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jueves, 31 de marzo de 2011

La chispa en la mecha: 2.- Luces en la iglesia ®


A los 14 años, la diversión estaba en la alcoba. Braulio tenía el rostro suficientemente cargado de expresiones de inocencia como para que su tía le permitiera verla cambiarse de ropa, mientras le platicaba alguna fruslería. No obstante, en esa relación había tanta inocencia como celeridad matemática en la mente de la próxima Miss Universo, porque ambos sabían que aquello no era más que un rito de iniciación para ambos. Lo único que a Braulio le pareció fuera de lugar fue que su tía Dolores, que en el nombre llevaba la fama (era, desde el punto de vista de Braulio, una mujer que dolía), hubiese aparecido de la nada, justo cuando la madre de Braulio comenzó con esos dolores insoportables en las piernas que la hacían gritar, y en ocasiones delirar por esa fiebre infernal, de tal manera que tenían que sedarla, casi hasta provocarle un coma. Entonces la investigación médica no ofrecía aliento para los casos graves como el de Eduviges y, más que graves, desconocidos. Dolores había arribado para suplir la inutilidad del padre de Braulio.
La tarea de Dolores comenzaba de noche, cuando el efecto del tratamiento había pasado y el organismo de Eduviges no respondía más que a los sedantes y a las compresas heladas que pretendían bajar la hinchazón y la calentura. Cinco médicos sin diagnóstico acertado y una curandera habían desfilado por esa habitación sin éxito alguno. De repente, Eduviges pasó de ser la madre amorosa y atenta a masa retorcida de dolor entre sábanas que durante los ataques ya no reconocía ni a su hijo ni a su hermana.
El padre de Braulio, encerrado en sí mismo, se cambió al cuarto de huéspedes y Dolores al de Braulio, que era el más cercano al de sus padres, ocupando la cama mientras el primogénito e hijo único se echaba en un camastro plegable al lado de la tía que debía saltarlo a media noche, con la agilidad de una corredora de obstáculos, para inyectar los mililitros necesarios de ketorolaco a su hermana. En sus momentos de lucidez Eduviges relataba, con una sangre fría que oscilaba entre la cordura y la ficción, que sentía como si por las venas de sus piernas corriera plomo hirviente en lugar de sangre. Y fue en uno de esos momentos de aparente lucidez que Eduviges llamó a su abogado y un notario para que, de una buena vez, diera forma a su testamento, dejando el dinero en manos de su esposo, su hermana y su hijo, siempre y cuando, después de cumplido cierto tiempo de experimentación clínica sin resultados, la dejaran morir en santa paz con una inyección letal que sería administrada por Dolores. Nadie se opuso, sobre todo porque una cláusula en el testamento rezaba que, de no ser así, la fortuna, producto de la habilidad financiera de Eduviges, iría a la caridad. Ni siquiera en esos momentos de dolor y preocupación, alguien era capaz de ir en contra de los deseos de Eduviges. Otra cláusula indicaba que en el momento que la solución fuera cortarle las piernas, el pinchazo letal debía ser administrado. El médico encargado del estudio, un chino traído desde uno de los hospitales más influyentes de la costa este de Estados Unidos, firmaría la muerte natural y el caso se cerraría.
A los 14 años, Braulio entendía perfectamente bien que su madre estaría mejor muerta que viva, ya fuera con los dolores o sin piernas. Sin embargo, cuando el veredicto fue precisamente arrancar las extremidades inferiores de Eduviges, el muchacho tuvo los arrestos suficientes para pedir a Dolores un favor: que lo llevara a la iglesia. No era que Braulio creyera en los milagros, más bien intentaba, por todos los medios, asegurar el bienestar de su madre, así es que la visita a la iglesia fue más una amenaza contra el ministerio de los milagros que una súplica. Dolores cumplió, llevó a Braulio a la iglesia pero lo esperó afuera.
Braulio entró en el santuario y se sintió envolver por una calma más bien mórbida desde su apreciación; caminó por las orillas, observando los rostros de los santos, ese gesto de paz y sabiduría que los escultores de bustos diseñaban por pedido especial para que la gente aumentara su confianza. Pero él no creía. Estaba ahí con un motivo adolescente, ponerse al tú por tú contra la autoridad divina de la que no había obtenido nada. Llegó hasta el Cristo que dominaba el púlpito desde las alturas, observó su gesto de dolor, el único en todo el templo, y le juró (o más bien lo amenazó) que si su madre no libraba la última terapia, esa iglesia iba a arder en llamas. Luego salió del templo con un gesto de impotencia, apretando los puños. Nadie más que Cristo, él y el ejército de santos conocían su amenaza.
El día del entierro Braulio no quiso ir y Dolores y su padre prefirieron no importunarlo y dejarlo en casa con la mucama. Mientras ésta se enceguecía con una botella de ron, Braulio hacía lo propio a los pies de la cama de su madre, con el armario abierto, observando los vestidos de seda que ella jamás volvería a usar. Ya no quiso verla. Pero ahí, en el mismo sitio en donde él y Eduviges leían cuento de hadas antes de dormir, detalló el plan.
Esa noche, mientras Dolores y su padre ultimaban los detalles con el abogado, Braulio se escabulló. En su mochila llevaba los implementos necesarios. No fue difícil librar la puerta apolillada por donde entraba y salía el sacristán quien, por las noches, se encerraba en su habitación a beberse el tiempo. Con mucha paciencia, Braulio, cargado de una ira descontrolada, fue destapando los botes de lámina con gasolina y regando su contenido alrededor de las bancas, sobre las bancas mismas, a los pies de los santos que arderían y en el púlpito. Un trabajo bien planeado y muy bien llevado a cabo. Para cuando terminó, estaba suficientemente ebrio, enfadado y mareado con el olor del combustible que le fue imposible echarse para atrás. Volvió al atrio, sonrió, encendió la estopa y la dejó caer, mirando lentamente, producto de su embriaguez y su pasión, cómo la estopa, ese sol diminuto, tocaba un charco de gasolina y esparcía su fuerza con un rugido sordo y trazaba un camino azulgrana que alimentó la madera, elevándose un fuego majestuoso que le recalentó el rostro. Para él, aquello no fue más que la manifestación del infierno en territorio sacro. Tomó una fotografía y salió lentamente, quizás esperando que el fuego lo alcanzara y lo llevara de la mano con su madre…

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