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sábado, 23 de febrero de 2013

Intersecciones



Capítulo 4: ¡Pero qué demon… (camino a Puebla)

“La miré de reojo, como quien mira sus culpas…”, escribió mi amigo Rafael Toriz en uno de sus magníficos relatos de su libro Metaficciones: Invitación a la estética. Y cuando la vi llegar, la miré de reojo… y comprendí el significado del cuento. Vaya. La literatura sí sirve para algo, me dije. Luego mesé mi barba rala, esa que me da cierto estilo pero que, en realidad, define mi desaprecio por la navaja y la espuma: “si crece, es por algo”. A veces me rasuro, cuando tengo una cita importante, o cuando, de plano, parezco estibador.

La cosa era que ella, con desdén y sin permiso, se sentó junto a mí. Eso llamó mi atención, la gente suele rehuirme, pero ella parecía cómoda. “Debe estar chiflada”, pensé. Luego me di cuenta que, en efecto, no las tiene todas consigo, pero también es una buena persona… y guapa… ejem…

Devorando kilómetros de carretera, entre montañas verdosas y un ambiente fresco, la charla fluyó sin problemas… Y aquí me perdonará el amable lector, pero por respeto no reproduciré la charla de forma íntegra (ni que estuviera loco), así que solamente intentaré esbozar las reacciones en forma de pensamientos:

Ella: Y éste, ¿de dónde habrá salido?
Yo: Tiene ojos bonitos.
Ella: Parece educado, seguramente tendrá el paladar negro, como un perro de raza.
Yo: Tengo hambre.
Ella: Tengo hambre.
Yo: Si esta mujer es divorciada me tiro por la ventana.
Ella: Esto está muy raro.
Yo: ¿Qué les dije? :)
Ella: Tiene facha de que tiene un hijo y está separado.
Yo: ¡Diablos! No llamé a Leonardo por teléfono antes de partir.
Ella: ¡Quiobo! :)
Y así.

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