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miércoles, 6 de abril de 2011

La chispa en la mecha: 3.- Sabia paciencia®


A Braulio le llamó la atención la gran cantidad de gente que avanzaba en una columna sobre la calle Madero. Lo que más lo impresionó fue que parecía que todos los que caminaban lo hacían con el mismo motivo. Estaba acostumbrado a ver gente caminando por la calle, mucha gente de rostros diferentes que, sin embargo, se desperdigaba o doblaba en una esquina o iba quedándose, dejando espacios libres para que otras personas integraran sus rostros sin motivo a esa gusana que parecía no tener un destino claro. Esta vez era diferente. Se integró a la marcha y nada más avanzando cien metros se aprendió la tonada de ese canto unánime que era entonado con febril entusiasmo. Porque en los rostros de los marchistas, hombres, mujeres, niños y ancianos, se evidenciaba una emoción contenida, temerosa de ser parida ante, entonces la descubrió, la valla de uniformados con los rostros cubiertos que flanqueaban la columna y cerraban sus puños en el asa de un escudo de plástico y las porras que blandían con la misma postura y fiereza con que un pirata empuñaba su sable de asalto. El canto rezaba algo referente a una matanza.
Después de la muerte de su madre y el infierno en la iglesia, Braulio se encerró en su habitación a ver pasar el tiempo en los relojes, convertido en un autista de fondo al que ya no le importaba ver que su padre y su tía Dolores arrancaban un amasiato necesario y urgente, y a él lo relegaban al olvido del que salía de vez en cuando para algo más que ir a la escuela, en donde tampoco recibía mucha atención. Aquella casa que alguna vez rebosó de vida se convirtió en un monasterio de silencio. Un silencio que era roto por los gemidos de Dolores que violaban la nata aparentemente tranquila de la casa tres noches por semana. Después, los gemidos se fueron de viaje, dejando a Braulio al amparo de la soledad y la mucama, una mujer grande y robusta, tan morena como el mar de noche, de carnes mofletudas y ojos amarillos, con un tumbao de calibre tal que debió hallar en el niño Braulio, por gusto y por causalidad natural, una válvula de escape. Así, mientras su padre y su tía rasgaban las noches de Acapulco con gemidos acompasados, Braulio era acosado por la mucama que lo atrapó a medio baño, se metió a la regadera hecha toda una masa de carnes, y lo llevó al cielo y de vuelta en menos de 3 minutos de aplicaciones manuales. Esa noche, todavía temblando por semejante sorpresa, Braulio decidió que si bien no se trataba de Miss México, al menos podía entretenerse en ese espacio carnal en donde le sobraba exactamente eso: espacio, además de tiempo, para liberar la angustia. Cuatro años de bestialidades carnales, apostando la suya de cañón, para complementar la soledad de aquella mole de ébano que, al parecer, tenía los mismos intereses lúdicos y lúbricos que él.
Luego entró con la columna de gente a la plancha del Zócalo y descubrió que a esos miles que avanzaban con él, los esperaban otros tantos, flameando banderas, percutiendo ritmos tribales, lanzando arengas por los altavoces y repartiendo panfletos que exigían una explicación y una solución creíble para aquella masacre de la que Braulio no sabía nada. Ahí, entre la masa ahora inmóvil (Braulio imaginó una enorme serpiente que se enrosca y dormita antes de volver a “andar”), escuchó la lectura de unos poemas, el llanto de una madre cuyo hijo fue asesinado y las exigencias de un coro de miles de voces que se fusionaban en una. Sorprendido, se movió entre la gente, intentando llegar al templete y olvidando el motivo que lo llevó al Centro Histórico esa mañana de viernes. Entonces descubrió a Américo, un compañero de la preparatoria que se distinguía por ser un sujeto silencioso y algo místico, al que los demás estudiantes veían con un respeto pariente del miedo. Américo observaba la acción en el templete, con las manos en los bolsillos de su chaqueta, y el cabello oscilando gracias a la solidaridad del viento. Parecía demasiado concentrado, absorto, con un semblante de sabia paciencia. Braulio lo encontró, inclusive, atractivo. No con afán, sino maravillado por sus rasgos afilados, esa cara de zorro y ese porte de rebelde elegancia que a él le hubiera gustado tener. Flaco y correoso, Américo no sólo generaba miedo entre los compañeros, también admiración entre las estudiantes que veían en él a un rebelde sin causa, el príncipe malo que las sacaría de las garras de sus padres conservadores. Braulio y Américo tenían algo en común: en la escuela, las autoridades, los consideraban escoria. Uno por rebelde, el otro por taimado y, valga el término, raro.
Américo lo reconoció y fue hacia él, con ese paso elegante, un bamboleo digno de un Travolta en Fiebre del Sábado por la Noche, pero con un aire ciertamente peligroso.
Después del mitin fueron por unas cervezas. Bebieron dos y comieron caracoles como botana, mientras Américo respondía todas las dudas que Braulio le formulaba. Le explicó el santo y seña del movimiento, su participación activa como “reclutador” de conciencias hartas de los maltratos del gobierno. Detalló el sufrimiento de las madres, enumeró los casos de muertes “misteriosas” sin resolver y lo invitó a participar. Luego fueron a La Peña, un caserón ubicado en la colonia Roma, en donde Braulio fue presentado como un activista más, en donde lo apodaron El Vaquero por su afán de vestir camisas a cuadros, jeans desgastados y botas vaqueras, y en donde fumó su primer cigarrillo de marihuana e hizo el amor con otra activista, Mabel, de la que quedó prendado. Luego fue consultado. Se le explicó que Mabel no se llamaba Mabel y no le diría su verdadero nombre, a pesar de haber intimado en una de las habitaciones, y que Américo tampoco era Américo. Lo cuestionaron sobre sus habilidades y Braulio habló de la pólvora, de cómo en la soledad de su habitación diseñaba bazucas con latas de jugo y gasolina, de la manera como había aprendido a violar cerraduras (para robar dinero de la gaveta de su padre) y, ya entusiasmado por aquella sesión de sexo, la marihuana y la atención que el grupo le ponía, de la fascinación que sentía por ver un buen fuego ardiendo. Tal parece que, al entrar en La Peña, Braulio dejó fuera, esperando, el costado menos atrevido de su personalidad. Ahí quedó todo. Después todo fue música, cerveza y marihuana. Fue la primera vez que no llegó a dormir a casa, aunque nadie notó la diferencia. Despertó con la boca plagada de un sabor ferroso, un dolor de cabeza bastante potente, un techo azul que no reconocía y el cuerpo de Mabel enredado en el suyo.
La noche de ese nuevo día, Américo pasó por él a su casa en un automóvil prestado. Dieron unas vueltas por la ciudad, compraron cervezas en un depósito, enrollaron un cigarrillo de marihuana y esperaron a que el diputado Malaquías Sóstenes estacionara su Volvo en la esquina de siempre, frente a un prostíbulo de clase alta, en donde pactaba iniciativas de ley, vendía y compraba votos, y departía con otros legisladores y las chicas de corte internacional.
Ocultos bajo la ventajosa sombra de un eucalipto, atisbaron con la vista de dos linces y los oídos de dos topos.
-Quiero que me digas qué eres capaz de hacer con ese Volvo.
-Lo que tú digas.
-No, Vaquero, lo que tú digas. Sóstenes no es aliado, aunque lo parezca. Se trata de dar un periodicazo –dicho esto digitó los números correspondientes en un teléfono celular enorme y charló un minuto con un periodista alineado al que le dictó la dirección del prostíbulo, luego colgó.
Braulio escuchó la charla y entendió el motivo de su presencia.
-Los periodistas están esperándote –lo retó Américo.
Braulio suspiró. En realidad era muy sencillo. Miró a Américo con decisión.
-Tu herramienta está en la cajuela –dijo éste y accionó la palanca para abrirla desde adentro.
Braulio descendió con calma. Encontró ganzúas, una manguera y un bidón con gasolina.
Entendió. No hacía falta el instructivo. Se escurrió con gran habilidad a un costado del flamante Volvo importado y, rompió las reglas. No utilizó las ganzúas ni la manguera. Se metió bajo la panza del auto y buscó a tientas la manguera del combustible. El olor lo inundó de alegría. Ese olor, dulcemente nauseabundo. No la zafó del todo sino la dejó gotear, después regó la gasolina del balde, se irguió y, con mucha sangre fría, encendió un cigarrillo y se recargó a fumar en el cofre del Volvo. Américo no daba crédito. Lo único que pensó fue que a ese muchacho extraño, morir le significaba poco. Los segundos goteaban con lentitud. Antes de terminar el cigarrillo lo dejó caer con naturalidad bajo el auto y caminó hacia Américo con la prisa de un tullido. El estallido del Volvo le recalentó la espalda e iluminó las fachadas de las casonas y los edificios. Luego subió al auto y le pidió a un Américo que no podía cerrar la boca ni echar a andar el auto que buscaran un sitio donde comer, moría de hambre, la marihuana le había abierto el apetito…

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