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domingo, 7 de agosto de 2016

El mejor suvenir es que seas mis ojos

Cuando anuncias que te vas de viaje te caen más solicitudes de suvenires que buenos deseos. Hay, en esa acción, una notable carga de egoísmo porque cómo es posible que pienses que alguien tiene que andar consiguiendo y pagando y cargando lo que no puedes comprar aquí; más aún si cierras tu petición con el clásico: “cuando regreses te pago”.
 
Le Diamant
Por eso yo no pido nada a menos que me pregunten si quiero algo y, en todo caso, respondo: “lo más loco o extraño que encuentres”.

Entre los suvenires que atesoro con más cariño están dos caballitos para tequila, uno de las oficinas de CNN en Atlanta y otro de Al Capone, desde Chicago, que me trajo mi hermanita; el ejemplar 1 de El Joven Lovecraft que me trajo desde España mi querido Pablo “Irlandés” Osset; una lata con arena de Australia de parte de mi jefa y amiga Gisela Ayala; un muñeco vudú de Nueva Orleans que me obsequió mi amiga Marce Vega; una lámpara de lava (antes de que las vendieran en tianguis por todos lados) que me trajo mi madre de una tienda loca de Los Ángeles; y un Godzilla en miniatura que cargó desde Japón mi amigo Ramón de Irapuato.

En estos días mi querida Elisauria Guzmán, quien se encuentra de paseo en Francia (casual), y yo mantuvimos una interesante charla por Whastapp en la que me decía que no encontraba por ningún lado el ejemplar de la revista Charlie Hebdo que le solicité después de preguntarme si quería algo de allá. Semanas antes, durante un viaje de prensa en una hacienda de San Juan del Río, Querétaro, platicábamos sobre documentales y le sugerí que buscara un par en Netflix y Claro Video sobre los artistas urbanos en Europa.

Alrededor de estos artistas existe una fascinación por el coleccionismo fotográfico de sus obras y hay grupos en redes sociales que se dedican a identificar la ubicación de las piezas que son adheridas o grafiteadas en los muros, las banquetas y los arroyos.
 
Invader
Inocentemente creí que nuestra charla en Querétaro había sido olvidada, no obstante, para mi sorpresa, Elisauria comenzó a enviarme al móvil imágenes que ella y su prima iban coleccionando al descubrir pequeñas y extrañas obras de artistas callejeros que llamaron su atención. De pronto tuve que pedirle que se detuviera porque, oh mon Dieu, estaba enviándome obras callejeras de Invader y Le Diamant, dos de mis artistas favoritos.

Aquello me emocionó terriblemente y no sólo me erizó la piel sino me conmovió ya que, convertida en mis ojos, Elisauria estaba viviendo uno de mis sueños más recientes: cazar obras de artistas urbanos en París. Y más aún, porque ella no tenía idea no sólo de la importancia de la existencia de dichos ejemplos de arte combativo sino lo relevante que resulta para mí.

Ella, como otras personas en mi vida, atendió mi solicitud a la perfección: “tráeme lo más loco que encuentres”, y no sólo eso sino me lo entregó antes de regresar.
 
Invader
-¡Esto es parecido pero mucho mejor que cazar pokemones! –me escribió desde París.

Btxo, Coyoacán, 2016
  

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