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lunes, 20 de abril de 2015

No les dijeron que tenían que ser felices

¿Acaso hay otra indicación en el mundo? La vida no tiene folleto de instrucciones, pero lo mínimo que se espera es ser perspicaces. En todo caso, la infelicidad que vives es la que facturas tú mismo.

-¿Su departamento de devoluciones?
-Ahí, en la ventanilla de suicidios.

¿Es necesario?

Ninguna desgracia es más importante que el aprendizaje que te genera.

Hace un par de años (ah, bonita frase recurrente la mía) les conté que durante un diluvio que de verdad parecía castigo divino, corrí a refugiarme en un Sanborns, que es como entrar al limbo, y me encontré con tres niños de la calle, zarrapastrosos que daban pena, quienes se encontraban sentados en el suelo, frente a un enorme televisor, viendo una película de animación (caricaturas, pues, para los ochenteros). De pronto, víctima de esa conmiseración estúpida que tenemos los que (aparentemente) tenemos todo, o al menos lo indispensable, pensé: “Pobres criaturas”. Ahí estaban, con sus ropas mojadas y sus caritas mapeadas de mugre, y más de uno con los principios de un moco que amenazaba con escapar pero que con una inhalación precisa lo devolvían a su nicho, compartiendo dos panes de dulce. Pude regocijarme al ver (aunque se indignen las feminazis) que los dos niños le daban preferencia a la niña, que era la menor y quien le pegaba las dentelladas más severas a los panes.

Antes de que el corazón se me quebrara, fui testigo de una epifanía. Y es que los niños reían, y más que eso, se carcajeaban con las tonterías de los dibujos animados, era una retahíla de risotadas que contagiaba y arrancaba sonrisas de los clientes. Inclusive, ni siquiera los empleados de Sanborns, usualmente imbéciles e intolerantes, se atrevían a reprimirlos.

Yo, que estaba de malas (qué raro) por tener que compartir el mundo con la humanidad, dejé de lado mi enfado y me dediqué, más que a observar, a contagiarme de la felicidad de aquellos chiquillos (y chiquilla) que con algo tan simple, y que no era suyo, se prodigaban un momento de alegría como debe tener cualquier niño al menos 24 horas al día.

Anoche llamé a mi hijo por teléfono para que me ayudara a librar un nivel de un juego de video que él me recomendó, porque ya estaba yo engendrando en pantera (frase ochentera) y a dos de mandar todo al carajo. Su madre me dijo que estaba dormido pero le hice entender que ese crío, sangre de nuestra sangre, ¡¡¡tenía la responsabilidad moral de sacarme del atolladero en que me había metido por culpa de sus recomendaciones!!! Ella rio como nunca antes y me dijo: “Espera”. Regresó dos minutos después para comunicarme, tras el biombo de una carcajada contenida: “Dice que lo dejes dormir, que mañana te explica”. ¬¬

No lo vi, pero estoy seguro que se habrá carcajeado tanto pensando: ¿En qué momento se invirtieron los papeles?

Alguna vez, hace meses, mi hijo y yo nos reventamos seis horas de Resident Evil tratando de matar a un escorpión malsano que nos traía a malparir. Recurrimos a tutoriales, entramos a la deep web, hicimos maromas y contorsiones hasta que establecimos un pacto: “No nos dormiremos hasta matar a ese escorpión hijo de su…” (la frase fue suya, quiero aclarar). Finalmente, a las cuatro de la mañana lo matamos y para nosotros fue como ganar la Copa del Mundo.

-Lo divertido de los juegos de video no es acabarlos sino entenderlos –me dijo hace rato, después de llamarlo para decirle que había librado el nivel–. Me da gusto saber que pudiste hacerlo sin mí.

Felicidad pura.  

Entonces no entiendo por qué la gente se empeña en afectar las alegrías de los demás. ¿Será la soledad? ¿Será la urgencia de contagiar a los otros de su desgracia? ¿Acaso la necesidad de sobresalir? ¿Será que la tristeza sólo se transmite a las mentes débiles?

Hay mucho por hacer.

       Btxo, Coyoacán, 2015

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