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miércoles, 17 de julio de 2013

La hipocondríaca notoriedad en la red


Btxo

Especialistas en el comportamiento humano no se ponen de acuerdo con un debate respecto al impacto que las redes sociales tienen en la “autoestima exacerbada” de los usuarios. La literatura científica asegura que dichos espacios, bien fomentan el narcisismo, o acaso lo aceleran. En lo que sí han empatado las opiniones es en la manera como la notoriedad en su escenario define el resultado de aquel impacto referido líneas arriba. Ansiedad, depresión, ira, alegría son sentimientos percutidos a partir de esa ruleta rusa que es revisar el timeline (o línea de tiempo, para los puristas del lenguaje) y advertir, con gozo o cólera, de qué va la vida de los demás. El siguiente canal que se abre es la respuesta, que puede dividirse en dos vertientes definidas por conceptos que actualmente se comprenden y manejan con frecuencia: “like” o “troll”. Un muro, o un timeline, pueden definirse como una fiesta a la que todos están invitados.

Para los que nacimos a mediados de los setentas, cuando todavía teníamos la oportunidad de pensar por nosotros mismos, las reglas tácitas que acompañaban la invitación a una fiesta eran sencillas: no rompas algo ni te robes nada. Es decir: no transgredas la confianza que en ti ha depositado el anfitrión. Claro que nunca falta el colado. Hace poco alguien me preguntaba si la gente que tira basura en la calle se comporta de la misma manera en sus casas. Es difícil saberlo. No obstante, sí podemos tener un ligero acercamiento si conocemos el tipo de educación y el nivel de autoestima de dicha persona. Otro individuo me preguntaba, haciendo referencia al comportamiento de la gente en redes sociales, por qué algunos de sus “añadidos” se empeñaban en envilecer una publicación inteligente o interesante, o bien cualquier manifestación de alegría, con un comentario insidioso, fuera de lugar y, hasta cierto punto, que evidencia una rabia consumada.

Uno de los principales miedos que observábamos quienes participábamos por primera vez en un taller de literatura, durante la beca Jóvenes Creadores del FONCA, iba dirigido a las críticas que los demás harían sobre nuestros avances. Afortunadamente coincidimos novelistas, ensayistas, poetas y otros artistas dentro de un ambiente de responsabilidad. A pesar de uno que otro incidente aislado, generado principalmente por la poca o nula autoestima del criticado, ya predispuesto al drama, se trató de casos menores. Hoy en día, tengo la fortuna de guardar un par de aquellas amistades, a las que puedo enviarles un texto con la confianza de recibir una crítica honesta y profunda, sin violar los límites del respeto. Porque se trata de gente educada, ¡ajá! Y esa es la misma apreciación que he atestiguado de otras personas que han participado en talleres literarios.

En la cinta “Y tu mamá también”, de Alfonso Cuarón, hay una línea que define a la perfección esa crítica exacerbada por la impotencia, o el despecho, o el desgano: “Los críticos son unos pendejos”. Y lo somos, eso hay que reconocerlo, porque la editorialización de los comentarios viene enajenada por el gusto personal. Y en mi opinión personal, al referirme a Arjona, por ejemplo, antepongo el gusto: “Es un asco de pretensión”, “Poeta hipocondríaco”; entonces, ¿por qué el tío sigue llenando el Auditorio Nacional cada vez que viene? Quizás treinta mil sujetos están en lo cierto y yo no, sin embargo, no por eso voy a recular y afirmar lo contrario. De ahí que se nos considere unos pendejos. Por eso mismo dejé de escribir de rock, quemar las naves, rasgar las cuerdas del arpa con un cuchillo filetero, y echar por la borda esos quince años en los que me forjé como una voz autorizada para decir: “deben escuchar esto, pero esto no”.

Hoy en día conozco y respeto a toda esa fauna afanosamente analítica de la que, a mis casi 40 años, puedo seguir aprendiendo. Analistas, no críticos, literarios, musicales, cinéfilos, periodísticos, etcétera. La mayoría son amigos míos y eslabonamos un pimponeo lúdico sumamente integrador y, en ocasiones, enternecedor. Gente como Gonzalo Soltero, Víctor Cabrera, Karina Cabrera, Roberto Marmolejo, Naief Yeyha y un muy reducido etcétera.

En el entendimiento del control ante la libertad otorgada por las redes sociales, resulta incomprensible que dentro de esa red que se teje de un punto a otro, inclusive con vertientes insospechadas, aún existan invitados incómodos que se tomen demasiado en serio el dogma del iconoclasta.

Una de las finalidades de dichos escenarios es precisamente, y debido a la unión que se forja de muro a muro, la integración y no el desplome de los valores personales  de la construcción del otro. Justamente, cuando no se conoce a alguien en la red, sobre todo en Facebook, junto a la imagen del interfecto reza la leyenda: “+1 Agregar a mis amigos”. ¿De qué clase de amistad estamos hablando?

El problema del “trolleo” es la ambigüedad del término. “Trollear” puede significar arrancar una sonrisa, un debate integral, pero no buscar el escarnio para generar esa notoriedad que, por fuerzas naturales, tiene un impedimento.

(Coyoacán, 2013)

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