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sábado, 4 de agosto de 2012

“Bac tu de old jud”


He vuelto a la casa paterna sólo por una noche. Es el segundo sábado seguido que no duermo en mi departamento. Quizás los sábados de ostracismo (sin ti) comienzan a ser tediosos. Algo de TV, una pelea de box, y el espacio amplísimo de mi necesidad por verte.

Pienso en lo que dijiste alguna vez, que he comenzado a acariciar la crisis de los 30, no lo creo, sin embargo, te doy crédito esta vez, porque tu ausencia ha desatado la añoranza.

La revisitación del territorio pudo ser algo nostálgico. Comí con mamá, llevé a mi hermana a una fiesta con sus amigos (antes estudiantes, hoy todos periodistas), volví a recorrer la ciudad en mi viejo Tsuru, aquel que sirvió de escenario para el correr de esta parte de mi vida; vi una película del oeste con papá y mamá, y después, ellos durmiendo, me instalé de nuevo en el comedor, con una cerveza y un paquete de cigarros, ante la pantalla blanca y virgen de una computadora. No había de otra. Y como antaño, un perro duerme del otro lado de la puerta. Y pienso también que allá afuera me esperan mi hijo y un sueño que, también, se ha vuelto nostálgico.

Pero antes debo reconocer que no pude romper la rutina y me instalé unos instantes frente al viejo mural del foro al aire libre, a contemplar el espacio desde donde tomé la fotografía, mientras me leías entre risas el cuento que te escribí.



Hay algo ahí que no se pierde. Si uno se concentra y cruza la mirada puede ver la manifestación de nuestros fantasmas riendo. Es como ver muchas veces la misma escena de una película que ya conoces. Lo que sorprende es la intensidad con que tus ojos de fantasma también absorben la luz del sol.

Salí a la calle a ver a quién me encontraba, pero nadie de la vieja pandilla. Creí que estarían bajo el mismo árbol en donde los dejé el día que me fui de casa. Pero no.

La familia de grillos se ha mudado del tubo de electricidad donde vivían al techo de tejas que está sobre la puerta. De que los rescaté hacen 10 años, por lo menos y me da gusto saber que siguen en casa. 

Escucharlos “cantar” me hizo la noche.

Ahora pienso en los tiempos idos y me pregunto cuántos más vendrán.

Me estresa la posibilidad de pensar que el tiempo se haya detenido para mí. Pero entonces pienso en “esa loca cosa nostra” (cosa folle è il nostro) y me alegro. Porque entonces se inflama la idea y eso, como dije alguna vez, forma parte de mi felicidad. Que no toda.


Cierro los ojos, a punto de dormir y te miro, de pie, ante una enorme rejilla amarilla en el suelo, y te veo rodearla. A veces así me siento, como un abismo al que debes sacarle la vuelta. 

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