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domingo, 2 de junio de 2013

La belleza de un capricho: Leo leyendo la realidad



La concatenación de los últimos días me llevó a dar un giro inesperado, un golpe de timón, o quizás, mejor dicho, un volantazo de borracho.

La idea comenzó marcándose a fuego en el departamento de los pendientes, y después de dicha concatenación, se insertó en el cajón de las urgencias, capitaneándolas a todas. 


La última vez que fui al Desierto de los Leones fue hace doce años, en compañía de quien yo entonces imaginaba que sería la mujer que me acompañaría el resto de mi vida. [Coloque usted aquí cualquier frase hecha referente al destino] Y por una razón que aún no logro ubicar, de pronto sentí que aquel sitio era perfecto para arrancar a mi hijo Leo de las fauces de la modernidad y darle unos brochazos de naturaleza. Tengo la impresión de que es un paso obligado en la carrera de cualquier buen padre. El mío lo padeció también. Pero la idea era tener una verdadera aventura, no subir a un automóvil y recorrer esa carretera de puras cimas entre casonas de ricachones vetustos y mansiones que son epítome de la narcocultura, así como casas de seguridad para secuestros, mientras escuchamos la radio o algún disco compacto con los éxitos del momento: eso no es una aventura. Y quizás las aventuras en cierta zona de confort son inútiles, pero, sin duda, “son las cosas inútiles las que hacen la vida” (Jordi Soler, dixit), así es que mi hijo y yo comenzamos el recorrido en una estación del metro y concluimos ante la fachada del convento de los cuatro perpetuos perennes (sic). 

Armados con nada más que dos gorras, un teléfono celular (que resultaría inútil), 300 pesos, bloqueador solar y dos botellitas de agua, Leo “el pintor” Vargas y yo viajamos más de una hora en un camión RTP, mientras observábamos no sólo cómo íbamos dejando la ciudad atrás, sino también debajo de nosotros. “Qué grande y bonita se ve la ciudad desde aquí”, dijo mi bien entrenado vástago chilango. En el título del texto no hay un error, porque uno de los motivos ocultos que me movieron a realizar tan disparatado viaje era que Leo “leyera” un poco de realidad, misma que se manifestó con el primer vendedor ambulante del tipo “no vengo a decirles que acabo de salir de un anexo” que subió al camión para vender paletas. 

-¿Qué opinas? –le pregunté al “pintor”.
-Pues que está bien, de alguna forma el hombre tiene que mantenerse –dijo alzando los hombros.

No hay sorpresas, es una respuesta del tipo que me daría cualquiera de mis amigos con más de un libro al año.

Lo verdaderamente exótico comenzó al llegar al pueblo de Santa Rosa. El conductor del autobús, atendiendo mi petición, me dijo: “Desde aquí salen los taxis al convento”. Yo no veía ninguno, y comencé a sentir que esta aventura estaba saliéndose, humildemente, de la zona de confort. Nos bajamos, ¡y cómo no!, porque a saber dónde pararía el autobús, en una de esas postales que uno ve pasar por la ventanilla cuando viaja seguro en su propio automóvil.

-¿Y ora?
-Pues busquemos el taxi, papá.

El autobús, nuestra mínima y precaria zona de confort se alejó levantando oleadas de polvo, y yo me sentí, con mi hijo de la mano, abandonado en la calle principal de Yuma City, a mitad de un duelo entre vaqueros y, para colmo, estorbando a los duelistas. De pronto desde un vocho verde, quizás parte de la camada de prototipos que maravilló al mismo Hitler cuando mandó a hacer el escarabajo, y que parecía haber sido recientemente masticado y escupido, salió una voz meliflua que decía: “Yo los llevo al convento por 60 pesos”.

-¿Ya ves?, ya agarramos taxi –dijo el pintor con una seguridad que rayaba en la sangre fría y anduvo hacia el armatoste que, ya en el camino, parecía que iba a desarmarse exclusivamente cada vez que el conductor metía el embrague.

Quise preguntarle al pintorcillo si estaba seguro de su atrevimiento, decirle que tanto arrojo me parecía imprudente, pero más imprudente hubiese sido echarle diques a la aventura para cruzar el río con tranquilidad.

El conductor era de lo más amable: “Aquí nací, gracias a Dios, y aquí me muero, soy producto 100% santarroseño”, y luego se lanzó con una seguidilla de anécdotas interesantísimas sobre el lugar, nos enseñó la fastuosa casa que perteneció a Lola Beltrán, y nos relató cómo Diego Verdaguer y Juan Gabriel compran sus viandas en las tiendas del pueblo. El tipo presumía su maestría para conducir, platicar, meter las velocidades y comerse un chocorrol al mismo tiempo, sin ponerle riesgo al trayecto. Todo un guía turístico.

Ya en el convento, pagamos 11 pesos por coco para entrar y lo primero que hicimos fue buscar el baño para escanciar el producto de nuestra paciencia, porque la petición renal era impositiva.

De camino, Leo preguntó: “¿Aquí ya no hay monjes, verdad?”
-No –le digo de mingitorio a mingitorio–, ahora sólo es sitio turístico.

Mientras exprimíamos los grifos para intentar lavarnos las manos, la sonrisa de emoción del pintor dio un vuelco y se convirtió en una mueca de pánico controlado porque detrás de nosotros, esperando lavarse las manos, estaba un monje descubierto, de casi 1.90 metros, con corte de taza y todo el hábito, aguardando con paciencia para lavarse sus sacrosantas manos. La otra cosa peor era que no había papel para secarse.

-Nos hubiéramos secado en su batón –dijo el Leo, con simpática fiereza, mientras trataba de digerir el susto.

El recorrido fue fantástico, pillamos una visita guiada y para poder entrar en los pasadizos tuvimos que comprar, por 20 pesos, una linternilla tan guanga que su haz de luz no alcanzaba las paredes. Entonces me di cuenta que tras los pasajes, el taxi, los chocorroles, el agua y la linternilla nuestras finanzas iban mermando. Pero no sólo eso, sino que la guía turística, menos hábil que nuestro chofer, nos dejó al amparo de un crío de unos cinco años con lámpara y un colmillo retorcido, pero que no levantaba ni un metro de estatura, que sería nuestro guía en semejante laberinto tan negro como el pasado de todos nosotros. Dentro de todo, fue divertido. El pintor, inclusive, se enfrascó en una discusión con tres chicas pubertas que jugaban al miedo, señalándoles que “sus chistes no tienen nada de gracioso, ya maduren”.

Después de comer quesadillas descendimos hacia el río, y en el trayecto, Leo se topó con otro grado de realidad. Junto a las escaleras reposaban dos cruces, una de una persona mayor, de unos 60 años, y otra de una niña de apenas dos años de edad, que había fallecido en ese sitio. Las matemáticas de mi hijo fueron efectivas: “¡Era una bebé! ¿Qué le habrá pasado?”, comentó y no supe qué decirle, creí que el silencio era más elocuente, pero éste aterrizó sobre nosotros con la placidez y la paciencia con que el buitre se posa en el hombro del moribundo. Conjeturamos:

-Quizás se ahogó –dije.
-No, la cruz estaría junto al río o en la cascada. Pero está en las escaleras, entonces se le habrá caído a su madre de los brazos y rodó escaleras abajo –de nuevo la sangre fría.

“Este tipo debería ser escritor”, pensé. Después: “Escritor, científico (quiere ser científico) y pintor… Vaya manera de darle poder de vaticinio al momento de escoger nombre para tu hijo”.

Para sacudirnos al buitre, organizamos una carrera hacia arriba en una pendiente del cerro que consideramos, dadas nuestras edades: uno muy joven y el otro viejo, que sería menos difícil (error de mi parte, porque ¡estaba bastante empinada y agreste!). Leo, poco hábil gracias al acoso de la tecnología, al principio tuvo problemas para enganchar en las rocas, salientes, tierra suelta y raíces de árboles y comencé a ganar terreno, pero para cuando llegamos al primer claro, el tipo pasó vuelto una exhalación, un conspicuo pedo cósmico, demostrando gran adaptación, y me dejó atrás, a mí, su padre, que apenas jalaba oxígeno para respirar y decirle que lo tomara con calma. Era un pequeño cachorro de Leo-pardo trepando como si en eso se le fuera la vida, lanzando brazos y tirando zancadas como un dragón de Komodo, risa y risa, porque quizás descubrió que comenzaba a ganarle a su viejo. Dos claros después frené. “¡Ya estuvo, no la jodas, compadre!”, le grité. “¡Uno más!”, decía tan fresco y risueño como un cervatillo, devorando terreno (de ahí el místico poder de las quesadillas hechas con harina azul) en la mayor conquista de su vida. Ahí tirado me quedé, viéndolo trepar, imaginando cómo sus músculos y tendones volvían a la vida, dejando atrás el sofá, la cama, el pupitre, los juegos de video, la televisión; pensando en sus pulmones filtrando la toxicidad de esa ciudad que tanto le gusta, inhalando y exhalando, hinchándose como las gaitas del Batallón de San Patricio.   

Ya en tierra, a la orilla del río, tendidos, guardamos silencio para escuchar la voz del agua que susurra mientras corre y pule las piedras.

-¿Todos los ríos del mundo están conectados, papá?
-Todos.
-Entonces, el agua, hasta dónde llega.
-Sepa.
-Le da la vuelta al mundo, yo creo. (Silencio) Gracias por traerme, pá –dijo y me besó la frente.

Después hicimos patitos con rocas, fuimos a ver los gansos y el pintorcillo me preguntó:

-¿Qué haces cuando no nos vemos?
-Salgo, voy a muchos sitios, me gusta conocer lugares y gente nueva.
-¿Eso es importante?
-Mucho.
-Más que el dinero, ¿verdad?
-Más, hijo, mucho más.
-Yo quiero ser como tú.

Después observamos un ejemplo de la naturaleza: en el río, una lombriz luchaba por zafarse de una araña de agua que la tenía aprisionada. Se contorsionaba dentro del agua, se hacía nudos y se recomponía con una maestría asombrosa para librarse de su captora.

-Ayúdala –me dijo.
-No –dije yo–, sería entrometernos en el orden de las cosas.
-Qué me importa –dijo y metió un palito para sacar a la lombriz, yo observando con un nudo en el estómago, por el asco, hasta que la araña se cayó… ¿Su final? El Leo la pisó–. Cabrona –susurró.

Ahí, entre la naturaleza, mi hijo y yo nos reconectamos. Viajes, enfermedades, compromisos no nos habían permitido vernos en casi un mes, pero todo fluyó.

-Tú y yo siempre seremos uno –le dije.
-Mejores amigos, papá. Siempre.

De vuelta, en el camión, mi mejor amigo se durmió en mi regazo, agotado, contento, con su arco y flecha que compramos y que atesoraba durante su sueño como si se tratara de un oso de felpa. Supe entonces que ese objeto inútil sería una representación mía, y que cada vez que lanzara una flecha al cielo, o al muro, o al gato, se acordaría no de mí sino de ese viaje que lo hizo uno con la tierra, y que sirvió para darle otro rostro a ese universo paralelo que vivimos juntos.

(México, 2013)

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