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sábado, 2 de julio de 2016

La última frontera de la preocupación

Crecí con la cantaleta de que preocuparte por los demás no debe ser una acción que busque recompensa. Esto puede ser cierto, no obstante, y hablando en primera persona, lo que deseo ver son resultados derivados de esa especie de consejos que vierto cuando me los piden.


Para entrometerse en la vida de los demás es necesario contar con más permisos, visas y pasaportes que cuando tratas de entrar a Estados Unidos con un turbante en la cabezota. Sin embargo, una vez librados estos requerimientos, el anfitrión debe tener en cuenta que cuando pide una opinión ésta viene acompañada de juicios, de otra forma los consejos no sirven para nada. Pensar lo contrario es pecar de inocente.

Por otro lado, la preocupación, en algunos casos, viene acompañada del cariño que se siente por esa persona que te ha dejado entrar en su vida y, por eso mismo, das seguimiento a esos resultados que pueden complacerte o no. Es aritmética simple.

Pero todo tiene un límite, porque por más sinceridad y cariño que exista, convertirse en el vertedero de los errores de los demás a causa de la estática emocional, de la que ya hemos hablado en este blog, se vuelve no sólo cansado sino engorroso.

No hay nada peor que ser testigo de esa seguidilla de errores mellizos que comete una y otra vez quien te pide consejos y, al mismo tiempo, no tolera los juicios. Es por eso que yo no ando vomitando a mansalva mis pulsiones emocionales.

Ante esto no queda más que bajar la cortina del changarro y huir, no vaya a ser contagioso.

En muchos casos la ausencia de oídos puede ayudar al ofendido a remontar las crestas de su realidad, hacer un paro en sus evoluciones diarias y determinar un examen personal acompañado de una cura de humildad. No obstante, en otros casos, que son mayoría, el indiciado buscará a alguien más para mantener en activo ese juego de mentiras en el que no se busca una solución sino solamente tener un confesionario personal.

Pero quienes somos sujetos de recurrencia para los demás tenemos la responsabilidad de decir ¡basta! cuando se presenta un evento de tal naturaleza, porque, definitivamente, no estamos para resolver la vida de los demás.

Brindar ayuda, consuelo o compañía es un acto que debe venir de adentro pero con la promesa de que nuestro “súper poder” no va a ser desperdiciado. De otra forma, sólo se trata de una falta de respeto.

BTXO, Coyoacán, 2016




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