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martes, 6 de diciembre de 2016

Crónicas de Robert Plant en mi edificio…

Por Btxo


El día que Robert Plant se mudó a mi edificio (1 de 3)

La nueva vecina, que es psicóloga, ya se ganó el desprecio de otra vecina, que es divorciada y solterona –y por ende malhumorada–, porque la primera de viernes a sábado y de sábado a domingo digamos que inunda el hueco de las escaleras, cuyo eco es poderoso, con los gritos con que nos sugiere, digamos, que su novio debe ser muy buen amante. Bien por él. Y por ella, supongo…  


La vecina rijosa expuso su queja en una minijunta vecinal con sede en el primer rellano de las escaleras, a la que asistimos quienes vivimos en este edificio, y nos señaló que semejantes clamores, que comparten tesitura con los de Robert Plant, podrían confundir la percepción del amor que tienen sus hijos adolescentes… 
 
-Nada peor que los espectáculos que dabas con tu marido en tu sala cuando seguías casada y no cerrabas las cortinas –profirió otra vecina en defensa de la soprano recién llegada.  
-¿Te molestan los gritos? –me preguntó un buen vecino que es fotógrafo, recordando que Robert Plant vive en el departamento debajo del mío. 
-Prefiero eso que los alaridos de un bebé o los de una madre (miré de soslayo a la rijosa al enfatizar la palabra “madre”) que les grita a sus hijos por cualquier estupidez.   
-Efectivamente –dijo la señora Laurita aferrándose a su tejido.  
-¿Eso quiere decir que tenemos que aguantar los resultados de la coged…?  
-¡No seas soez! –arremetió la señora Laurita–. Y tampoco envidiosa, la muchacha está joven y disfruta sus noches.  
-Gracias por lo que me toca –dije al aire.  
-¿Tú eres quien la pone así? –preguntó Laurita con los ojos como los del gato Tom cuando ve que su cola está en llamas.  
-No, pero dijo “la muchacha está joven” y debe tener como mi edad –sonreí.  
-Oh, de nada, pues, joven –enfatizó y nos carcajeamos.

Así concluyó la minijunta.   

-Yo ni he escuchado nada –se lamentó hondamente el fotógrafo veterano mirando la punta de sus zapatos.

Esto fue hoy en la tardecita y hace rato la castidad de mis audífonos fue violada por el concierto en Orgasmo Mayor con el que la nueva vecina colorea, digamos, las noches otrora aburridas del edificio. Entonces supe que debía hacer algo, así es que bajé por mi vecino Juan, el fotógrafo, y lo invité al rellano de mi escalera.  

-¿Para qué? –preguntó todo empijamado.   
-Tú ven y tráete los cigarros.  
-¡Qué maravilla! –dijo cerrando los ojos para escuchar el concierto.

Coyoacán, 3 de septiembre de 2016


El día que conocimos al novio de “Robert Plant” (2 de 3)

Resulta que cuando se arregla, la nueva vecina, sí, la de los alaridos emparentados con la capacidad vocal de Robert Plant, parece la hermana guapa de Bárbara Mori. Ahí les encargo.

Y todo esto lo supe porque hubo junta vecinal, en la que no me aparecí por estar enfermo, y la interfecta se apersonó para ver si, de pura casualidad, el lío de sus gritos estaba en la orden del día. Según supe, nadie dijo nada pero, por lo que el espía me contó, todo el mundo los tenía en mente.

Pero aquí viene lo bueno, porque resulta que hace rato subió mi vecino Juan, el de los cigarros, para contarme el chisme, como todo buen vecino, y para decirme también que al parecer todo se había olvidado.

Yo le dije que estaba bien, que lo mejor era archivar el caso y dedicarnos a lo nuestro; que los chismes de condominio son los menos agradables porque el chismeando (así como el educando) siempre queda mal, como le pasó a la vecina solterona.


No obstante, el buen vecino me dijo que no todo acababa ahí, porque él ya había visto al generador de la gritería, al menos de reojo, y quería confirmar sus sospechas porque, en sus palabras, “francamente el hombrecillo me parece poca cosa. Se parece a Carlitos Espejel, el Chiquidrácula”. ¿Cómo está eso?, pregunté asombrado y, por una de esas extrañas concatenaciones astrales, escuchamos la inconfundible (de veras inconfundible) voz de la vecina que venía subiendo las escaleras acompañada de alguien.

Discretamente (¡ajá!) nos asomamos por el barandal, con el riesgo de precipitarnos escaleras abajo (yo ya me caí una vez en esas escaleras y de espuma no son, a pesar de la anestesia proveída por medio frasco de whisky), y vimos al Chiquidrácula (pobre, estrenó apodo) esperando a que Robert Plant abriera la puerta de su casa mientras aquél pasaba su brazo entero, como una especie de anaconda autónoma, por el talle del cantante de Led Zeppelin.

Un segundo después, mientras Robert Plant entraba al departamento, el Chiquidrácula, quizás sintiéndose observado, echó la vista arriba y vio un par de ojos suricatos mirándolo atentamente; sonrió como una comadreja. Luego entró.

Míralo nada más al cabroncito –le dije a Juan–, sin tacones ella le saca una cabeza– luego moví la mía de lado a lado con el gesto universal de la negación.

“Estúpido escuincle suertudo”, dijo Juan pero lo atajé.

¡Un momento! –espeté–. Aquí no hay espacio para la envidia, querido Juan, más aún, por el contrario, me parece que, con toda justicia, ese hombrecillo como lo llamas merece un monumento. Aunque sea uno chiquitito.

“Tienes razón”, dijo echándome una mano en el hombro. “Eres un hombre justo”.

No aplaudimos para no hacer más alharaca cuando comenzó la gritería. Luego Juan cambió el tema: “¿Cómo ves a los Pumas? De mal en peor, ¿eh?” Asentí y, como en el final de una película, la cámara se alejaba lentamente dejando a dos hombres comunes platicando de lo que el mundo mortal les había arrancado.

Coyoacán, 29 de septiembre de 2016


El día que Robert Plant me invitó una copa de vino (3 de 3)

Las escaleras de un edificio a media noche pueden contener un gran abanico de sorpresas y también te permiten saborear el riesgo que supondría abrir la caja de Pandora en la intimidad de tu habitación o escudriñar los cajones de una fanática del sadomasoquismo que te espera en la cama.

Hace un par de días, de regreso de un evento francamente doloroso, ataqué las escaleras de mi edificio sin pensar en nada más que echarme en la cama con la sutileza con la que se nos resbala la tapa del retrete.  

No obstante, mis pasos nocturnos y mi mirada pegada al piso eran perseguidos por el taconeo incesante de quien me acechaba por detrás, a distancia prudente, pero que me alcanzó gracias a la inutilidad de mis piernas licuadas que con trabajos intentaban franquear cada uno de los escalones.    

Al llegar al cuarto piso escuché un “buenas noches” bastante amable, con la voz como un trino, y me detuve. Giré lentamente, seguro de lo que iba a encontrarme y pude confirmar que, en efecto, quien me saludaba era la vecina cuyos gemidos de placer se asemejan a las variantes vocales de Robert Plant en Immigrant Song, y que lideran el Top 10 en la popularidad masculina del condominio.   


Tragué saliva amplificando la onomatopeya del gulp! y devolví el “buenas noches” con la poca cordura que me quedaba. Frente a mí veía de pie a un monumento orgánico de cabellera rizada y rubia que habría hecho rabiar de envidia a cualquier escultura de Auguste Rodin.   





-Tú eres El Bicho, ¿no? –preguntó la escultura moviendo los hombros y a mí se me aflojaban los esfínteres–. Sí, me han hablado de ti y regularmente escucho buena música que sale de tu departamento. 
-Eeeeeh… =S
-Sí, me han dicho que eres de los pocos residentes casi originales del condominio.
-Eeeeeh… Ajám.
-Oye, mucho gusto, yo soy (…) Me dicen que eres periodista, ¿no? –me tendió su mano suave y blanca como un ave recién nacida.
-Aaaahm… Ajám.
-¿Qué haces llegando a casa tan tarde?
-[Onomatopeya de uñas rasgando un pizarrón] Eeeeeh…
-Oye, me he enterado, pasa si quieres platicar al respecto, yo no tengo sueño y regularmente me duermo tarde.
-Aaaahm…
-Conozco tu gusto musical porque estos departamentos dejan pasar toda clase de ruidos –dice negando con la cabeza y agitando esos rulos que deberían ser protegidos por la UNESCO.
-[Onomatopeya del gulp!] Eeeeeh, así es. 
-¡Dios míos! (sic) Ojalá que no todos… –dijo ruborizándose un poco y frunciendo la narizzzzzz...
(Oh, por Dios)
[Laguna mental con sonido de fondo de unas llaves abriendo una cerradura]
-Pasa, acompáñame para platicar. ¿Quieres una copa de vino? –dijo y, detrás de mí, escuché el sonido de puerta que se cierra con la violencia y el hermetismo de la compuerta de un submarino o el portón del calabozo.
-Aaaahm…
-Tienes un gato, ¿no?
-¿Cómo sabes?
-Lo escucho maullar cuando sales de tu casa. Sirve el vino, está ahí en la cantina, detrás de ti –dijo sentándose en el sofá, cruzando las piernas y arrellanándose en el sillón con una orquesta de huesos y vértebras acomodándose.   

Después de una charla en la que abundaron las onomatopeyas, la vecina de abajo, o Robert Plant, me dice:  

-Siempre es grato platicar con alguien y esperar el amanecer con compañía, regresa cuando gustes.
-Aaaahm…
-Total, al parecer en este condominio nada es secreto y esa es una ventaja para los dos, ¿no crees? –sonrisa.    

Volví a casa con la tenacidad del soldado que no ha sido herido en la refriega. Sólo pensaba en Juan, el vecino de los cigarros, quien con seguridad moriría de envidia al saber que la cuarta dimensión había sido violada. Imaginaba, mientras me desplomaba en la cama, su gesto de angustia y regocijo, y esa palmada en el hombro que se le da al compañero kamikaze antes de subir a su avión…  

Coyoacán, 30 de octubre de 2016        






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