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domingo, 23 de junio de 2013

El periodismo gandalla (o la nueva realidad del periodismo, o la muerte de las fórmulas caducas)

Uno de los mejores libros que he leído se llama El Periodismo Canalla, de Tom Wolfe. Se trata de una recopilación de textos, muy al estilo de Los Once de la Tribu, de Juan Villoro, que demuestra que, para destacar en la profesión, es necesario gozar de ciertas libertades.


Que te llamen simplemente periodista, reportero o comunicador es igual a que te llamen licenciado: una limitante. El verdadero reto no es contestar llanamente el ¿qué?, ¿quién?, ¿cómo?, ¿cuándo? y ¿dónde?, sino demostrar que eres escritor. El escritor lo engloba todo. Y el escritor se forma en la “talacha”, como el buen futbolista (Cuauhtémoc Blanco), el buen patinador (Tony Hawk), el músico (José Cruz), el actor (Johnny Depp), el pintor (Vincent Van Gogh) y el experto en videojuegos (mi hijo Leonardo), es decir que está más emparentado con el arte que con formularios.

Para escribir deben respetarse lineamientos ortográficos pero nada más, dándole mayor importancia al fondo y las formas. Es decir que, respetando la información, el estilo para redactar trabaja en relación directa con el resultado. Siempre va a ser más atractivo el texto que comienza con una frase fuerte, como las buenas novelas, que respondiendo las cinco preguntas del Apocalipsis como si se tratase de un formulario burocrático. Esto, al menos, en el periodismo moderno e inmediato, aquél que te lleva a hacer una bola de papel con el boletín para practicar tus encestes a la Kareem Abdul-Jabar con el bote de basura.

El periodismo es un arte que viene en la sangre, que late al ritmo de las pulsaciones y la presión arterial, y que funciona en base a cuestiones más bien subjetivas, como el humor, el interés, la curiosidad, la cultura y la obsesión del escritor. El escritor debe tener, para él y para su medio, la lealtad del mercenario. En el momento que redactas una línea eres escritor, ya después se verá si eres un buen o mal escritor (así sólo escribas una carta de amor, o una disculpa a tu madre porque quebraste un jarrón de la dinastía Ming mientras emulabas a Maradona en la sala de tu casa), pero no debes ser un mal conducto. La idea está echada, lo interesante es saber cobijarla con datos, diseñarla y después, como una obra de arte, exponerla, y eso no se logra con fórmulas preestablecidas. Por otra parte, como en una obra de arte, la crítica contra el periodismo sobra. Sólo los necios critican algo que brotó de la inspiración y las ideas de un artista, porque, precisamente, vienen de la entraña. El periodismo solamente se critica cuando viene prediseñado e impulsado por una línea dictada por el medio o los patrocinadores, llámense privados o políticos, que conlleva una intención y una finalidad. O bien, cuando, quien escribe, aún comunicando la idea, brinda un formato cuadrado, que no impone y se estrecha en el oficio: porque no es lo mismo fabricar en serie que ser un artesano o un artista.

Por ende, no es posible comparar a un Manuel Buendía (más mártir que excelente periodista) con un Juan Villoro o un Herman Bellinghausen. Incluso en fuentes más frías y numéricas como Economía y Finanzas, hay ejemplos de estilo, crudeza, sencillez e impacto como los que logra un Enrique Galván Ochoa. Como tampoco es posible equiparar a Mario de la Reguera con un viejo lobo como Víctor Roura. O un Ciro Gómez Leyva con un tipo como Javier Solórzano.

El escritor debe adecuarse a las épocas en las que travesea, porque la velocidad de respuesta debe ser acorde con la manera como la información gotea, a ritmo veloz. Si analizamos películas como Todos los Hombres del Presidente, y casos como el de Watergate, podremos darnos cuenta de los tiempos, cuando la investigación era más aletargada, y el impacto, y por ende las consecuencias, tardaban más en llegar. Pero si nos tiramos de cabeza en el Iberogate, que dio pie a la formación del devaluado movimiento #YoSoy132, confirmaremos que la respuesta debe ser inmediata, porque, gracias a las nuevas herramientas, el lector se adelanta y es el primero en liberar la nota. Un derrotero en el que, las fórmulas, sobran.

Ahora, el nuevo periodismo no está peleado con la ética, no obstante, dicha virtud (o bien obligación), en un buen escritor, debe ser innata, parte de su ADN, se le da por hecho, así que no se trata de hablar de ella como del elefante en la habitación.


Quizás algunos de los ejemplos que he vertido como periodistas modelo (que no indispensables o determinantes para todos) no sean del agrado de la mayoría, sin embargo, es evidente que existen diferencias entre ellos y sus comparaciones, porque estamos hablando de estilo, precisión y trascendencia. Como en el gusto musical, cada uno tendrá a sus preferidos. En mi caso, que estudié Sociología y no periodismo, puedo citar a aquellos periodistas, escritores, amigos y colegas que me enseñaron más leyéndolos, quizás conversando con algunos en los 19 años que tengo publicando, y trabajando directamente con otros: Lester Bangs (Creem Magazine), Ben Fong Torres (Rolling Stone), Juan Villoro, Jordi Soler, Tom Wolfe, José Ramón Fernández (con quien compartí mesa de diálogo en la Universidad Iberoamericana), Julio Hernández (que amablemente corregía mi columna A Títere Personal… vía e-mail), Víctor Roura, Vladimir Hernández, Rodolfo Rojas-Zea, Rose Mary Espinosa (entrañable), Carlos Monsiváis, Paco Ignacio Taibo II, Raquel Peguero, Roberto Marmolejo, Josu Landa, Eduardo Langagne, Mario González Suárez, Amílcar Salazar, Carlos Perzábal, Daniela Tarazona, Víctor Cabrera, Karina Cabrera, Fernando de León, Eddy Govea, José Israel Carranza, Gonzalo Soltero y, recientemente, Alejandro Cárdenas, Felipe Morales, Marcela Vargas (Gatopardo) y, sobre todo, mis mentoras Olimpia Velasco y Rosalinda Palomeque, diestras ellas dos desde la primera coma hasta la manera de editar un texto sin quedarte ciego y, sobre todo, que me enseñaron a trabajar con el tiempo encima para, en estas épocas de velocidad y fascismo periodístico, ganar la nota y botarla, pasada por el botellazo de champaña, como una barcaza recién inaugurada al oleaje de los lectores, para surfear en la marea del hipertexto.

¿Por qué el periodismo gandalla? Porque esa es nuestra función. Así que la cuadratura de las fórmulas caducas del añejo y triste manual de periodismo de Carlos Marín fallece en este milenio ante el impacto repentino y fugaz de la nueva realidad.  

(Coyoacán, 2013)

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