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jueves, 9 de febrero de 2012

No más buenos días


Desnudo y con las manos atadas a los tobillos, se dejó abrazar por la oscuridad y el frío. Por el pequeño orificio en el techo se colaba un haz de luz que le arrancaba destellos a los charcos en el suelo. Por las noches, quienes lo tenían preso, descubrían el agujero para que pudiera respirar y ver un poco de cielo negro. Cuando amanecía lo cubrían con un ladrillo para que no entrara la luz del sol, aunque fuera una poca. Desde que lo arrestaron, Tomás no sabía lo que era la luz del día. Nunca hubo necesidad de vendarle los ojos. Había perdido la noción del tiempo, pero podía calcular el momento en que iban a hacerle una visita para golpearlo con cinturones mojados en la espalda y las piernas, cada cuatro horas. Después de las primeras veces aprendió a contar esa extraña escala del tiempo que regía dentro del agujero. Dormitaba un poco, o más bien se dejaba llevar por el dolor y el cansancio, y despertaba justo unos minutos antes que volvieran para castigarlo. Minutos antes que destaparan el agujero, entraba uno de ellos para darle de comer, colocaba en el suelo un plato con caldo y Tomás debía beber como animal, agachado e incómodo por la posición de sus amarres. Mientras lengüeteaba y trataba de atrapar una pieza de pollo con los dientes, el sujeto que lo cuidaba se sentaba en una vieja silla de aluminio –Tomás reconocía el sonido de las patas cuando el tipo arrastraba el mueble– y esperaba con paciencia a que terminara. Cuando su buen corazón se lo permitía, encendía un cigarrillo y le regalaba unas chupadas a Tomás.

-¿No se han comunicado? –preguntó Tomás con la voz arrastrada y débil.

-Aún no

-¿Nadie?

-Nadie.

-¿Qué día es?

-Sábado –respondió el sujeto mientras chupaba el cigarrillo y la brasa revelaba una porción de su rostro, una máscara roja e incompleta que a Tomás le parecía el verdadero rostro del miedo.

-¿Desde cuándo me tienen aquí?

-Desde el jueves.

Cuando terminaba de cenar y se quedaba solo, Tomás pensaba en Camila. ¿Cómo era posible que después de tres días no se hubiese comunicado? ¿Acaso no lo echaba de menos? ¿Y su familia? Ante tal oscuridad, cerrar los ojos hubiese sido una necedad.

La mente de Tomás viajaba velozmente, se ubicaba en los momentos más agradables al lado de Camila, pero de inmediato, como arrastrada por las garras de un ser deforme y violento, su mente volvía al jueves por la noche, cuando salió de trabajar. En la calle oscura y llovida se respiraba el miedo. Como si supiera de antemano lo que iba a ocurrirle, aquella noche Tomás avanzaba sobre la banqueta con más miedo del acostumbrado. Se fijaba demasiado en los sonidos provocados por él mismo, el ruido de sus botas aplastando charcos y grava, el latido de su corazón, el castañeteo de sus dientes. El viento frío le entumecía el cuerpo. Llevaba su mano en el bolsillo de la chamarra, apretando con ansiedad el teléfono celular como si necesitase utilizarlo de inmediato ante una emergencia. Ese día, después del pleito, Camila no había llamado en todo el día, ni una sola señal de preocupación. Tomás dedicó el día entero a revisar sus redes sociales en la computadora de la oficina esperando algún mensaje de Camila, sin éxito. Cuando llegó a la esquina observó movimiento, dos sombras expectantes se ocultaron tras el puesto de periódicos cerrado. Tomás se detuvo, arrepentido de la decisión que había tomado. Quedarse a trabajar tan tarde había sido una idiotez, si se hubiera ido temprano con los demás habría librado ese escollo. Miró a su espalda y a los costados, no había nadie pero las presencias no mienten. Decidió seguir avanzando. Le hubiera gustado correr, pero el cuerpo entumecido por el frío apenas le permitía avanzar despacio. Rodeó el puesto de periódicos para adelantarse a sus enemigos, pero un golpe en la nuca lo cegó. Entre el aturdimiento sintió cómo lo arrastraban a la cajuela de un automóvil con insultos y golpes en las costillas para rebajarle unos grados a sus intentonas por zafarse. Dos pares de brazos fuertes lo aprisionaban de los cabellos y los bíceps, mientras otro par asestaba golpes precisos para terminar con su valor. Aturdido por el recuerdo comenzó a temblar de miedo y vomitó. ¿Cuánto faltaba? Se tranquilizó pensando en Camila desnuda, paseando por la habitación, con el sol que se colaba por la ventana dorándole los cabellos rubios. La imaginó bailando, dando vueltas por la habitación, girando desnuda como la muñequita de una cajita de música, mientras él esperaba paciente en la cama. Su cabeza era un panal de recuerdos zumbando y chocando unos contra otros. Luego se quedó dormido. Al menos sabía que cuando viera el agujero cubierto ya sería domingo.

Muy temprano entraron sus captores pero ya no lo golpearon. Eran los mismos que lo habían golpeado y arrastrado a la cajuela del automóvil, podía reconocer la olorosa colonia de uno de ellos. Al ver que el agujero seguía descubierto y un pequeño rayo de sol iluminaba el suelo, creyendo que se trataba del epílogo de su sufrimiento, apretó los ojos. Estaba tan cansado que morir hubiese sido el mejor escape, al menos el más humano. Uno de los hombres lo tomó por las muñecas y cortó los amarres con un cuchillo, fue un corte limpio. Apenas pudo mover los brazos, le pesaban y dolían como si tuviese plomos amarrados. Se llevó las manos al rostro y sintió su barba crecida y sus labios secos. El cabello estaba grasoso y tieso. Como pudo se arrastró hacia el pequeño círculo de sol que se remarcaba en el suelo. Ahí se ovilló esperando que sus celadores arremetieran con golpes y puntapiés, pero eso no sucedió, por el contrario, alguien tiró de una cadena y encendió la luz, un foco de filamento tembloroso y cubierto por una hoja de periódico iluminó a medias el cuarto. Tomás alzó la vista y observó a dos sujetos con los rostros cubiertos con bolsas de estraza. Uno de ellos le lanzó su ropa.

-Vístete –le dijo–, ya se comunicaron.

-¿Puedo irme?

-No ahora, primero come algo –le dijo el mismo hombre señalándole un plato con comida sólida que reposaba en una mesa de madera. Él mismo lo ayudó a levantarse.

Tomás comió con desesperación, sin usar más que sus dedos engarrotados. Terminó casi de inmediato y pidió agua. Luego se vistió ayudado por los sujetos. Lo sentaron en la silla y le encendieron un cigarro.

-Por la noche vamos a dejarte en un sitio, cuando te bajes del auto corres, corres hasta que dejes de vernos, ¿entendiste?

Tomás asintió.

-¿Pagaron?

-En efectivo.

-¿Quién?

-Tu mujer.

-¿Mis padres?

-No están enterados. Tú tienes la culpa, muchacho, por jugar a los misterios –dijo uno de ellos, el menos amable–. Pero es mejor así, ¿no crees?

Tomás asintió y observó cómo la transpiración de sus rostros humedecía las bolsas de papel. Están nerviosos, pensó; luego se recostó sobre la mesa y dejó caer sus miembros para librarlos de la tensión.

-¿Quiénes son ustedes? –preguntó.

-¿Cómo que quiénes? Tu fuerza de voluntad, muchacho –dijeron al unísono.

Tomás viajó en la parte trasera del automóvil, agachado, con el pie de uno de sus captores en la nuca. Escuchaba cómo poco a poco iban dejando el ruido de la ciudad y tomaban la carretera, después manejaron un tramo plagado de curvas, subiendo, siempre subiendo. Sentía un vacío doloroso en la boca de su estómago. Finalmente escuchó las llantas del automóvil aplastando grava y tierra sueltas, avanzaban sobre un camino aleñado a la carretera, plagado de baches y rocas que hacían saltar el automóvil. Luego se detuvieron. El silencio del motor le regaló un momento de paz.

-Al fondo –dijo el sujeto que le pisaba la nuca, aún sin levantar el pie– hay una cabaña con la luz encendida, corres hacia allá y no voltees, o te quiebro, entendiste, pendejo. Y a ver si de una buena vez te dejas de misterios y vives tu vida con normalidad.

Tomás arrancó con sus últimas fuerzas y corrió como una bestia que se libera de su cautiverio. Trastabilló rodando por el suelo un par de veces pero se levantaba de inmediato para seguir corriendo hacia la cabaña. A su espalda escuchó el motor del automóvil arrancar y perderse en la distancia. No quiso voltear por si estaban venadeándolo. En la entrada de la cabaña distinguió la silueta de Camila que corrió hacia él. Ella lo abrazó con mucha fuerza, lastimándolo un poco, pero a Tomás no le importó. Desfalleció en sus brazos y comenzó a perder la razón. De su boca brotaban incoherencias, había llanto y quejidos. Camila lo recostó en el suelo, acarició su rostro amoratado y besó los labios hinchados y resecos. Ella también lloraba.

-Perdóname –le decía acongojada, sintiéndose culpable por el último pleito que tuvieron. De sus hermosos ojos verdes brotaban ríos de lágrimas que empapaban su blusa.

Aún aturdido, Tomás lanzó una mano al aire para acariciar un seno de Camila, sonreía como un loco, como quien acaba de despertar de una pesadilla. Camila apretó el cuerpo de Tomás en su pecho.

-Te prometo que estaremos juntos siempre –le dijo.

Y en esa posición, sin que Camila pudiera verle el rostro, Tomás sonrió. Había sido un duro golpe, un giro devastador pero necesario, las palabras de Camila lo tranquilizaron y, convencido de su ocurrencia, sonrió de forma desproporcionada, dándole a su rostro el cariz de un payaso maldito, estaba contento, el plan había funcionado perfectamente.

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