Éste, señores, es un juego de hombres. No podemos permitirnos una mala actuación como ésta. ¿Acaso no somos hombres? ¿Acaso no somos jugadores de futbol? ¡Pablo! ¿Qué buscas en la tribuna durante los tiros de esquina? Eh. ¡Molina! ¡Deja de platicar con Rodrigo en el centro del campo cuando hay un contragolpe en contra! ¡¿Qué no entienden lo que les he explicado en las charlas técnicas?! ¡¿Qué no saben que la gente que está allá afuera finca sus esperanzas en nosotros?! Porque, señores, éste es un juego para los ganadores. De nosotros depende la felicidad de los seguidores. ¡Vargas! Deja de pelearte a golpes con el contención del otro equipo, ¿quieres que te expulsen?
-No, profe.
-¡No me contestes! ¡Chaires!, no te quejes cuando te derriben, levántate y anda, como Lázaro en la Biblia.

El entrenador escupía al hablar... al gritar. Su espeso bigote se estremecía, su cara parecía un jitomate y el hombre manoteaba, incrédulo ante tan mala actuación.

-Nos quedan treinta minutos de juego, señores, suficientes para revertir el marcador, para besar la gloria. Así que quiero fuerza, entrega, ¡pasión! ¡Con un demonio! ¡Vargas! O me haces caso o te saco del juego.
-Sí, profe.
-¡Que no me contestes! ¡Esto es mística, magia! ¡Entiéndanlo de una vez! Formación cerrada en la defensa, abierta en contragolpe, suben carrileros, se estrecha la delantera y anotan. ¡Es muy sencillo! Se trata de meter la bolita en la otra portería. ¡¿Entienden?!
-¡Sí, profe!
-¡A huevo, profe!
-¡Vargas, no sea soez! ¡Vamos, pues, muchachos!

Los jugadores salieron del vestidor rumbo al campo corriendo y gritando como una horda de piratas al abordaje, tirándose los cabellos, golpeándose el pecho.

El entrenador se quedó unos segundos en el vestidor observando la imagen del santo patrono decorada con flores. Recordó sus años de gloria en ese mismo lugar, luego la lesión y su primera oportunidad como entrenador. A pesar de todo estaba contento. Hubiera deseado otro futuro, pero entrenar a la pequeña liga de niños menores de ocho años, formar hombres, era mejor que nada.

(Anaconda y otros cuentos de fútbol®, Andrés Vargas Reynoso, 2007-2009)



Crónica de un puma en el Estadio Azteca

Para no perdernos algunos buenos juegos de la Liga MX en su torneo de Apertura 2016, mi estimado Juan Pablo Molina y yo acordamos asistir a dos partidos del América en el Estadio Azteca y a dos partidos de Pumas en el Olímpico 68 para equilibrar la hermandad.


Cuando Su Santidad (por aquello de Juan Pablo) me comentó que la idea era acudir al América-Tigres en la fecha tres yo sólo pensé: “quiero ver a André-Pierre Gignac desde la tribuna”. Es tal la presencia del tocayo francés que olvidé que en Tigres también juegan Quiñones y Sosa, y los dirige el gran Tuca Ferreti, quienes convierten a la escuadra de San Nicolás de los Garza en algo así como Pumas II, algo común si tomamos en cuenta que en Tigres han jugado Santillana, Campos, Oteo, Olalde y Claudio Suárez, todos de extracción puma y casi todos al mismo tiempo. Es decir que son muchas las cosas que me unen a Tigres porque, encima, en 1992, viajé desde el entonces Distrito Federal hasta el estadio de San Nicolás de los Garza para ver a The Cure en concierto.

Total que ante la amenaza de una tormenta, dos horas y media antes del inicio del cotejo, y sin boletos, abordamos el Tren Ligero, esa suerte de monorriel de Disney que amenaza con descarrilarse cada vez que uno exhala.

Hacía años que no acudía al Azteca para ver perder al América por lo que la presencia de tanta franela amarilla sí me ponía inquieto. La explanada del estadio parecía una convención de enemigos naturales así que, con esas tácticas de supervivencia aprendidas en Animal Planet, procuré mantener la ecuanimidad porque, estoy seguro, estos weyes huelen el miedo.

El primer detalle agradable durante el tránsito de conseguir los boletos fue descubrir a un par de granaderas bastante guapas que resguardaban la taquilla. No obstante, también descubrimos que en ese afán de parecer estadio de primer mundo, las autoridades del Azteca han numerado los asientos inclusive en el área general, lo cual me parece una idiotez. Así que, confiados en que nuestras entradas nos permitían sentarnos donde nos viniera en gana, acabamos casi pegados al techo del coso con, eso sí, una muy linda vista nocturna de la ciudad llovida, después de darle su propina al acomodador. Sí, en el Azteca ya hay acomodadores.

La pantalla norte nos quedaba tan lejos que ni los lentes nos ayudaban a leer las alineaciones de ambas escuadras y, encima, como vecinos teníamos a los integrantes del Ritual del Kaos quienes no nos dejaron escuchar una sola palabra del buen Melquiades Sánchez Orozco, la voz del Azteca. ¿Quién anotó? ¿Está Sosa? ¿Alineó Gignac? Lo único audible, además de los cantos sudacas del Ritual era el ya reglamentario “¡Puuuuto!” cada vez que despejaba el arquero visitante.


El Azteca, no está de más recordarlo, es una chulada y las remodelaciones que le aplican lo dejarán con un excelente aspecto. Un escenario digno de buenos encuentros de fútbol.

El desarrollo del encuentro fue típico de un América-Tigres con aquéllos tratando de facturar algo y los visitantes cerrándose al mejor estilo Ferreti y respondiendo, al inicio, con contragolpes poco efectivos y sendas pifias que no respetaban el esfuerzo de jugadas bien elaboradas. Gignac errático, Sosa demasiado revolucionado y un Aquino insistente hasta que se mandó un gol de antología en el primer tiempo. A partir de ahí, el tigre comió gallina y yo, envalentonado, grité cada uno de los goles de Tigres como si fueran de Pumas ganando de calle al Barcelona el Mundial de Clubes.

Con el 2-0 en contra, la avanzada crema comenzó a salirse del estadio cuando aún faltaban 25 minutos por jugarse. América muriendo de nada y Tigres dándose un lujo con el gol de Gignac a tres dedos y un cierre efectivo del gran Sosa en tiempo añadido para apretar la trenza.

Una ventaja que tiene el Azteca es que las porras están separadas y aún es posible acudir en familia. Un abuelo tigre con su nieto; una familia americanista de cuatro con excelente actitud y muchas chicas guapas que lanzaban besos a la cámara cada vez que salían en la pantalla jumbo. Cervezas en $80 y nieves de limón en $25. Ya no alcancé los cueritos, pero es que casi ninguno de los vendedores se atreve hasta esas alturas: “Les da hueva”, me confesó el nevero.

“No hay señal de internet”, neceaba Su Santidad pero es que esa mole de concreto no deja pasar ni el frío. “Aprovecha –le dije al llegar a las alturas–, seguro hasta acá sí llega internet porque estamos tan arriba que nos queda más cerca el satélite”. Un helicóptero que sobrevolaba parecía querer hacernos un corte de cabello.

Al minuto noventaitantos el nazareno dijo aquí se rompió una jerga y todos váyanse… con tres goles en contra.

Ir al baño es un espectáculo más. En un cuarto de dos por seis metros me encuentro con cerca de 40 franelas amarillas enfadadas por el papelón que ha facturado su equipo y, en uno de esos pensamientos irresponsables, me imagino qué pasaría si, mientras orino, levanto el puño en alto y canto un Goya a todo pulmón. No debe haber técnica más efectiva de suicidio.

Así la noche de un puma que degusta la derrota del equipo más odiado.

Al tomar la rampa rumbo a la salida con Su Santidad, le comento: “Mira nada más qué mujer más guapa de la mano de ese barrabrava americanista que ni camisa trae”. Es entonces cuando entiendo aquello de “OThiaMe MaZZZ!!!”.

Btxo, Coyoacán, 2016